NONO

NONO
Icono griego de la representación de la jerarquía angélica.

La Gualdra 434 / Noveno Aniversario Gualdreño

 

 

Durante setenta y seis años, nueve fue el número de planetas del sistema solar. El universo y su vacío, poblado de la infinitud y de la anomia cósmica, quedó relegado tras la frontera matemática del número más alto de un solo dígito del sistema decimal.

Hasta hace pocos años y tras una reconciliación aritmética se admitió no solo que el límite de nuestro sistema solar se extendía más allá del suburbio helado de Neptuno, bautizado como el cinturón de Kuiper, sino que Plutón, el orbe nono, perdió la categoría planetaria. El duro golpe asestado contra el número que ha simbolizado el lindero de la creación, tuvo que reclasificarse para así mantener el relato.

En los herméticos escritos homéricos el número nueve tiene un valor ritual, pues es referente a la diosa Deméter y la búsqueda de Perséfone, al parto de Apolo y Artemisa o el número de las hijas de Mnemosine y Zeus, las musas, que además de ser quienes inspiraban a los poetas antiguos eran diestras profetizas, justo por ser nueve hermanas.

El nueve mantiene la constante de ser el símbolo de lo ideal, de lo supremo. Según Dionisio Areopagita, la corte celestial se encontraba jerarquizada por nueve coros aglutinados en tres triadas que son símbolo de perfección, orden y unidad, que en simetría nocturna correspondía a los nueve círculos infernales que Dante y el poeta Virgilio recorrieron como si peregrinaran por el pensamiento aristotélico-tomista.

Sor Juana en cambio, implementó el nueve para aludir a través de la alegoría, un misterio que contempla a la mujer: la encarnación. La gestación humana es la redención sexuada en femenino cuya corporalidad durante nueve meses era sujetada por un vendaje, por un lazo, una baraça votiva que se ofrendaba tras la culminación de los esfuerzos a la diosa romana que presidía el nacimiento: Nona, quien retorcía el hilo de la vida en su rueca.

El nueve es a fin de cuentas el límite; es la frontera que vela el fin del relato, es el epílogo que quizá simboliza en estos tiempos la necesidad de una profunda comprensión de la compasión y la verdad para poder mantener una realidad humanamente significativa, cuyo rasgo característico acaso sea justamente la esencia de lo humano: el retorno a la unidad.

 

 

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