Frente al siglo XXI (segunda parte)

Frente al siglo XXI (segunda parte)

Sobra decir que el mundo está transformándose como nunca antes. El desarrollo sin precedentes de las tecnologías, pero también, el descenso demográfico por primera vez en la historia de la humanidad, frente a otros aspectos como la baja belicosidad y el desarrollo de nuevas tendencias en lo social (abarcándolo todo, desde las relaciones, hasta la comunicación y el concepto de familia), hablan por sí solos. Vivimos tiempos totalmente distintos al de nuestros padres, inimaginables para nuestros abuelos.

No pretendo ser alarmista, por el contrario. Creo que la época que nos toca descifrar goza de aspectos muy predecibles (el desarrollo de la técnica, por ejemplo), positivos (el de la reducción de la población y con ello de la presión que ejercemos sobre el planeta) y otros tantos que merecen nuestra atención en tono preocupante (la viabilidad de la seguridad social, por ejemplo). En este sentido, lo que sí es urgente, es que tanto el Estado, como la sociedad, con todos los elementos que los conforman y los que a su vez éstos deben articularse (instituciones internacionales y comunidad global, respectivamente), hagan un cambio de paradigma, desde lo local, hasta lo supranacional, la planeación estratégica debe dejar de ser un complemento para volverse en el fundamento.

No puede ser de otra manera. Mientras el mundo vive no solo un cambio de milenio, sino de época apenas imaginable en un texto de ciencia ficción hace apenas unos años (¿alguien recuerda a Lisa Simpson presidenta, quejándose del desastre dejado por el presidente Donald Trump, en un capítulo de los 90s?). Sin embargo como generación no podemos, no tenemos el derecho a quedar pequeños. El futuro del mundo se juega en nuestras mentes y nuestra capacidad para transformar, para idealizar y con ello necesariamente retar a la realidad y con ello a las visiones más conservadoras: las que se resisten al cambio, pero no solo ésas, las que pareciendo ser progresistas, no son sino melancólicas enfermas de un pasado que no solo no es: no podrá volver a ser, ni es deseable que sea otra vez. El mundo no había vivido un lapso de progresos como los de nuestros tiempos (no hay “otros datos” que puedan desdecirlo), sin embargo, esto no significa que debamos dejar de lado los retos, conformarnos. Me atrevo a asegurar que ése es el problema que aqueja al liberalismo post-guerra fría: el progreso, con sus asegunes e inherentes fenómenos negativos, aseguraba una etapa de desarrollo como nunca antes. Instituciones que merecían un cambio y que exigían atención, imaginación y creatividad, quedaron intocadas, a la espera de los beneficios del tiempo. La sociedad que hoy somos no lo toleró y el resultado ha sido peor: estamos dando zancadas al pasado, lo que nos arrojó a un impase de confusión entre el pasado y el futuro. Frente al siglo XXI, un mundo sin ideologías, el liberalismo debe ser el paradigma transformador, la reforma su instrumento y el cambio su lenguaje. El reto nos llama a todos: el mundo se transforma, la sociedad evoluciona y el Estado no puede ser ajeno a esta revolución, sin que por ello destruya los cimientos que le han permitido progresos que antes apenas eran utopías.

El reto que significa este siglo al cual ya casi le hemos avanzado una quinta parte, debe llamar a nuestra generación a no permitir que se pierdan los avances por quimeras que solo provocan movimientos intolerantes, retrocesos en forma de promesas progresistas y transformadoras. La confusión no debe arrojarnos al miedo, sino a la posibilidad de imaginar las reformas e innovaciones que hagan compatible las aspiraciones de todos, frente a retos, conflictos, paradigmas, instrumentos y mecanismos que nos son novedosos: el reto de la vida pública y todo lo que ella significa, está ahí.

@CarlosETorres_

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