Las reglas no escritas de la democracia

Las reglas no escritas de la democracia

En su texto Cómo mueren las democracias, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, definen dos reglas no escritas para la supervivencia de este sistema de gobierno y describen el impacto de seguirlas, como de ignorarlas. La primera de estas reglas es el de la tolerancia, que los autores definen como “la idea de que, siempre que nuestros adversarios acaten las reglas constitucionales, aceptamos que tienen el mismo derecho a existir, competir por el poder y gobernar que nosotros. Podemos estar en desacuerdo con ellos, e incluso sentir un profundo desprecio por ellos, pero los aceptamos como contrincantes legítimos”. La segunda de ellas es el de la contención institucional, y la conciben como “el evitar realizar acciones que, si bien respetan la ley escrita, vulneran a todas luces su espíritu”.

Hoy abundan las democracias que caminan peligrosamente hacia la pérdida absoluta de ambas reglas no escritas y que no pueden inscribirse en ninguna norma de tal manera que, descritas aún con la mayor de las precisiones, podamos exigir su cumplimiento en la práctica si no existe voluntad política para ello. Podemos conceder a los más acérrimos críticos de nuestro régimen de la transición y aún del llamado antiguo régimen, que el de la autocontención no era una regla del todo cumplida por el poder, generalmente bastó con cumplir en los márgenes de la Constitución con la legalidad y apenas se limitó (no siempre) a una serie de reglas que cumplieran con “las formas” a la hora de toma de la toma de decisiones. Sin embargo, lo menos que se esperaba de un régimen que aspiraba, desde su denominación misma, a la regeneración moral del poder, era que esta regla de contención institucional fuera un criterio permanente, en el que no se repitieran los capítulos del pasado como los del #FiscalCarnal o la que dio origen a la demanda de #NiCuotasNiCuates; menos aún episodios como el que se utilizó la ley en su mínima dimensión posible para que la Secretaría de la Función Pública exonerara a funcionarios de evidentes conflictos de intereses. Ni qué decir del nepotismo más allá de la mera definición legal.

Sin embargo, la tolerancia fue un valor que se fue instaurando poco a poco en el sistema político mexicano hasta permitir la convivencia plural, el legítimo desacuerdo y el diálogo entre diferentes posiciones ideológicas, que permitiera la construcción de acuerdos. Veintiún años de gobiernos divididos nos permiten dar cuenta de ello, cuando menos. Tolerancia que no solo se daba en las élites, sino también en la base social. Sin embargo, la polarización se ha vuelto cada vez más presente, no solo en las redes sociales. Los radicales y fanáticos se han reproducido a un nivel asombroso y preocupante.

Es quizá a partir de 2006, cuando se fue normalizando un discurso que se fue volviendo políticamente legítimo en amplias capas sociales, que esta polarización se fue ahondando hasta volverse una característica creciente en nuestra convivencia.

Levitsky y Ziblatt apuntan respecto a la polarización: puede despedazar las normas democráticas. Cuando las diferencias socioeconómicas, raciales o religiosas dan lugar a un partidismo extremo, en el que las sociedades se clasifican por bandos políticos cuyas concepciones del mundo no solo son diferentes, sino, además, mutuamente excluyentes, la tolerancia resulta más difícil de sostener. Que exista cierta polarización es sano, incluso necesario, para la democracia. (…) Sin embargo, cuando la división social es tan honda que los partidos se asimilan a concepciones del mundo incompatibles, y sobre todo cuando sus componentes están tan segregados socialmente que rara vez interactúan, las rivalidades partidistas estables acaban por ceder paso a percepciones de amenaza mutua. Y conforme la tolerancia mutua desaparece, los políticos se sienten más tentados de abandonar la contención e intentar ganar a toda costa. Ello puede alentar el auge de grupos antisistema que rechazan las reglas democráticas de plano. Y cuando esto sucede, la democracia está en juego”.

No se ve mucha distancia entre este escenario descrito arriba y la realidad a la que cada vez se acerca más la vida política en nuestro país. Lo que se ha conocido también como el efecto burbuja del algoritmo de grandes medios como Facebook y Google, nos han llevado, además a aislarnos cada vez más en nuestra concepción del mundo y a leer, escuchar y reconocer solo a quienes piensan como nosotros, que hoy cada vez hay más personas que creen tener la razón, que razones para las personas. Ese es uno de los más graves problemas que se pueden apreciar entre los distintos bandos: el mutuo reconocimiento se ha perdido y la discordia ha llegado al punto de negarle el legítimo derecho al otro, ya no sólo de competir por el poder, sino de coexistir en él… o fuera de éste incluso.

Podemos conceder, otra vez, que, si bien la democracia mexicana no iba por buen camino, pero hoy por hoy, cada vez nos salimos más de cualquier camino hacia la democracia.

@CarlosETorres_

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