La Utopía en el Hogar (15): Civilización

La Utopía en el Hogar (15): Civilización

Quince semanas se cumplen desde que se decidió invitar a la comunidad universal a confinarse en sus hogares y esperar unos cuantos días, supuestamente, mientras se pasaba el peligro letal de un contagio colectivo, y nada, el tiempo pasa como un sueño ingrato y mientras concluye, se puede cambiar la polaridad negativa hacia una que genere una oportunidad única para replantear el futuro de la Tierra y su huésped incómodo, el humano. Hasta ahora, aunque se habla de una “nueva realidad”, no se ha dicho todavía en qué consisten los términos de los nuevos códigos de convivencia.

Lo que trae cojeando a este país es la triste costumbre de la raza de bailadores de jarabe que consiste darle cuerda sin límite a esa insana inclinación de darle duro a la imaginación creativa al soltar la lengua sin consultar al cerebro y cuando se presenta, que es casi siempre, se le da vuelo a la tarabilla sin mirar el espejo retrovisor y, como si no existiera la viga en el ojo propio, el ciudadano, más corriente que común, invierte buena parte de su vida en demeritar lo poco que intentan hacer los demás, la funesta Ley del Cangrejo, sin fundamento alguno que dé sustento a las insufribles afirmaciones de Juan de la Pitas.

En este contexto reiteradamente se vuelven los ojos hacia la carencia de un buen modelo educativo. No hay manera de pedirle a la sociedad en su conjunto, que responda con atingencia, puesto que no ha sido entrenada para tal efecto. Si se pretende un proyecto educado primero y civilizado después, entonces se puede aspirar a una verdadera transformación. Las instituciones públicas de enseñanza, sin embargo, han acorazado su burocracia y al igual que la mayoría de las instituciones, se preocupan únicamente por fortalecerse políticamente, signifique lo que sea, y se ha descuidado lo esencial, la multiplicación y masificación del aprendizaje de calidad y de las formas de enseñanza que hayan trascendido por sus resultados; por otra parte, la instrucción privada se ha concentrado más en el negocio que en el objetivo principal, la instrucción especializada de paga.

Y desde ahí no se puede aspirar a mucho y luego dar los pasos siguientes hacia la cultura y luego hacia la cereza del pastel, la civilización, es decir, la culminación en la búsqueda y el ejercicio el desarrollo de las costumbres, los oficios, las artes y sabiduría que conforman los pilares de la vida de las personas que la conviven y las instituciones que las cimentan sostenidas por su capacidad para fomentar la ciencia, la tecnología, la cultura y las artes. Ahora bien, del dicho al hecho hay una gran distancia y los modelos hegemónicos de desarrollo han sido establecidos a partir de modelos económicos que han dado como resultado diferentes formas de gobierno, que se caracterizan por la desigualdad social, el sojuzgamiento, la violencia y una corrupción que hace ver a los pecados capitales como juegos de niños. Cuando estas malas artes prevalecen no se puede empatar la tiranía con la convivencia civilizada.

En este momento se puede replantear un modelo de desarrollo ambiental teniendo como objetivo primordial el rescate de la Naturaleza del actual estado de constante deterioro anteponiéndolo al de la vida de comodidad del humano, que ha proliferado a costa y costo de la vida en el planeta que sigue siendo considerado para su explotación irresponsable e irracional, por unos cuantos, claro, y siempre los mismos, como si fuera una mercancía gratuita y sin consideración alguna de todas formas de vida. La política, el arte de la convivencia armónica entre los pueblos, debe replantearse, lo mismo que los modelos de riqueza que hoy se ostentan groseramente. El modelo de “progreso” con que se ha engatusado a la gente para a fin de cuentas otorgarle el mítico “atole con el dedo” ha servido para que todo mundo viva engañado aspirando a formas de vida antinaturales y ofensivas para todo y todos.

Falta mucho, pero Roma no se construyó de la noche a la mañana y si el futuro deseado de plantea claramente, se puede aspirar no solo a un futuro a secas sino a uno promisorio donde la felicidad sea el pan de cada día.

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