Gobernar desde la plaza

Gobernar desde la plaza

El poder de todo gobierno está en comunicar. Sí esto se ignora, se está destinado a una legitimidad exigua, apenas perdurable al inmediato después de una elección, se limita al conocido “bono democrático”, mismo que tarde o temprano se extingue y deja a la indefensión al gobierno, sus decisiones, sus políticas y finalmente, en el desgaste evidente a sus actores. Sin embargo, como todo en la política de estos tiempos, es más complejo que eso. Un gobierno que se limita a la comunicación no es funcional, termina por perder la narrativa en la historia, más allá del momento, presente además cuya duración es quizá más corta que nunca.

El gobierno que ha iniciado recientemente en México demostró ser capaz de lograr conformar un movimiento político-electoral en una lógica que se creía extinta: aglutinó en su fórmula el descontento, la lucha histórica, el descobijo político, la esperanza y hasta el cinismo. No hay que negar lo que es evidente: el primero de julio retornó la hegemonía. En ese proyecto que recién ha pasado a ser gobierno, caben las expresiones más caducas de la izquierda y las voces más representativas del progresismo moderno; personajes conservadores en lo social y en lo económico, así como liberales en ambos ámbitos. Desde echeverristas hasta calderonistas, pasando por exfuncionarios destacados de López Portillo, De la Madrid, Salinas, Zedillo y por uno que otro extraviado foxista. A pesar de lo difícil que resultaría para cualquier otro actor político relevante justificar esta amplia alianza, para el hoy presidente López Obrador, bastó con su voz exaltada en el más difícil de los casos, con sus recorridos omnipresentes por el territorio nacional, en los más. A partir de ello, una narrativa que abarcó un diagnóstico que cada vez se volvió más popular, un líder de la oposición se convirtió en el líder del descontento, del desacuerdo con el status quo y el del señalamiento de lo incorrecto. Esta descripción no es, ni pretende ser, peyorativa, no podría serlo.

Y, sin embargo, la campaña desde el desierto ha pasado. Hoy la posibilidad de ser, de cambio, de transformación está en las manos que tanto la anunciaron. El presidente y su equipo son hoy responsables de mejorar los escenarios, las perspectivas, pero también, en los hechos, las políticas y el gobierno mismo. Dejemos atrás las promesas propias del calor electoral (acabar con el mero ejemplo toda -TODA- la corrupción, y largo etcétera), vayamos al análisis de lo que sí es exigible en términos razonables: las decisiones hoy, los resultados mañana, los impactos pasado mañana.

Todos los días, de lunes a viernes y algunos días festivos, el presidente nos dota de agenda: arenga contra los eternos adversarios (cada vez más imaginarios), reseña la historia nacional, predica su moralidad, se defiende, reconoce, aplaude, reprueba. Palacio Nacional, antiguo centro del poder, convertido en Plaza. No por su apertura, no por la deliberación: por el espectáculo. Por la expresión campechana que despierta risas, la postura antiliberal que encrudece posturas, la opinión, tan desacostumbrada que causa asombro, de un presidente que no teme decantarse por bandos, versiones y hasta trascendidos. Sí la nuestra fuera una democracia en clave deliberativa, este arranque del día sería el ideal. No obstante, apenas un círculo, cada vez más reducido, por cierto, apuesta por un debate informado, objetivo en lo posible y deseable y con trascendencia. Las redes explotan apenas termina la conferencia matutina y los medios apenas alcanzan a buscar reacciones. Seguimos en una, ya muy larga y cansada, campaña. El jefe del Estado parece apostar por probar un día sí y otro también la resistencia de la cuerda, el estado de fuerzas sociales, políticas y económicas, con todo lo que, en un país latinoamericano de raíces tan profundas en el caudillismo y su expresión institucional, el presidencialismo, esa forma de hacer política conlleva.

Gobernar desde la plaza tiene un doble efecto cada día más evidente, al que es importante describir por sus potenciales secuelas: ya está visto que en el campo de la legitimidad lleva la de ganar, no hay datos que permitan apuntar a un presidente con esos niveles de popularidad. En cambio, del otro lado de la cancha, tampoco hay información que permita contrastar un arranque de gobierno con tanta polémica, intransigencia, ocurrencia e improvisación a la hora de tomar decisiones, implementar políticas y pasar, de la comunicación, al acto de gobernar.

@CarlosETorres_

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