Hable con los muertos

Hable con los muertos

La Gualdra 422 / Río de Palabras

 

Cada que abandono la habitación descubro legiones de sombras ocupando la sala de mi casa, la cocina, el cuarto que uso como estudio, el cuarto de servicio y el baño. Entro a la cocina procurando no llamar su atención. Sé que ellos no saben que los veo o prefieren ignorarlo; es un trato que no hemos firmado ni discutido. No sé de dónde se escaparon o si ya estaban ahí desde siempre, ignoro cómo fueron invocados e ignoro cómo regresarlos a su sitio de descanso o de castigo. El día de muertos, sirvo un banquete para cincuenta personas esperando queden satisfechos, es cierto que no me molestan y que tampoco reclaman mayor atención que la de mencionarlos de cuando en cuando. Creo que mi casa está llena de fantasmas, digo esto y veo sus gestos de satisfacción y con cierto disimulo los veo congratularse, ser nombrados los hace sentirse brevemente vivos. A veces alguien viene con una tabla ouija, la vecina del departamento de arriba o Tania, mi ex mujer que confía ciegamente en las supercherías del mercado de Sonora, donde su brujo personal le ha dicho que nuestro fracaso como pareja se debe a los muertos que me deambulan. Y los invocan y pretenden establecer un diálogo telefónico o a base de golpes en la mesa o pidiéndoles que se manifiesten como magos, enciendan las luces de la sala o hagan flotar un cenicero de vidrio cortado. Hable con los muertos, me dice entonces el brujo o la vecina médium. Los veo, los veo pero no puedo decirlo. Veo que los muertos están rodeándonos tratando de explicarse qué hacemos ahí con las luces apagadas, veladoras, inciensos, tomados de la mano y guiados por un hombre disfrazado de Merlín y una mujer con sombrero de hada. Disimulo un desmayo o un ataque de locura, y respondo en otras lenguas hasta que alguien advierte que quizás esté poseído. Entonces todos abandonan la casa, si Tania asiste a la sesión es la última en dejarme, antes dice que lo siente, me da un beso en la frente y se larga. Recojo la mesa, apago las veladoras. Regreso a mi habitación. Todavía no me quedo dormido cuando escucho música y risas, y choque de botellas y de copas, y zapatos rompiendo contra el piso. Entreabro la puerta para admirar la fiesta que a esas horas se cargan los espectros. Sería incapaz de correrlos de mi casa, de aguarles su refugio.

 

 

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