Kureishi la vuelve a hacer: nada de nada

Kureishi la vuelve a hacer: nada de nada

Es una jodida extensión de su cuerpo. Extraña, si se quiere. Miserable, sin duda. Simbólica desde cualquier perspectiva narrativa. Una extensión mecánica con dos ruedas, un asiento y un respaldo. Y giran lo mismo que gira el mundo (igual de jodido) a su alrededor. Desde arriba de esa silla de ruedas tan especial él se admira de lo inmediato de su mundo y concluye que la muerte a cuentagotas es mejor que una vida vacía como su propia mirada, como su propia mierda.

Nada es más ajeno para Waldo, personaje principal de “Nada de nada” (Anagrama 2019) de Hanif Kureishi, que su propia imagen. La imagina y es un punto trascendental para comprender la totalidad de la propuesta de la novela. Nos la describe en las peores condiciones. Hay incluso ciertos aires decadentes con olor a lo Wilde. Hay rostro en su baba. Su descomposición es inminente y ocurre conforme avanzamos en la lectura, de tal manera que para llegar al título de la novela “Nada de nada” tenemos que pasar por el fangoso todo de todo.

Waldo es torpe. Kureishi lo sabe: para eso están los narradores en primera persona: se trabajan desde dentro, con las emociones a flor de piel, y Waldo es un claro ejemplo de cómo se debe construir un narrador en primera persona más allá de las características biológicas o sociales que les implemente el autor.

Las pastillas hacen efecto y ponen idiota a Waldo. Duerme poco. Espía. Escucha. En ocasiones es un florero que ornamenta las historias de su compañera, Zee, quien durante el transcurso de la novela cumple fielmente su papel protagonista de víctima, pero también de perversa victimaria: se desnuda cuando Waldo lo pide, se deja chupar los pezones, se empina, es una mujer hermosa que en realidad hace de una imbécil figura materna cuando él se siente más desconsolado e intenta una y otra vez ahogarlo con una almohada.

“Nada de nada” es una historia enferma de un amor igual de podrido. Hace falta más y está un tercero: Eddie. ¿Quién es Eddie realmente? Conforme la historia avanza cae ante los embates de un oscuro pasado, de una trampa mortal como confesión a Zee, quien a su vez la confía a Waldo, quien hace uso de la historia de Eddie para joderlo tanto como sea posible, y este es uno de los principales argumentos de “Nada de nada”.

Hanif Kureishi es un autor que de una forma u otra siempre se mantiene en el remolino de la polémica. Desde su emblemática y primera novela “El buda de los suburbios” (Anagrama 2015), Kureshi destaca por su bien argumentada irreverencia narrativa, su abierta y admirable pornografía, con inclinaciones, hay que decirlo, un tanto misóginas, y una justa y divertida crítica a su propia cultura (recordemos que él es de origen pakistaní) y “Nada de nada” no es la excepción: en menos de 200 páginas encontramos muchas de las particularidades que han hecho de este autor uno de los más representativos de la literatura inglesa contemporánea.

Pero regresemos a Waldo y a “Nada de nada”. En escena está Waldo frente a la luz de su dispositivo electrónico IPad: una puta con la que comparte los sonidos de sus secretos más infernales, mientras intenta incesantemente encontrarle un sentido a su existencia sin saber, o quizás a consecuencia de saberlo, que su existencia sólo tiene sentido en el odio, en el rencor, en las actitudes más primitivas del ser humano y en un enorme canto a la belleza, al amor y a la autodestrucción, ¿existe algo más?, la muerte… sí, la muerte, pero ustedes ya la verán en “Nada de nada”, no les quiero aguar la fiesta. ■

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