■ Alba de papel Mujeres: quebranto y transgresión

■ Alba de papel Mujeres: quebranto y transgresión

Lope de Vega escribió que poner freno a la mujer es intentar poner límite al mar. Es verdad, pese a que ella, en el devenir histórico y cultural nunca ostentó ambición alguna por el poder en la esfera pública, política, económica, científica y social; su lucha inmemorial ha sido por su reconocimiento y visibilidad en un contexto violento que en forma permanente la disminuye y la agrede.

Lo acontecido este domingo próximo pasado, no sólo en la capital de la República, sino en distintos municipios focales que la constituyen, evidencian una rabia incontenible que no fue la bandera de las primeras feministas del siglo pasado (en su mayoría, formadas en la izquierda y por lo tanto, politizadas), sino de una nueva generación de mujeres, en su generalidad, jóvenes, hartas y enojadas con un sistema político que no ha realizado su trabajo a cabalidad, que las excluye y las arroja a una letal inseguridad, muchas veces mortal.

En una jornada histórica, el paro de este nueve de marzo, bajo la consigna de “Un día sin nosotras”, el país enmudeció y el silencio corrió como postrimería para concienciarnos acerca de su valor como ser humano, de su importancia como factor de productividad y riqueza, en suma de la necesidad de ella, por su sentido común, su generosidad, su amor, su inteligencia, su bondad y su capacidad de comprensión del entorno y la cultura que la rodea, en un ámbito global que la esclaviza y la oprime.

Los hombres dirán igualmente, “a nosotros también nos oprime el mundo”, juntos, hombres y mujeres clamarán “mamamos diariamente el oprobio y la opresión”, debido a que la cultura se constriñe a una esfera de poder, asumida por otros hombres que son el látigo y el fusil, la fuerza bruta que corrompe y mata.

Dos identidades en peligro constante, donde la masculina es reducida cuando otros individuos de su mismo grupo, son el flagelo victimario, la mano criminal ya no sólo de mujeres sino de niñas, que son las que conforman lo femenino, que bien podría ser el anverso del ser, la quintaesencia de la vida y el pensamiento más elevado que se pudiera tener, porque la justicia tiene nombre de mujer.

Una nueva realidad se aprecia, donde la desigualdad de género pareciera que se remite en rigor, a una cuestión de poder y un enorme reto para los derechos humanos, ya que el respeto a la vida, es un derecho universal y nadie la puede arrebatar con impunidad y alevosía.

En las demandas de las mujeres se exige la caída del régimen patriarcal, que se aplique la ley a los abusadores y acosadores, a los criminales y a los pederastas; que se legisle por sus derechos sexuales y reproductivos; que haya más oportunidades de trabajo y a favor de ellas, se luche contra la exclusión y el hostigamiento de que son objeto.

Para muchos analistas políticos, lo acontecido el ocho y nueve de marzo recientes, podría ser mucho más que un acto de rebeldía y resistencia, para convertirse en un impulso total y revolucionario del Siglo XXI, en cuanto a que las mujeres están redefiniendo el poder en todas sus escalas.

El agotamiento de valores como baluarte de lo masculino, da pauta a nuevos patrones de convivencia y de igualdad entre hombres y mujeres, que con llanto y con sangre están forjando esta nueva realidad: una donde la autodeterminación personal de las féminas implicará su elección de modo de vida, sin sujeción a una doble moral y al conservadurismo impuestos, y a nuevos ideales de lo que significa gobernar, con ellas, en el poder.

El horror cometido contra ellas y ellos, demanda justicia inmediata, interés genuino del gobierno federal, las cámaras altas, los gobiernos estatales y municipales, congresos y universidades locales por legislar, clarificar, perseguir y sancionar los delitos cometidos por aquellos que resulten responsables.

Esta contienda que implicaría “dividirnos” en cuanto a nuestra caracterología y formas distintas de pensamiento, podría ser en este momento, una oportunidad para fortalecer el impulso a la vida, a través de la educación y nuevos esquemas de inclusión, participación y reconocimiento para las mujeres.

Por siglos, ellas han transitado por la cultura de la culpabilidad, agravada por la ignorancia (muchas veces machista) que las ha llevado a etapas de sufrimiento por no responder a las expectativas que se les imponen, rigidizando los roles de sus hijos y victimizando su papel protagónico, que peligrosamente podría convertirlas en victimarias.

El modelo de familia tradicional está roto, y no hay un solo tipo de familia, sino varios formatos que requieren cabida y una interpretación sensible, donde las mujeres, de modo particular, necesitan educación para ser mejores de lo que ya son, porque su fortaleza es indiscutible.

La mujer de este siglo, enfrenta el desafío de formarse como tal, educarse en el conocimiento y la adquisición de nuevas habilidades que le permitan descubrir su naturaleza y el germen de su propia libertad para luchar contra la polaridad de la dominación y la desigualdad que hoy la humilla. Su lucha es ya incontenible.

Hay por decirlo de algún modo, una nueva generación de mujeres que trabajan por la igualdad y el derecho a tener una vida, una libre de violencia, cualquiera que sea su cara: psicológica, sexual, verbal, económica y física. La educación las hará fuertes y libres.

Por ninguna razón, la violencia puede ser una vía de lucha para ellas; el enojo y el dolor que sienten ante la injusticia, deberá transformarse en estrategia e inteligencia para un nuevo modelo de comunicación con los hombres, a quienes las mujeres, forman y educan, asimismo, la humanidad que les atañe a ambos. Esto permitiría una nueva legislación que combatiera su discriminación y el control social que las remite a arquetipos de inferioridad y minusvalía. ■

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