Vivir con miedo

Vivir con miedo
La “guerra contra el narco” que inició Felipe Calderón desbordó los hechos de violencia n FOTO: LA JORNADa ZACATECAS

Ojalá fuéramos tan buenos conductores como cuando aprendíamos a manejar.

En ese entonces apenas subíamos al auto revisábamos el acomodo de los espejos, la altura y distancia del asiento y nos poníamos el cinturón de seguridad antes de prender el auto.

En la conducción de principiante la cosa es más o menos igual: ambas manos en el volante, la mirada fija en el camino, el continuo revisar de la posición de los otros autos, etcétera.

Pocos accidentes suceden en esa etapa, cuando tenemos miedo.

Es hasta que asumimos que ese mensaje de texto no nos llevará mucho tiempo, que tenemos chance de revisar el teléfono, o que cambiar la canción no nos quitará atención, cuando los accidentes ocurren. Cuando se va el miedo.

El miedo nos mantiene vivos, le dice a nuestro cerebro que se ponga en alerta y le da condiciones a nuestro cuerpo de soportar lo que en otra circunstancia no podría.

Pero nadie puede vivir en ese estado permanentemente, no hay cuerpo ni mente que lo soporte, ni hay estímulos tan abrumadores que no terminen por ser más o menos digeridos.

Poco a poco, sea cual sea nuestro objeto del miedo tendemos a hacerlo parte de nuestra cotidianidad y a acostumbrarnos a él.

Sucede así con la violencia y la inseguridad que desde mediados del sexenio de Felipe Calderón se desbordó en todo el país, con cifras cada vez mayores de víctimas fatales, estadísticas que actualmente en los mejores casos llegan a la estabilización.

Tenemos más muertes que en 2008, cierto, pero estamos lejos de la psicosis que veíamos en aquel entonces cuando un homicidio en una calle céntrica vaciaba la ciudad por dos o tres días, cuando un hecho violento en Jerez cimbraba la capital, o cuando algún ataque sangriento duraba en la conversación por días.

La numeralia es peor hoy, pero el ánimo social es distinto porque hemos aprendido a convivir con el peligro; a asumir como “normal” conocer el ruido de los balazos y las patrullas acelerando, o a volver a los sitios donde ha habido asesinatos.

Sobre todo, lo han hecho quienes poco recuerdan o no conocieron la tranquilidad que reinó por años en Zacatecas y que tanto nos enorgullecía.

Si eso ha sucedido con un fenómeno violento, no sorprende que ocurra con el mayor riesgo de estos días: un virus que ha alcanzado a 140 mil personas y generado 17 mil decesos.

Hoy que en Zacatecas los contagios ya son más de 500, y que se está en ascenso, se percibe más gente en la calle y más tranquilidad en el ánimo social que cuando apenas había un caso en la entidad.

Aunque esto resulta inquietante, es parte de la “nueva normalidad’, en la que tenemos que aprender a convivir con un virus que llegó para quedarse al menos por buen tiempo. No necesariamente porque así se quiera sino porque es el paso casi natural después de un prolongado estado de alerta.

No quiere decir que el problema haya terminado, todo lo contrario, pero el miedo que nos resguardó en casa y nos mantuvo a salvo, hoy tiene que ser digerido de otra manera porque las circunstancias obligan a convertirlo en la motivación no ya de un aislamiento social, sino de la asimilación de una serie de medidas higiénicas y de cuidados que ahora deben redoblarse.

El reto no es menor, las directrices públicas tienen que encontrar el equilibrio entre conservar la disciplina y la precaución y la necesaria “normalidad” que nos obligará a convivir, encontrarnos y reactivarnos.

Para el “simple mortal” tampoco será fácil, pero más pronto que tarde terminará por acostumbrarse a los riesgos que conlleva vivir. n

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