Escuchar(nos) para sobrevivir al naufragio

Escuchar(nos) para sobrevivir al naufragio

Dos textos han ocupado casi por entero mi cabeza en estos días. Sin ser místico en modo alguno, creo que uno no elige a los libros, sino los libros lo eligen a uno. El primero es El naufragio de las civilizaciones, de Amin Maalouf, y el otro es Escuchar(nos), de Marina Castañeda.

Ambos tienen como virtud ser tan íntimos como políticos en sus argumentos. Contravienen una realidad tan nuestra, caracterizada por la ruptura del diálogo y la incapacidad de construir lugar y sentido común.

Maalouf comienza su texto recordando el naufragio de la pluralidad en el Egipto de su niñez, a principios de la década de los cincuenta del siglo pasado, cuando el joven nacionalista, Gamal Abdel Nasser, se convirtió en el principal líder del mundo árabe.

El Cairo, que durante generaciones había sido una ciudad generosa para con las diversidades (religiosa y étnica), de la noche a la mañana abrazó el nacionalismo y expulsó a familias que se habían supuesto egipcias.

Entonces los parientes de Maalouf encaminaron por la fuerza sus pasos hacia la tierra de su padre libanés, suponiendo que en Beirut las cosas irían mejor. Por aquellos años Líbano todavía abrazaba como convicción que era posible convivir pacíficamente, sin que ser cristiano, judío o musulmán fuera motivo para fracturar la plaza pública.

Pero esa promesa no duró largo: después de la Guerra de los Seis Días, en junio de 1967, la quimera de la paz entre los diferentes se evaporó.

La polarización creció insoportable y con ella vino la violencia. Afirma Maalouf que, 50 años después, las rupturas sin conciliación de nuestra era son la herencia directa de la grieta que entonces se abrió en el antiguo Levante.

Unos y otros dejaron de escucharse y ahí comenzó la tragedia: el naufragio de nuestras civilizaciones.

Posiblemente no sea en el terreno de la política donde este destino sin denominador común vaya a resolverse. Los oportunistas han entendido que su patrimonio depende de continuar atizando la polarización. Ese escenario los ha vuelto relevantes, poderosos, indispensables.

La polarización permite vender la lealtad al mejor postor con tal de obtener una celebridad que, en otro contexto más razonable, los hubiera despreciado.

Acaso en el escenario de lo personal todavía haya esperanza, dependiendo de nuestra capacidad para hacernos escuchar, y tanto más difícil, para escuchar sinceramente. Este es el tema que aborda Marina Castañeda en su libro publicado hace casi una década.

Ella relata las principales trabas para la escucha contemporánea, discurre por ejemplo sobre los problemas que impone el narcisismo en la conversación con el otro:

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Dos textos han ocupado casi por entero mi cabeza en estos días. Sin ser místico en modo alguno, creo que uno no elige a los libros, sino los libros lo eligen a uno. El primero es El naufragio de las civilizaciones, de Amin Maalouf, y el otro es Escuchar(nos), de Marina Castañeda.

Ambos tienen como virtud ser tan íntimos como políticos en sus argumentos. Contravienen una realidad tan nuestra, caracterizada por la ruptura del diálogo y la incapacidad de construir lugar y sentido común.

Maalouf comienza su texto recordando el naufragio de la pluralidad en el Egipto de su niñez, a principios de la década de los cincuenta del siglo pasado, cuando el joven nacionalista, Gamal Abdel Nasser, se convirtió en el principal líder del mundo árabe.

El Cairo, que durante generaciones había sido una ciudad generosa para con las diversidades (religiosa y étnica), de la noche a la mañana abrazó el nacionalismo y expulsó a familias que se habían supuesto egipcias.

Entonces los parientes de Maalouf encaminaron por la fuerza sus pasos hacia la tierra de su padre libanés, suponiendo que en Beirut las cosas irían mejor. Por aquellos años Líbano todavía abrazaba como convicción que era posible convivir pacíficamente, sin que ser cristiano, judío o musulmán fuera motivo para fracturar la plaza pública.

