Richard Powers. Escuchemos el clamor de los bosques

Richard Powers. Escuchemos el clamor de los bosques

La Gualdra 442 / Libros / Op. Cit.

 

Tan cierto como el viento del oeste, las cosas que la gente
da por sentadas cambiarán. No existe conocimiento para
un hecho. Lo único fiable es la humildad y la observación.
R. P.

 

Cuántos años deberán transcurrir para que el ser humano termine de entender cabalmente el comportamiento de la naturaleza. Cuántos para que hombres y mujeres se asuman pequeños ante la grandeza de la existencia planetaria al
margen de ellos.

Preguntas que nos arroja la lectura de El clamor de los bosques, novela con la que el norteamericano Richard Powers (1957) obtuvo el Premio Pulitzer 2019 (finalista un año antes del Man Booker) y donde los árboles, entidades vivas capaces de comunicarse entre sí, son los personajes centrales.

Sí: robles, tilos, fresnos, perales, pinos, abetos, nogales, cipreses, encinas, madroños, almendros, cerezos, ciruelos, chabacanos, tsugas, robles y muchos más que cuelgan en la multiplicidad de sus extensiones una historia antiquísima frente a la que nosotros no somos más que una especie enferma.

Pergeñado con la intención de “sacudir al lector haciéndole entender que la vida es algo que está por encima del destino individual”, El clamor… antepone la preminencia del árbol por encima de su principal depredador. Logro que alcanza con la incorporación de variopintos personajes defensores de lo natural.

Ambientalistas, válgase el término, que como Patricia Westerford son vistos con recelo por el grueso de la sociedad ante sus afirmaciones respecto de que “los árboles hablan entre ellos”. Será esta misma protagonista quien en trama y lectura nos convencerá del éxito que han tenido los árboles, pese a todo, durante los últimos cuatrocientos millones de años.

Las plantas, abunda Patricia, una mujer que desde niña supo que su mundo es “el bosque y cada una de sus espesas palabras”, nos demuestran que las posibilidades de triunfo en la vida tienen estrecha relación con eso que se llama memoria.

“La vida tiene un modo de hablarle al futuro. Se llama memoria. Se llama genes. Para solucionar el futuro, tenemos que salvar el pasado. Por lo tanto, mi regla de oro es, sencillamente: cuando cortas un árbol, lo que haces con él debe ser al menos tan milagroso como lo que acabas de cortar”.

El tiempo dará la razón a Patricia. De joven denostada, tendrá nuevas oportunidades para demostrar la urgencia del acuerdo entre humanidad y naturaleza. “Ahora sabemos que las plantas se comunican y recuerdan. Nosotros, los miembros de la especie que averiguamos todo esto, aprendimos mucho acerca de con quién compartimos el mundo”.

“Empezamos a entender los vínculos profundos que hay entre los árboles y la gente. Pero nuestra separación ha sido más rápida que nuestra conexión”, se lamenta entre el desencanto y la rebeldía la misma Patricia.

Acarreadores de comportamientos y prejuicios heredados, “vestigios chapuceros de las primeras etapas de la evolución que siguen sus propias reglas obsoletas”, los humanos deben ya establecer una nueva relación con los árboles.

Justo de estos mismos, contribuyentes de tantas cosas, “¿les suena esto?: nunca ha habido un material más útil que la madera”, que saben cuidarse entre ellos, sienten la presencia de otras formas de vida cercanas, saben ahorrar agua y alimentan a sus jóvenes.

 

Fuerza suprema

Millones de millones de árboles, conjunto de individualidades, los cuales aportan a la humanidad algo más fuerte que el acero: la madera. “Un único tronco puede ocupar un camión maderero entero. Incluso los árboles más bajos son lo bastante grandes como para dominar un bosque del este, ya cada hectárea contiene al menos diez veces más madera que los de allí”.

El clamor…, un libro ideal para leerse en tiempos de pandemia, tiene también algo de acertijo. “Si grabas tu nombre a un metro de altura en la corteza de una haya, ¿a qué altura estará al cabo de medio siglo?”, le pregunta el padre a la pequeña Patricia.

A un metro. Seguirá estando a un metro. Siempre a un metro, da igual lo
que crezca el árbol. Medio siglo después, todavía le fascinará esa respuesta”.

***

 

 

 

De árbol a árbol
Mario Benedetti (1920-2009)
a ambrosio y silvia

Los árboles
¿serán acaso solidarios?

¿digamos el castaño de los campos elíseos
con el quebrancho de entre ríos
o los olivos de jaén
con los sauces de tacuarembó?

¿le avisará la encina de westfalia
al flaco alerce de tirol
que administre mejor su trementina?

y el caucho de pará

o el baobab en las márgenes del cuanza
¿provocarán al fin la verde angustia
de aquel ciprés de la mission dolores

que cabeceaba en frisco
california?

¿se sentirá el ombú en su pampa de rocío
casi un hermano de la ceiba antillana?

los de este parque o aquella floresta
¿se dirán de copa a copa que el muérdago
otrora tan sagrado entre los galos
ahora es apenas un parásito
con chupadores corticales?

¿sabrán los cedros del líbano
y los caobos de corinto
que sus voraces enemigos
no son la palma de camagüey
ni el eucalipto de tasmania
sino el hacha tenaz del leñador
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?

 

***
Richard Powers, El clamor de los bosques, AdN, México, 2020, 608 pp.
* @mauflos

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