Bueno para nada

Bueno para nada
Ya son tres días de que inició la contingencia por el Coronavirus ■ foto: andrés sánchez

Tercer día de contingencia viral y se siente como si no nada más la virgen le anduviera hablando a los mortales, sino que también algunos de los demonios particulares que suelen atormentar a los individuos, anduvieran tan sueltos como dicen que andan unos bichos de cuyo nombre no hay ni qué acordarse. No obstante, parece que los pensamientos andan en desbandada, hay muchas tribulaciones y dudas que resolver en la cotidianidad que no se esperaban en la contingencia, como el de enfrentarse a sí mismo. Muchas veces, cuando la soledad abraza y se empecina en mostrar su dominio, los humanos no saben como lidiar con ella y seguir sus sanos consejos. Entre ellos el de aprovechar los innumerables momentos de silencio que se repiten inmisericordes hasta desarrollar una serie de secuencias difíciles para encontrarle el lado bueno al aislamiento. Y a falta de un objetivo bien especificado en el cual concentrar algunos esfuerzos para lograrlo, en la mayor parte de las ocasiones, siempre se manifiesta como única opción la de no hacer nada.

Y en lugar de tomarlo como una bendición que permita disfrutar períodos de gratificación, de falta de responsabilidades, del placentero sentimiento de nada más echar la penas al viento; o lo mismo, un regalo de las fuerzas supremas del universo que permite a cualquiera voltear hacia sí mismo y preguntarse con desdén y desparpajo qué carambas está pasando desde lo más íntimo de cada persona y su personalidad hasta el espacio vacío en los confines del cosmos, donde aún habita la luz: y que todo lo anterior permita jugar al auto análisis sin tener que darle explicaciones a nadie de cómo y por qué hay que enfrentar estas íntimas reflexiones cuando teóricamente la humanidad está aferrada en resolver las manifestaciones desconocidas de un enemigo invisible.

Y las terribles circunstancias derivadas de este enfrentamiento ante lo desconocido, tienden una plataforma universal que permiten una introspección unidimensional nunca antes vista, la posibilidad de meditar sobre lo bien o mal que se anda haciendo en la vida. En estas condiciones donde no hay médicos suficientes que puedan auxiliar en estos problemas colectivos, al menos permiten que cada quién, desde su espejito espejito, sea capaz de lograr un autoanálisis lo más honesto que se pueda que permita una búsqueda personal hacia el logro de objetivos universales que permitan replantear el sentido de la existencia. Después de todo, de acuerdo a las distintas alegorías genéticas de todos los tratados y fantasías de la humanidad, a este mundo se vino mínimamente a ser feliz. Quien diga lo contrario, puede considerar el registro de una nueva religión.

Así qué después de tres días de contingencia, habrá que considerar las ventajas de la inspiración agotada, la creatividad diluida y la participación inhibida como una gran oportunidad para permitirle a la parte más pasiva, apagada y alejada de las personas, de los fenómenos que invaden todos los espacios de una sociedad aparentemente enferma de obsesión laboral y consumismo frenético sin un sentido razonado. Estos abandonos parece que permiten darle valor al vacío de actividad enajenada y enajenante. En estos casos, el regalo viene de donde menos se había esperado. De la maravillosa explosión del vacío existencial.

Por tal razón no hay que satanizar esta inopia maravillosa dentro de las secuelas vivenciales a los que ha conducido el protocolo de prevención y defensa sanitaria. La próxima vez que se tenga la oportunidad de vivir esta experiencia abúlica, habrá que rescatar esa sensación de vacío que en medio de la nada llena de gratificación el sentimiento de estar vivo.

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