El otro futuro, el de los niños

El otro futuro, el de los niños

La semana anterior se escribió en esta columna sobre algunos excesos que ya se han vuelto costumbre en los jóvenes entre los catorce y veinticinco años, edades en las que se aprenden y se forman, de acuerdo a algunos estudiosos del tema, las principales características de las personas en su edad adulta. También, se puede decir que es la edad en que las personas son más osadas y no miden algunas consecuencias de sus audacias. ¿Será esta la razón por la que hoy día los jóvenes de nuestro país son víctimas de los excesos de violencia que se viven indistintamente en todas las regiones del país?

Existen varios factores que pudieran explicar el fenómeno de violencia extrema que se vive cotidianamente. A pesar de las campañas mediáticas para prevenir el uso y abuso de alcohol y otras sustancias lo mismo que el fomento de prácticas perniciosas de una gran mayoría de la población, especialmente los jóvenes, no cabe duda que siguen siendo esfuerzos fallidos dados los resultados que la prensa nos muestra en sus notas rojas, de amarillismo político y de acciones de personajes públicos que manifiestan una popularidad desmedida a través de sus acciones de dudosa moral y falta de ética. Probablemente, lo que mejor explique esta situación son los síntomas que se muestran en la ruptura del tejido social y la desintegración de la estructura familiar. De nada sirve que hoy día se tenga la mejor información sobre formas de desarrollo armónico y de convivencia si se tiene una población funcionalmente analfabeta y en las que solamente se ejercen acciones coercitivas y muy rara vez se ensalzan las acciones e ideas de gentes con propuestas documentadas y bien intencionadas.

No en balde todos los días se vive el horror de los desaparecidos, de las personas masacradas sin explicación satisfactoria, los feminicidios, el despojo a las comunidades originarias y la depredación ambiental por citar solo algunas de las anomalías que devastan la vida nacional. A esto habrá que agregar la invasión cotidiana y sistematizada de noticias falsas que abonan en demasía a la confusión ciudadana sobre los hechos que son importantes en la vida nacional.

Ahora, a lo anterior habrá que agregar una nueva ideota que ha surgido desde lo más recóndito de la inteligencia de los legisladores en sus cómodas cámaras. En vez de fomentar la calidad de la enseñanza y luego de la educación de las generaciones emergentes, desde una moralina tercermundista promueven derechos a los niños que impiden a los padres los instrumentos pedagógicos clásicos como la chancla, el cinturón, el pellizquito de pulguita y el jalón de oreja, entre otros instrumentos de capacitación familiar que tradicionalmente han mantenido y prevenido la disciplina familiar, desde una visión que se remonta a los orígenes de la familia en México. No es que se quiera afirmar que esto es un error, pero en contraparte no se autorizan acciones obligatorias que fortalezcan un tipo de control positivo para mantener a la familia integrada y estructurada hacia fines que se proyecten paso a paso hacia un país unido y en paz. Los mismos grillos que andan en los cuernos de la vida política y en especial la oposición y los saltamontes, enrarecen el ambiente político que pueda en el mediano y largo plazo encontrarle la cuadratura al círculo vicioso que se vive cotidianamente en el país.

Parece que se ha renunciado a propósito a la educación de calidad como el principal vehículo de superación en el país. Mientras esto no ocurra se vivirá en el lamento cotidiano y no habrá manera de ver hacia atrás, recuperando las formas de enseñanza que se desarrollaron después del movimiento popular que se vivió en el país en la primera mitad del siglo anterior y que por desgracia fue desmantelado después del movimiento intelectual estudiantil de 1968, cuando el sistema se espantó por las demandas educadas que buena parte de la población, en especial la mejor preparada, le planteó durante aquella añorada primavera.

Si no se mejora la educación, seguirá vivo y en llamas el infierno que hoy se vive. La respuesta es bien simple, desarrollar un modelo educativo con visión de futuro y basado en la armonía, con mejores escuelas; niños y jóvenes mejor alimentados y con retos que tengan que ver con lo académico y su vinculación al desarrollo; maestros más capacitados y mejor pagados; planes curriculares vinculados a las necesidades del país y un manejo honesto de dicho proyecto con la gente mejor preparada para llevarlo al mejor fin privilegiando lo académico sobre lo político y desmoronando de una vez por todas los castillos de privilegios que han tenido secuestrada a la educación en México.

Entonces, tal vez se pueda asegurar el futuro de nuestra infancia y nuestra juventud las leyes que se emitan sean coherentes y llenas de inteligencia.

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