Navidades

Navidades

Ahora sí que sin saber cómo ni cuándo, apareció de nuevo el espíritu materialista de la navidad. Otra vez las calles del centro histérico de la ciudad patrimonio, como en el resto del país y buena parte del mundo, afloraron las calles y centros de convivencia llenas de lucecitas y la gente se programó para las interminables y múltiples fiestas y los infaltables intercambios de regalos. Es común encontrarse interminables ofertas que incitan a la demostración de los afectos múltiples a través de los regalitos que por regla general nunca dejan satisfechos a quienes lo reciben y son gastos innecesarios para quienes los otorgan, dejando casi siempre el sentimiento de que algo faltó para que dichos presentes cumplieran su cometido. Lo que sí es cierto, es que los grandes ganadores son los mercaderes que convencen a la gente de que el afecto se compra con gastos inútiles, los que, casualmente, pueden ser suplidos con un simple y sincero abrazo y una frase afectiva que no requiere ni siquiera ser preparada, solo con que se exprese espontáneamente, cumple con su cometido.

Y es a propósito de tal situación por la que desde esta columna se invita a la gente a reflexionar sobre la citada situación. La temporada nos habla del nacimiento de un niño que encierra todas las virtudes que idealizan al humano, especialmente a los eurocentristas que han dejado huella a través de sus prácticas, ideales y filosofía en estas apaleadas tierras que se conocen como América; sobre todo en la parte latina, que incluye también a la población nativa del continente.

Para no hacerla tanto de emoción, en estos tiempos se hace más presente y patente el aspecto materialista de las relaciones interpersonales y las personas en lo particular y la gente en lo general olvidan que lo que el nacimiento del niño representa es la ilusión por la fe y el mensaje de amor de los unos con los otros. Al andar por estas calles de Dios y estos centros comerciales, casas de la tentación y de algunos de los otros pecados capitales. Después del eclipse de dineros, ya casi ni gente somos, por medio citar a Jorge Reyes en su interpretación de “A la izquierda del colibrí”.

El mensaje de esta semana va en ese sentido, quizá no tanto la de la adoración al niño y sus leyendas religiosas, sino la de rescatar en cada uno de los que comparten el oxígeno en esta cotidianidad, al hombre bueno que hay en cada uno y que se ha venido perdiendo por mezquindades y por falta de mensajes y formas de convivencia que enaltezcan no solo esa subjetividad que es lo que se denomina “espíritu”, sino la armonía y cordialidad que se basen en formas cooperativas de logros colectivos. Y la mejor forma de encontrar esos mensajes perdidos es tratando de rescatar los usos y costumbres que antes mantenían unidas a las familias. No se requieren manuales ni tutoriales para recuperar lo que se ha venido perdiendo por una inacabable sed de acumulación de recursos materiales.

La mejor forma de rescatar la armonía es intentándolo. Hay que vivir la navidad a través del afecto compartido y no de los agradecimientos comprados. Si se olvida la hipertecnología y se regresa a lo básico como la paz y el amor se estará dando un gran salto hacia el reencuentro de lo más trascendental de la especie humana: el amor al prójimo. Y qué mejor que empezar a lavar esa ropa al interior de cada uno de los hogares. En esta forma, el mejor regalo que se puede dar a los seres queridos es la mejor versión de la persona interna y externa que cada quién pueda ofrecer a sus allegados y a la sociedad.

Entonces sí se podrá decir y gritar la máxima enseñanza que el Niño que nace esta Navidad legó a la humanidad como su máxima enseñanza para honrar la presencia del Padre: “Amaos los unos a los otros”.

Feliz Navidad. ■

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