Entre el chayo y la credibilidad

Entre el chayo y la credibilidad

Las reacciones a la reciente ¿revelación? de la lista de medios y periodistas que recibían dinero del gobierno federal ha equiparado injustamente como faltos de éticos a todos los que ahí aparecen.

Cierto es que los que asumen su aparición en la lista como amenaza presidencial o afrenta a su buen nombre han contribuido a esto. Pero también lo es que esta sensación de que aparecer en la lista es ignominioso per se se debe a los vacíos legales e incluso conceptuales para definir qué es publicidad oficial y cómo se le asigna.

Vacíos que los propios periodistas reducen a: publicidad oficial es el dinero que entrega el poder a mi medio; “chayo” es el que le entrega a los demás.

Esta indefinición ha sido conveniente para repartir la chequera con criterios a gusto. ¿Cuánto vale cada lector, cada radioescucha, cada televidente o internauta? ¿Qué tan precisos son los métodos para saber cuántos tiene cada medio?, ¿tienen la misma importancia los televidentes de diferentes condiciones socioeconómicas?, ¿da lo mismo su nivel de participación política? ¿Vale lo mismo la publicidad en un espacio con 10 millones de lectores, donde solo la mitad de su público le cree y la otra se burla de la información, que uno de 5 millones de lectores con alta confianza en el medio en cuestión? ¿Cómo medirlo?

Si lo que importa es el tráfico, ¿es mejor pagar a YouTube por un anuncio del gobernador en medio de videos de gatos acicalándose? ¿Vale la pena pagar por fotos lucidoras entre notas rosas de bodas “fifis”?

Aún si las reglas para determinar la publicidad oficial contemplaran todo eso, ¿cómo garantizar que la firma de convenio, la negociación, lo que no está en papel, estuviera vacunado contra presiones para acallar?

¿Cuál es la base para determinar qué deberá difundir prioritariamente el medio de comunicación como parte de su convenio (incluso fuera de él)? ¿Es de verdad más trascendente la renuncia de Germán Martínez al IMSS que la renuncia del presidente a su “facultad” de condonar impuestos? ¿No sería mejor pagar por difundir fotos de desaparecidos, que boletines de inauguraciones?

¿Son los medios de comunicación los que han decidido que es más cómodo generar “testigos” a partir de la agenda del gobernador que, por ejemplo, socializando el ambicioso proyecto de reordenamiento de transporte público que de forma inédita avanza en terciopelo en terrenos tan pantanosos? ¿Es el público el que prefiere notas morbosas sobre las cónyuges de los gobernantes que los análisis económicos? ¿Debe dárseles gusto?

Pero la discusión puede ser incluso anterior a las formas y centrarse en si siquiera es pertinente o no tener publicidad oficial.

La industria de los medios de comunicación es complicada porque aunque supuestamente se vende información, pocos están dispuestos a pagar por ella; por lo que los medios en realidad hace ya mucho que renunciaron a ello y asumieron que en realidad lo que vendían eran público a los grandes capitales que querían llegar a ellos.

Ese paradigma se agota también porque esos capitales encontraron ya más y mejores formas de llegar a esos públicos y ahí, dada la precisión de su segmentación, nadie puede competir contra los dueños de nuestra privacidad como googlee y facebook.

Ante eso, algunos apuestan pues no al valor de lo que se dice, sino de lo que se calla (sea cierto o no).

Son tiempos en los que la inmediatez de las redes sociales, y la posibilidad de tener un periodista amateur tras cada smarphone, hacen que los valores de los medios recaigan en su credibilidad.

¿cómo se cuida de ella cuando el financiamiento del medio se basa en métodos a veces tan parecidos a la extorsión?

¿Imposible hacer periodismo ético y comer tres veces al día? Casi, pero no.

Cuesta pensar en medios que no hayan recibido en su historia publicidad oficial, sin embargo es posible traer a colación medios que pese a ello tengan credibilidad.

No significa esto impunidad total. El gran público ve, lee, oye, pero eso no significa necesariamente que crea, apoye o defienda.

Los medios están acostumbrado a exigir respuestas, transparencia, rendición de cuentas, pero no en los temas en los que se pueda salir salpicado. No obstante el público comienza a exigirlo.

Apenas algunos aprenden que la comunicación es de ida y vuelta, redonda, con rebote. Que quedaron atrás los tiempos en los que cuestionar al quinto poder era un atentado a la libertad de expresión, y una una afrenta a la democracia, tan en boca de algunos nostálgicos que preferían cuando no los veían ni los oían.

Vaya que falta tiempo para encontrar el punto de equilibrio en la forma de financiación sin comprometer la línea editorial por un lado, y de difundir lo de interés público sin que se aproveche la ocasión para la compra de favores.

No podrá darse el primer paso si no se entiende que ni el micrófono ni la pluma da el poder de la infalibilidad. ■

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