La ciencia de Dante

La ciencia de Dante
Magdalena Okhuysen. Emilia y los gnomos, el nueve según San José. El camino de piedra, el camino de agua, la barda (el calicanto, como dicen allá), uno y otro árbol, el umbral, Emilia, la madriguera de los gnomos, el tiempo, invisible y ahí.

La Gualdra 434 / Noveno Aniversario Gualdreño

 

Si nueve es múltiplo de tres y tres factor de nueve, todo cabe entre la raíz y el árbol, y viceversa, comenzando por el universo que anida en el imperceptible grano de sal y la estatura del individuo con la infinidad de mundos que coexisten real y potencialmente en su inteligencia como una ilimitada superposición de conjuntos. Bajo esa óptica, nada es casualidad. Los avatares del tres alcanzan en el nueve el culmen de una silenciosa y permanente conspiración. Dante avista por vez primera a su Beatriz a los nueve años de edad y luego de nueve años vuelve a encontrarla. Pero, como si se tratase de una expiación irremediable para conquistar la idealización y la inmortalidad, Beatriz muere por causas naturales al consumarse la novena década del siglo trece, en junio de 1290. Citando a Tolomeo, y amparado en la “verdad cristiana”, nos dice Dante en La vita nuova, antesala de la Commedia, que “son nueve los cielos móviles” que “influyen aquí abajo según su posición”. El poeta florentino reconoce la preponderancia del nueve en el capítulo XXIX de La vita nuova y cifra en la “admirable Trinidad” el germen de su conjetura. El nueve es al tres como el tres al nueve, tres veces el tres. Se abre en la visión de Dante una puesta en abismo, vislumbrando la estructura y cima de la enorme Commedia, divinizada por su primer gran escoliasta: el libertino Boccaccio. Inferno, Purgatorio y Paradiso son escritos cada uno en treinta y tres cantos escritos en terza rima, la estrofa de tres versos gestionada ex profeso para acometer con fluidez narrativa y gracia melódica una obra imponente que contiene cualquier grado de complejidad de la condición humana. El terceto en treinta y tres estancias que animan tres grandes y vívidos paneles como un vasto tríptico de la acción y la moral de nuestra especie en un corte específico de la historia occidental circunscrita a las pugnas de una ciudad de la Toscana. La microhistoria convertida en historia en virtud de la representatividad arquetípica de los personajes. Frente al río de la barbarie y la vía láctea de la beatitud, ante el caudal de los sucesos y las parvadas de la imaginación: la espuela del número y su arte sutil de fijar vértigos. En suma, los noventa y nueve cantos de los que consta la Commedia, sin considerar el correspondiente al prólogo que aparece en el pórtico del Inferno, constituyen un macrocosmos que configura y arropa con su música pitagórica la poesía que nos sostiene en la cifrada y perdurable voz del Alighieri, la fuente que no cesa.

 

 

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