Pero esa promesa no duró largo: después de la Guerra de los Seis Días, en junio de 1967, la quimera de la paz entre los diferentes se evaporó.

La polarización creció insoportable y con ella vino la violencia. Afirma Maalouf que, 50 años después, las rupturas sin conciliación de nuestra era son la herencia directa de la grieta que entonces se abrió en el antiguo Levante.

Unos y otros dejaron de escucharse y ahí comenzó la tragedia: el naufragio de nuestras civilizaciones.

Posiblemente no sea en el terreno de la política donde este destino sin denominador común vaya a resolverse. Los oportunistas han entendido que su patrimonio depende de continuar atizando la polarización. Ese escenario los ha vuelto relevantes, poderosos, indispensables.

La polarización permite vender la lealtad al mejor postor con tal de obtener una celebridad que, en otro contexto más razonable, los hubiera despreciado.

Acaso en el escenario de lo personal todavía haya esperanza, dependiendo de nuestra capacidad para hacernos escuchar, y tanto más difícil, para escuchar sinceramente. Este es el tema que aborda Marina Castañeda en su libro publicado hace casi una década.

Ella relata las principales trabas para la escucha contemporánea, discurre por ejemplo sobre los problemas que impone el narcisismo en la conversación con el otro:

“… El narcisista considera, sinceramente, que es superior a los otros, (que) merece una atención especial y siempre tiene la razón; espera de los otros reconocimiento y elogio; exagera sus logros y sus talentos; alimenta los fantasmas de éxito y grandeza que no tienen ninguna relación con la situación real … esas personas experimentan conflictos permanentes con las personas que les rodean, sobre todo con quienes no están dispuestas a respetar el privilegio que suponen merecer.”

Lo grave es que el narcisismo se volvió una epidemia en nuestra época, y muy probablemente sea variable de peso para explicar la crisis de nuestra civilización: el poderoso privilegia la voz propia sobre su oído, y lo mismo ocurre en casa, en la amistad y probablemente también en el amor.

Muchas veces el interés por escuchar al interlocutor descansa en la prisa para proyectar sobre su narración nuestro propio punto de vista. El resultado de esa frustrada relación es que cada cuál termina encorvado en su propio rincón, herido porque la voz personal ha perdido relevancia y convencido de que no hay razón para volver a intentar el diálogo.

De nuevo Maalouf: “Con el paso de los años, de las crisis y de las guerras, la tierra libanesa se convirtió en un campo franco donde se libraban directamente o por persona interpuesta incontables combates: entre rusos y norteamericanos, entre israelíes y palestinos, entre sirios y palestinos, entre sirios e israelíes, entre iraquíes y sirios, entre iraníes y saudíes, entre iraníes e israelitas”.

Líbano es la metáfora de nuestro tiempo: “Las turbulencias del mundo árabe … se han convertido en estos últimos años en manantial de angustia predominante para la humanidad entera”.

El argumento recorre el naufragio para explicarlo una y otra vez: lo que comenzó en Levante es tragedia global. La desconfianza por el otro –a partir de razones tan arbitrarias como el color de piel, el sexo, la religión, el origen socioeconómico, la geografía, la ideología y un largo rosario de estigmas y oportunismos discursivos– agravan todos los días las heridas personales, sociales y políticas.

Son responsables los contagiados por el narcisismo y también quienes, de manera a la vez acrítica y cínica, hacen el caldo más salado.

Advierte Maalouf contra lo que llama la lenta metamorfosis de un amplio conjunto de pueblos que, como sucedió con el doctor Jekyll, transitaron desde una posición en que la mayoría compartía sueños, ambiciones e ilusiones, para devenir en el señor Hyde: “Muchedumbres ariscas, rabiosas, amenazadoras, desesperadas.”

Después del naufragio vendrá otra vida, promete Maalouf. Cuando reaprendamos a escuchar podremos construir juntos el mundo del mañana, profetiza Marina Castañeda; escuchar en primera persona del plural, con el (nos) relevante para recuperar el sentido común, el sentido de comunidad. Con el (nos) del antiguo Levante. ■

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