La muerte de mi madre

La muerte de mi madre

And I am to scared
And I am to scared to even walk on past.
Nick Cave & The Bad Seeds.

Pienso en lo que somos aquí. Lo que representamos para la vida y el significado que tenemos. Lo hago porque tengo que comenzar desde un punto que me lleve a otro. Como si se tratase de un bravío y espumoso mar. En cómo el tiempo cumple su promesa y nos arruina día con día: no somos sino un proceso biológico en descomposición constante.

Ni siquiera los dioses consiguen salvarnos. Un proceso de putrefacción y de demolición y, aunque a temprana edad nos advierten de ello, porque, exista o no, a diferencia de los animales, se nos hace conscientes de que un lejano día moriremos y llegaremos al paraíso o al cielo o al infierno, conforme crecemos y sentimos cada vez más de cerca el gélido hálito de la muerte no deja de parecernos horroroso confirmar que la vida, nuestra vida, tiene un final: quisiéramos prolongar lo improlongable para ser parte del horror de la vida eterna.

Sin embargo, la existencia es justa en su medida porque, en su lento andar, en ese cuentagotas que se pasa como trago de aguardiente, encuentra un equilibrio con lo más misterioso de la muerte: es aquí donde también encuentra una suerte de receta que debería obligar a los hombres a valorar cada día como si se tratase del último. A dar las gracias a quien se quiera por cada amanecer. Por cada anochecer. Dar las gracias. Con el paso de los años ves la muerte cada vez más cerca, y también te vuelves un hombre más agradecido. Eso lo saben los viejos. Se les nota en la mirada.

Cuando alguien muere se repiten las mismas palabras que parecen servir de consuelo a una ausencia abismal. Van de allá para acá en las funerarias. Alguien debería enfrascarlas y alquilar los frasquitos durante unas cuantas horas. Seguro que más de uno alquilaría uno. Ni siquiera son palabras en las que se crea; son palabras que se repiten porque las han escuchado antes. Por ejemplo, te dicen: todos vamos para allá. Otros agregan: ya descansa en paz. Y ponen especial entonación en “paz”, como quien firma un acuerdo tras la peor de las guerras. Quienes dejan todo a un Dios inmisericordioso dicen en voz baja: ya está con el señor y la tiene en su gloria. Y ponen especial énfasis en “gloria”, como si ellos ya hubiesen estado ahí. Te acompaño en tu perdida es de las peores. Porque las perdidas son solitarias, ellas mismas te obligan a abandonarte, a rodearte de pensamientos, a morder todas las reflexiones que tengas. En fin: Hoy ella; mañana tú. Hoy él; mañana ella. Aquí no hay margen de error. Quizás yo muera el mes que viene, pero tú morirás dentro de unos cuantos años. La diferencia, ya se ve, es el tiempo, porque somos seres conscientes de él. Y a partir de aquí también vienen las recetas de cómo se supone que debes aprovechar el tiempo. Se entiende que si no aprovechas el tiempo que tienes de vida algo anda mal contigo. Porque el tiempo pasa volando.

Por extraño que parezca supe de alguien que aprendió y enseñó a aprovechar la vida en las condiciones más adversas. No sé. Quizás cuando te enfrentas a las tempestades es cuando realmente valoras lo que eres, de donde vienes. La imagen se me ocurre de Shakespeare. Debe ser tremendamente difícil. Y entonces esa persona se dedicó a lo que por obligación nos deberíamos dedicar todos por lo menos hasta que lleguemos hasta la recta final del camino: a vivir. Sin importar el mañana. Solo a vivir. Diariamente. Con todo el peso que implica ese verbo. De noche. Conjugándolo y acomodándolo en todas las estructuras gramaticales posibles. A vivir. Sin importar en qué condiciones estaba en sus manos la vida, para ella, se trataba de vivirla así la vida, sin más.

Ahora sé que eso solo lo saben los que se encuentran condenados por una enfermedad. Los que luchan a ciegas contra una bestia. Incluso cuando saben que esa bestia ganará la contienda. Los que luchan así deberían ser considerados triunfadores incluso antes de iniciar la contienda.

