El nueve en Velarde

El nueve en Velarde
Un acueducto infinitesimal, de Ernesto Lumbreras.

La Gualdra 434 / Noveno Aniversario Gualdreño

 

 

El 15 de junio de 1888, después de una espera de nueve meses y tal como lo marca el péndulo de la vida, el primogénito de los nueve hijos de José Guadalupe López Velarde y María de la Trinidad Berumen Llamas llegó a este mundo. El recién nacido recibió el nombre de Ramón Modesto. Nueve años después nació el poeta Carlos Pellicer, con quien Ramón López Velarde establecería una fraternal relación desde que se conocieron en el año de 1916. Entonces Ramón era maestro en la Escuela Nacional Preparatoria y acumulaba una gran experiencia literaria, verbigracia, la adquirida en 1906 durante la edición de la revista literaria Bohemio, de la cual se publicaron nueve números.

En su estancia en Venado, San Luis Potosí, a finales de 1911, López Velarde humedecía su cotidianidad entre dos habituales citas; la primera a la una de la tarde en la tienda La Favorita y la segunda “a las nueve de la noche en la cantina y los billares de don Miguel Mendoza, masonete impulsivo y boquiflojo”. En 1912 Ramón se traslada a la Ciudad de México, considera que la capital y los tiempos son propicios para sus aspiraciones en el ejercicio público y la vida literaria. Así inicia nueve años de vicisitudes, pero también de crecimiento al lado de amigos y poetas como Xavier Villaurrutia y Carlos Pellicer, quienes lo acompañan hasta sus últimos momentos de vida. Ese periplo de nueve años ha sido trazado por el poeta y ensayista Ernesto Lumbreras, en su libro Un acueducto infinitesimal. Ramón López Velarde en la Ciudad de México, 1912-1921. Otro poeta, Juan Gelman, alguna vez confesó que tenía ocho o nueve años cuando escuchó por primera vez poemas de López Velarde. Poemas que han sido fuente de inspiración de varios artistas, como Fermín Revueltas, quien realizó nueve dibujos a tinta para la primera edición de El son del corazón, libro publicado en 1932 como homenaje póstumo a nuestro poeta, por el Bloque de Obreros Intelectuales.

La vida de Ramón López Velarde está cifrada en su obra, uno de sus estudiosos, Guillermo Sheridan, revela que en la novena estrofa del poema Ánima adoratriz, el más hermético de los poemas de Zozobra, el propio Velarde ofrece una clave sobre la enfermedad que probablemente lo llevó a su muerte. Fuensanta, esencia velardeana, es un jeroglífico de nueve letras.

 

 

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