Alba de Papel América Latina y su desgarramiento

Alba de Papel América Latina y su desgarramiento

Corresponde también al tema de la cultura, abordar el débil asidero que une a los pueblos latinoamericanos, históricamente lacerados por corrupción, violencia, inseguridad y pobreza que luchan por establecer un orden institucional llamado democracia, cuyo rasgo distintivo sea la pluralidad y el establecimiento de la justicia social.

Una labor titánica que ha generado historias disímbolas y una profunda fragmentación de lo que hoy se concibe como Latinoamérica, que para algunos especialistas, después de la creación, su descubrimiento fue el mayor acontecimiento que ha dado lugar nuestra civilización, su constitución y múltiple identidad, propició la insigne historia de Mesoamérica y los pueblos nativos que la habitaron, enriquecieron y honraron para dejar un gran legado artístico y arqueológico, con una esencia espiritual inconmensurable que perdurará por siempre, a pesar de la constante humillación a sus pueblos indígenas.

Bajo la bandera de la libertad, contra la sumisión y la explotación que provocó la Conquista, surgió el sueño de Bolívar, hombre acaudalado y refinado que bajo la tutela de su mentor Andrés Bello, aunado a sus viajes a Europa y los relatos de lucha y emancipación que conoció, fue capaz de formar ejércitos, conformados por hombres y mujeres decididos a combatir contra el yugo extranjero, para asumir en libertad sus tierras, sus casas y su cultura.

Bolívar pensó que América podría unirse y crear una alineación poderosa que reconociera la diversidad de las naciones que la conformarían, la riqueza de sus pueblos y la fortaleza de su espíritu para no caer y dejarse vencer. Bien conocida es su frase como metáfora para ellos, cuando proclamaba en sus incontables batallas que si la naturaleza se oponía a sus propósitos de libertad, la naturaleza también sería vencida.

La lucha del Libertador por encima de la controversia de su ocaso, no fue en vano, la liberación y la autonomía fueron el umbral de un mestizaje cultural de una riqueza extraordinaria con un espíritu avasallador que ha permanecido por casi 500 años, pero que al paso del tiempo se han agudizado con crudeza y ferocidad, empujando a los gobiernos latinoamericanos y del Caribe a menospreciar en forma recurrente y grosera el profundo valor de la identidad latinoamericana.

La grandeza de América Latina pareciera que se ha disuelto en guerras intestinas, dictaduras, golpes de estado, en varios de sus puntos nodales de su geografía, se instauraron el horror y la persecución, la guerrilla y miles de grupos clandestinos que a fuego y sangre han clamado por justicia y democracia. Como contenido de ese continente abrumador y amenazante, han quedado las voces de sus cantores, poetas, escritores, artistas, artesanos que histórica y culturalmente han construido una enorme trinchera a favor de la libertad y la independencia latinoamericanas. De nueva cuenta, la transversalidad de la cultura como motor de la vida social.

A su alrededor, fluye el horror promovido por las “fuerzas” enquistadas en las élites del poder, sean de izquierda o de derecha. Examinar estos conceptos y vincularlos al fenómeno cultural, implica un tránsito extremadamente polémico y difícil, ya que definirlos (cultura, sociedad, democracia), supone muchas veces, ambigüedad y su adjetivación, puede ser muy complicada.

No obstante, la democracia apela a un interés general, y como tal se refiere a paz social, a prosperidad, a igualdad dentro un propósito inalterable que es el bienestar común, y para hablar de la primera, se requiere de la virtud de los ciudadanos y un orden institucional y específico de quienes ostentan el poder, que privilegie en todo momento el orden social que es anterior al orden político.

Prevalece una falla estructural que para muchos ha hecho posible en América un contrato de sumisión, donde sus ciudadanos no son capaces de reconocer la necesidad de vínculo y de crear un orden que garantice sus intereses en un ámbito de soberanía popular, donde la soberanía radica en el “monarca” que es el pueblo, expresado simbólicamente y sin mucha claridad de lo que realmente es el pueblo.

En este sentido, la democracia no es la panacea, es utópica, constituye una realidad abierta, que se reforma continuamente y se revitaliza conforme a la voluntad general que representa no el interés de todos, sino lo que es común a todos, a partir de la razón, que es un principio que nos indica cómo debemos actuar.

Guatemala, Nicaragua, Bolivia, Chile, Ecuador, Argentina, Venezuela y Brasil dan cuenta de una profunda crisis de lucha por el poder, aquel enfrentado a su pueblo que es sinónimo de identidad y que está ligado a su territorio y a su cultura constituido por su lenguaje, religión, familia, etnias, raíces, tradiciones, pero todo esto, se remite a una política de estado, casi siempre sometida a las leyes de un mercado capitalista que ha sido agobiante.

Bolívar imaginó una América unida, diversa pero organizada y que México fuera el punto geocéntrico de su fortaleza, no ha sido así, el apremio galopante del caos convertido en pobreza, inseguridad y migración constituye el común denominador de esta noble tierra, ferozmente occidentalizada.

Que si los gobiernos están construyendo un eje socialista, que si otros están a favor de la derecha y del capitalismo, pareciera que todo es un mercado donde se negocia la guerra, la violencia y la represión.

Eduardo Galeano cita en su famoso libro (“Las venas abiertas de América Latina”) que “Ahora América, es para el mundo nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos a lo sumo, una sub América, una América de segunda clase, de nebulosa identificación. Es América Latina, la región de las venas abiertas”.

Hoy requiere con urgencia de autoafirmación en su identidad colectiva, hagamos un esfuerzo para valorar los significados profundos de la otredad.

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