Esa persona fue mi madre. Desde su cama. Ahí el ring. Fue donde vivió y sobrevivió sus últimos días. ¿Y saben qué? Fue encabronadamente feliz. A pesar de los golpes de su oponente. De su buen movimiento de pies, los de su oponente. De la dificultad para respirar de mi madre y del maldito oxígeno que le hizo falta desde que le diagnosticaron la enfermedad en los pulmones. Quebradizos se hicieron, como cuando aprietas el pétalo de una rosa. Lo que le hacía falta de oxígeno le sobraba de un inconmensurable amor. De su falta de apetito como síntoma desastroso y de su cuerpo enclenque y melancólico, tanto como su mirada, la cual, por cierto, conservó su luz y su brillo hasta el último minuto en que mantuvo los ojos abiertos, cuando cerrarlos tan solo fue un atajo para llegar abrirlos hacia dentro.

Me habría gustado saber lo que veía mi madre en el espejo que estaba ubicado frente a su cama. Pienso en la lectura que en alguna ocasión realizó durante un viaje en el Metro de la Ciudad de México de una antología de Borges. Pienso que quizás en una de las páginas de esa antología encontró el primer verso del poema de los espejos. Mi madre tuvo todo el tiempo posible para comprender que los espejos son horrorosos porque todo lo multiplican, como asegura Borges, de eso estoy seguro, y también multiplicaban su horrible enfermedad.

Si se valió de ese espejo para efectuar un viaje a través del tiempo en esas horas solitarias en que se dedicaba a la reflexión, tampoco lo sé. Debido a la falta de oxigenación, su cerebro ya sólo permitía unos cuantos recuerdos: una cochambrosa alcantarilla por donde escapaban cucarachas que se arrastraban por su memoria. No obstante, en un esfuerzo titánico mi madre renegaba de los recuerdos que la memoria le permitía y le arrebataba aquellos que le permitían cerciorarse que aún estaba con vida, porque una clave para comprender que estás vivo es reconocer que tienes un pasado, ahondar en él, sumergirte, como si se tratase de un ejercicio de natación, abrirte paso bajo el agua, y mi madre te hacía participe de ese pasado una y otra vez con la exactitud de las mismas olas que ahora mismo llegan a la orilla de la playa para dejar un ignoto rastro que perdurará más allá de nosotros mismos.

Estoy llegando al punto final de su despedida y no me resta sino desearle un buen viaje sea a donde sea que vaya. Por ejemplo, a mí se me ocurre pensar, e insisto en ello porque es uno de los mecanismos con los que sano mi tristeza, mi desesperación, mis ganas de salir corriendo y estrellarme, que viaja a mi memoria y que ahí encuentra un buen sitio para permanecer.

Esta es la escena: ahora mismo ella camina tomada de la mano de mi papá como seguramente lo hacían al principio, cuando recién iniciaban su noviazgo. La ciudad de México y sus colores deben ser otros. Y la carretera libre a Cuernavaca también. Es un domingo de abril. Medio día. Hace calor. Un amarillento sol que repta por el pasto y la tierra y parece que la enciende, la aviva. Estamos en un descampado. Mi papá ya se encargó de estacionar su blanco Chevrolet 77 de ocho cilindros. Los dos se dirigen hacia una zona donde hay unos cuantos árboles. Altos. La tibieza de su sombra poco a poco los cubre. Atrás estamos los tres hijos, sentados sobre una cobija que antes ha extendido con delicadeza mi madre. No los perdemos de vista. De alguna manera sabemos que ellos dos están contentos. Somos tan pequeños y ya comprendemos que la muerte, contrario a lo que piensan, no significa un viaje triste sino un lento caminar como el que nuestros padres realizan ahora.

En algún momento los dos voltean al mismo tiempo. Mi madre y mi padre. Nos miran con esa última mirada de los que dicen se despiden de esa manera. Sonríen. Una sonrisa suave, como el inicio del segundo movimiento del concierto 27 para piano de Mozart. A nosotros nos baña esa sonrisa. También esa música. El piano. Así se despiden. Quiero decirle a mis dos hermanos que casi puedo jurar que nuevamente se enamoran. Ellos dos. Me gusta pensar en una historia de amor que comience con Mozart. Mi madre y mi padre. Quizás y te la escriba, madre, la historia. Un día de estos. No te puedo jurar que no será una historia triste y que no lloraré.

Buen viaje, madre. ■

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