El Gatopardo

El Gatopardo

Se trata de un clásico de la literatura italiana: “El Gatopardo”. Es una suerte de aventura literaria la que nos trae la editorial Anagrama. Comencemos con tal aventura: el solo hecho de que aún se siga dando espacio a libros tan especiales merecería un reconocimiento. Vamos, uno pronuncia “El Gatopardo” y es como si volvieras a un lugar profundo y extraordinario al que llegaste hace ya algunas décadas. Tan familiarizado con el título como lo estarías con el nombre de tu primer novia.

Te fijas en la portada y haces un poco de memoria: quizás cuando ibas a la preparatoria y la maestra de literatura, aquella mujer de la que estabas enamorado, bajita de estatura, con falda negra por arriba de las huesudas rodillas, zapatillas de tacón de aguja y camisa blanca con motivos florales cremitas y colitas en el cabello oscuro, te dijo que tenías que leer “El Gatopardo”.

Sin duda eran tiempos en los que se leía por obligación y por obtener una buena calificación en la materia. “El Gatopardo” es un referente literario que guarda parte de lo que fuimos entonces. Porque hay que aceptar que las edades de la lectura cambian, se transforman, no somos los mismos de ahora a los que la semana pasada leían “El Quijote” o “Ana Karenina” o “Crimen y Castigo” o “Hermosos y Malditos” o “Oscuro como la tumba donde yace mi amigo” o la “Historia Natural”. Y en la distancia de los días envejecemos junto con las palabras.

Tampoco somos los mismos si volvemos a “El Gatopardo”. Cambia nuestra perspectiva literaria. Cambian nuestras aproximaciones a una obra literaria. Y sin embargo hay libros que persisten como una memoria que se incendia y corre tras de nosotros. Por eso es que en literatura volvemos una y otra vez a los clásicos y sentimos el ardor de las viejas historias, de las viejas palabras. Y “El Gatopardo” lo es. Por más que deplorables ediciones de veinte pesos se hayan dado a la tarea de pudrir sus pasillos con malas traducciones.

En el prefacio a esta edición, Gioacchino Lanza Tomasi (hijo de Giuseppe) da a conocer la carta testamento de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, quien pide que se “haga cuanto sea posible para que se publique ‘El Gatopardo’”, y como sabía que había más de una versión de la novela, se asegura que se publique la que realmente quiere él, por lo que advierte que “el manuscrito válido es el que figura en un solo cuaderno grande escrito a mano”. A mí, por ejemplo, me habría gustado conocer dicho cuaderno. Seguramente cuando dieron con él comprendieron que se trataba de una gran (hablamos de la totalidad de la novela) vasija donde un hombre había depositado la luz y la oscuridad de su tiempo. Eso: luz y oscuridad. Dos ejes centrales de “El Gatopardo”. Lo de “escrito a mano” seguramente representaba una literaria locura. ¿Quién iba a ser el valiente que se atreviera a mecanografiar aquella vasija llena de luz y de oscuridad?, ¿quién iba a ser el valiente que se enfrentaría a la luz y las sombras de un tiempo italiano?, ¿quieren que les adelante una noticia?, luego de su publicación se armó la grande porque unos decían que de las tantas versiones que dejó Lampedusa se había publicado la que no era, otros que sí, otros insistían que no, era la que estaba mecanografiada y no a mano, hasta que al fin se pusieron de acuerdo.

Giuseppe Tomasi de Lampedusa era un hombre tan precavido que incluso deja la lista de a quienes se les tiene que enviar un ejemplar una vez que se publique su libro (algo semejante haría cualquier autor mexicano). Previamente aclara: “por supuesto, ello no significa que deba publicarse a expensa de mi herederos; lo consideraría como una gran humillación”. Esta es una gran lección para los jóvenes autores que buscan publicar a toda costa, así sea ahorcando su integridad no ya como autores, que aún no lo son, sino como personas.

Hay unas líneas que a mí me parecieron tristes: “pido perdón a todas aquellas personas a las que haya podido ofender y declaro honestamente que escribo estas líneas sin rencor hacia nadie, tampoco hacia quienes me han perjudicado y ofendido con más tenacidad”. Y a uno le queda la duda de cómo alguien te puede ofender con más tenacidad. Seguramente Lampedusa nos podría dar toda una teoría al respecto. Ahora hagan el siguiente ejercicio: “humillación, ofensa, tenacidad”, piensen por un momento en el significado más profundo de estas tres palabras. Ya está: hemos dado con otras tres grandes pistas para entender la historia principal de “El Gatopardo”.

Dos apuntes más: el empeño por publicar “El Gatopardo” pasa por un primer rechazo de Mondadori y posteriormente por uno más por parte de la editorial Einaudi, sin embargo, la muerte impide que Lampedusa se entere de esta segunda carta de rechazo. A continuación llega una línea de esas que nos dicen mucho acerca del temperamento del autor, de las agallas, de la confianza que debes tener cuando se trata de defender no solo tu obra literaria sino tu trabajo en general, aquello que realmente te apasiona. Se nos dice que “Lampedusa estaba firmemente convencido del valor de su obra”. Palabras clave: dos rechazos, convencimiento y valor. Ahora júntenlas con las anteriores, por favor.

Una más: el 8 de junio de 1956 Giuseppe Tomasi de Lampedusa escribe una carta a su cuñada Lolette Biancheri donde le agradece que le haya prestado un volumen de Apollinaire, no sabemos si de prosa, poesía o teatro, y a continuación Lampedusa comparte una muy buena noticia: “Lucio Piccolo ha enviado mi ‘Gatopardo’ (así se llama ahora) a Mondadori”, y al fin añade lo que tanto estaba esperando tras recibir una carta donde el editor señala la atención a una obra tan interesante (y “el Gatopardo” sin duda lo es) y prometen publicarla. Finaliza el párrafo Lampedusa: “debo confesar que mi reprobable vanidad está muy satisfecha”, y una vez satisfecha Giuseppe quizás puede morir en paz, pues en abril del año siguiente, 1957, le descubren un tumor en el pulmón y muere el 23 de julio sin revisar las galeradas de una obra literaria que luego de dos años de la muerte de su autor obtuvo el Premio Strega, y en 1963 Luchino Visconti magistralmente la adaptó al cine en un filme que sin duda sigue siendo todo un clásico de la cinematografía italiana. Lampedusa sin duda se hubiese puesto feliz y habría escrito un tanto de cartas más. Esta edición de Anagrama nos ofrece un muy buen posfacio de Carlo Feltrinelli, y es un motivo más por el que habría que conseguirla de inmediato, ya que Feltrinelli no solo preside el importante grupo Feltrinelli, sino que fue la editorial donde se publicó por primera vez “El Gatopardo” cuando estaba al frente Giangiacomo Feltrinelli, aquella ocasión en que Lampedusa concretaba su sueño literario, su acuciante vanidad y su huella indeleble no sólo en la historia de la literatura italiana sino en la historia de la literatura universal. ■

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