La Excelencia

La Excelencia

Podría iniciar esta lucubración exponiendo el término de acuerdo a las acepciones más comunes asequibles en cualquier diccionario, pero prefiero intentar un desarrollo histórico del concepto, ubicándome en la etapa de la Grecia Clásica; en sí, en esta época se pueden encontrar los “gérmenes” de cualquier desarrollo intelectual del hombre, incluso los orígenes intelectuales de los naturalistas: Darwin, Freud, Marx, cuyo mérito primordial fue el aplicar las ideas planteadas por los primeros filósofos de la humanidad a la explicación de los fenómenos coetáneos de cada uno de estos pensadores. Ya algunos sofistas reconocían, en el siglo V a. C. el poder curativo de la palabra, mientras que la Política aristotélica plantea las formas de organización, geográficas, políticas y económicas, para explicar la creación y el desarrollo de un Estado…

Pues bien, el término Excelencia (ἀρετή), equiparable al de Virtud, es ya utilizado por Homero, en su Ilíada (Siglo VIII a. C.), para designar las características fundamentales que debía reunir el guerrero, dotando a cada uno de sus héroes, tanto aqueos como troyanos, del valor y la fuerza necesarias para resultar vencedores en las contiendas, generadoras de aristías, o momentos de exposición máxima de las virtudes guerreras. A la vez se planteaba la Excelencia de la mujer: “experta en toda una variedad de primorosas artes”, como el ideal de la compañera del combatiente, generalmente un rey. Pero al paso del tiempo, el concepto se apartó de su concepción arcaica individualista, con el desarrollo de las ciudades y las nuevas necesidades de organización y gobierno. En este tenor surge la polémica para determinar la mejor de las constituciones políticas, tema para otras reflexiones. Sólo concierne reconocer que la Excelencia de un mundo de conquistas constantes y expansiones territoriales necesitaba excelentes guerreros para garantizar los objetivos.

En el siglo V a. C., con el desarrollo de las ciudades, y el crecimiento territorial y demográfico de las mismas, surge la necesidad de la Excelencia del gobernante; del encargado de garantizar el bienestar del pueblo a su recaudo, y un “enjambre de charlatanes” hace su aparición alrededor de las grandes cortes (Pericles y algunos tiranos de la Hélade, el Asia Menor y la Magna Grecia), con la intención de “educar” a los futuros gobernantes, de formarlos con respecto a la Excelencia del buen gobierno. Aunque, apartados de la charlatanería, aparecen nombres memorables como Protágoras, Hippias, Pródico y Gorgias, entre otros, pero hace su entrada en la escena de la Historia, Sócrates, a quien Bertrand Russell cita como el hombre más íntegro que ha dado la humanidad, en su libro Por qué no soy cristiano, enriqueciendo el término Excelencia, aplicable a una actividad que involucra la vida en sociedad.

Siempre Sócrates. Con este adalid de la razón humana se generan todos los avances morales que aún en nuestros días deberían ser observables para desarrollar las cualidades humanas. Más allá del debate sobre la existencia de la Virtud o las Virtudes, Sócrates introduce una serie de valores que deben ser respetados para garantizar el funcionamiento de cualquier grupo social, y es así que el valor, la Templanza, la Piedad, la Amistad, entre otros, inducen al ser humano a desarrollar de manera óptima sus cualidades políticas en beneficio netamente social.

Gracias a los Diálogos platónicos, principalmente, sin olvidar a Jenofonte y Esquines, nos ha llegado el legado del más grande de los pensadores de la humanidad; aunque de manera divergente de un expositor a otro, y todavía considerando el hecho de que Nietzsche determina, que el gran fracaso de la humanidad se origina por ese racionalismo exacerbado que conlleva la ironía socrática, derrotando a los formadores de la conciencia colectiva expuesta en la Tragedia griega. Con la aparición de la Sofística, y de Sócrates en particular, el término Excelencia adquiere sus matices aplicables a cualquier actividad productiva del ser humano en beneficio de la sociedad y el momento histórico en que se desenvuelve.

Si somos un poco inquietos y hurgamos en las necesidades que representa el desarrollo social, encontraremos definiciones diferentes, posiblemente, pero cargadas de helenismo, por no decir socratismo, que aún podrían garantizar el adecuado devenir y progreso de la raza humana: la Excelencia del orador, del político, del zapatero, del carpintero, y por no dejar, del educador, del encargado, no de adiestrar, sino de concientizar a los individuos sobre cuáles son los fundamentos necesarios para optimizar las interacciones humanas. Entonces el término Excelencia se desmitifica, pierde su caracterización de algo inalcanzable, por la falta de condiciones, y obliga al interesado a sacar lo mejor de sí, para desempeñar su función específica, siempre en beneficio del grupo al que pertenece. La educación es una actividad netamente de carácter y dividendo social; desde este punto de vista, el ser excelente implica desarrollar una serie de valores acordes con la realidad objetiva, y el educador tiene la responsabilidad de formar entes socialmente productivos, capaces de ejercer su carácter crítico en la toma de decisiones, democráticas, en este caso.

En su libro Desarrollo del niño y del adolescente, decía Jerónimo de Moragas: “en el proceso educativo hay que permitir que el niño desarrolle al máximo todo el niño que deba ser (la importancia de la lúdica en las actividades educativas)”; en la labor docente, hay que desarrollar todo el educador que requiere la sociedad, en función del abatimiento de la ignorancia y la abolición de las servidumbres, a la vez que se combaten los distractores que interfieren en el proceso, para intentar acceder a la Excelencia.

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