La violencia en el hogar explota ante gobiernos lentos y ciegos

La violencia en el hogar explota ante gobiernos lentos y ciegos

La violencia en los hogares ha crecido de manera alarmante. Y no ganamos nada con negar la realidad y meter la cabeza detrás de un micrófono. Mejor es reconocerla, diagnosticarla y atenderla como un problema público. El gobierno sacó una campaña que tenía la intención de disminuir la violencia en los hogares, la cual consistía en algunos videos que apelaban a la paciencia: “cuenta hasta diez”, decían. Los reclamos de colectivos de la sociedad civil hicieron que los retiraran. Es un detalle importante, porque muestra que los gobiernos no tienen claro el diagnóstico ni tienen conciencia de los factores que lo provocan. Por eso, apelan a la paciencia como estrategia para disminuir la violencia.

Es esencial que sepamos cuál es la causa de fondo del problema. La violencia, sobre todo en los hogares, es un ejercicio de poder; y en la situación de confinamiento es mucho más: las viviendas se convierten en un panóptico, un espacio que está dominado por la mirada del varón. La mirada es un dispositivo de dominación: si todo lo ve, todo lo controla. ¿Entorno a qué gira esa mirada dominadora? A una cosa que los antropólogos llaman “subjetivación”, lo cual es el proceso de construcción de la identidad que moldea a todos los seres humanos desde que nacemos hasta que morimos. Identidad que determina el tipo de decisiones que tomamos en la vida cotidiana, lo que deseamos y la manera en que lo queremos. Pues bien, esa ‘identidad’ está construida con materiales patriarcales que se ponen en funcionamiento día con día y cada que respiramos. En esa subjetivación se establece normal ‘y obvio’ que las mujeres atiendan, obedezcan, acomoden el desorden, cocinen, barran, limpien lo que todos los que habitan una casa hacen; y acepten ser controladas, juzgadas (y claro está), castigadas por sus parejas. En suma: los hogares se convierten en panópticos de dominación donde las mujeres son las vigiladas y controladas. Si salen del libreto, son mortificadas, fustigadas, apaleadas o echadas.

Si esto es así, es poco más que ridículo un llamado a la paciencia. La cosa es más compleja. Lo primero es que el gobierno se tome en serio el problema y no lo trivialice. En seguida construir una estrategia para incidir en los procesos de subjetivación alrededor de los valores de género; mientras se emprenden medidas de largo aliento, pueden comenzar programas de atención inmediata alrededor de programas de mediación familiar, acompañadas con técnicas de autorregulación y de integración filial. El DIF en Zacatecas ha hecho poco menos que nada para armar una estrategia de contención de la violencia familiar; la Procuraduría de Protección al Menor y la Secretaría de las Mujeres, han sido rebasadas con mucho, es cosa de recordar la declaratoria de alerta de género, en la que no ocurrió nada. Las instituciones en general han sido tortugas ancianas y ciegas en un mundo veloz.

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