El cambio en al cultura política

El cambio en al cultura política

Podrá haber quejas y críticas, pero a un año de la elección presidencial y siete meses de gobierno, no puede negarse que han sucedido tantas cosas, que para bien o para mal, López Obrador ha cumplido su promesa de no perder el tiempo.

Ya hay beneficiados y perjudicados, enorgullecidos simpatizantes y enfurecidos disidentes que se hacen ver en las calles y se hacen oír en los medios.

En este aniversario de la elección podrán oírse a ambos hablando según les ha ido en la feria, aunque esto apenas comienza y todo balance resulta apresurado si pretende hacérsele desde el final, y no como estamos, desde el principio.

Así, como un comienzo que tiene gestándose mucho tiempo, puede observarse cambios en la cultura política cuyos frutos están más del sexenio que vivimos.

El primero de ellos es el de la cada vez más extendida politización, que le gana terreno a la apatía que antes hacía posible los Fobaproa o la Estela de Luz.

Hoy los temas políticos están en la sobremesa, en las reuniones familiares, en el diálogo con el taxista, en las oficinas y los cafés, porque el cambio tecnológico permite que el número de los medios de comunicación crezca generosamente, y porque además todos los días se comunican las directrices gubernamentales a través de una red social de alto consumo. Pero sobre todo, porque eso se hace en un lenguaje llano y sencillo que asusta a las buenas conciencias, pero permiten a las mayorías comprender lo complejo.

Hay también más conciencia sobre las mil y un maneras de corrupción. Ese mal tan arraigado en México que hasta hace poco flotaba en el imaginario colectivo como la mano de un automovilista pasando un billete a la mano de un agente de tránsito.

Pero ya cada vez se tiene más claro las formas de corromper. Los sobreprecios en Pemex son buen ejemplo de ello, las declaratorias de emergencia que abren la llave del dinero sin tanta vigilancia son otra, las licitaciones simuladas y el acuerdo entre competidores son otras.

También es cada vez más generalizado el repudio a la fantochería con cargo al erario. Los trajes y vestidos caros, los autos lujosos, el despliegue ostentoso de guardaespaldas, todo eso que antes se consideraban evidencia de representar elegantemente al pueblo, hoy queda al desnudo como complejo del que la sabiduría popular describe como el que “no tiene y llega a tener, loco se quiere volver”.

Empieza a repudiarse el uso de aviones privados, la reserva de lugares para gobernantes, el cierre de restaurantes para políticos, etc. A veces incluso se hace de más, porque aún no alcanza a comprenderse que el límite está en el uso de dinero público pero tiene que respetarse el derecho de cualquiera de gastar en marcas y lujos el dinero bien habido.

En el cambio ha dejado de normalizarse también nuestra podredumbre. La llegada a los poderes políticos, financieros y mediáticos de personajes formados fuera del establishment ha generado enojo, burlas, y dislates que desnudan por sí mismos el racismo y el clasismo que en otros tiempos ni siquiera ameritaba que se levantaran las cejas. Basta ver los comentarios de Guadalupe Loaeza sobre la embajadora Barcenas, para darse cuenta de ello.

En ese tenor muchos han descubierto que parte de lo que tienen y de lo que consideran logrado por su propio mérito es el resultado de un privilegio. El cuestionamiento sobre los métodos para financiar a intelectuales, investigadores, creadores y hasta deportistas ha visibilizado que estas formas han dejado fuera a talentos que han tenido condiciones menos favorables para el desarrollo de sus aportaciones.

Su costo político ha tenido, sin duda, porque hasta quienes se asumen marxistas han salido a defender el sistema de castas que los mantiene favorecidos, y les permite seguir leyendo cómodos sin salir del cubículo.

En el aire permanece ahora la moneda de otro cambio ideológico-cultural fundamental para el legado que pretende dejar el Lopezobradorismo: por un lado está el pensamiento de estos, que creen que “ lo difícil está hecho, y lo imposible se hará”, y sí se podrá, contra el pronóstico del gran capital, rescatar a Pemex, construir la refinería en Dos bocas, tener crecimiento económico, librar el Gobierno de Trump con la dignidad a salvo, pacificar al país, etcétera.

Del otro lado, la advertencia permanente del Apocalipsis, del fracaso de todo, del desabasto permanente de combustibles, de la llegada de las “ordas” migrantes, el derrumbe del prestigio internacional, el dólar en 30 pesos, el ninguneo de Trump, la conversión de México a Venezuela del Norte, etc. En resumen el caos que anuncian desde hace 13 años y que sintetizaron en “el peligro para México”, y que hoy, bien que mal, no llega.

Seis meses de gobierno es tan poco, que difícilmente podrán verse resultados (favorables o desfavorables) de mucho de lo que apenas comienza a implementarse. No obstante nadie puede negarlo, no se ha perdido el tiempo y sin duda, el cambio, en el sentido que se le vea, está en marcha.

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