El país donde matan mujeres

El país donde matan mujeres

Todas ellas corrieron con suerte. Y están vivas. Lo de menos es que las hayan violado. O que hayan padecido un intento de secuestro en una de las tantas estaciones del Metro de la Ciudad de México. Imaginen por un momento la escena. A las dos de la tarde es la hora pico. La mujer se encuentra sola en el andén. En cualquiera de los pasillos. En los torniquetes. Repentinamente de entre los tantos transeúntes aparece un hombre, llega hasta ella y se encarga de aterrorizarla. En cada una de las palabras de ese hombre se esconde un odio enraizado que ha conducido a que en un país como el nuestro se maten siete mujeres a diario. Repetimos: quizás como mujer te hayan violado, quizás hayas padecido un asalto, quizás hayas padecido un intento de secuestro, pero has corrido con suerte. De que no te maten. Esa es la mejor de tus suertes. La de cada mujer que sale a diario de su casa sin saber si volverá. El hombre saca a la mujer de la estación del Metro. ¿Cuánto terror puede acumular un hombre?

Lo peor es que los hombres que alcanzan a reunir el odio hacia una mujer siguen libres: son lobos que se reúnen, que planean, que aguardan entre las sombras del anonimato para volver a atacar a la presa. Pero ellas han corrido con suerte. Pinche suerte.

Muchas mujeres no corrieron con suerte y hoy son parte de funestas estadísticas. Meros números, pues. Meras cruces, pues. Hace varias décadas pensamos que el fenómeno de los feminicidios había comenzado en el norte del país. Pensamos que nos quedaba muy lejos. Que entre los hombres que asesinaban a niñas y mujeres y la Ciudad de México había muchos kilómetros de distancia. Y allá que se las arreglen. Hay problemas que adquieren un tono regional a fuerza de consentir que ocurran con mayor frecuencia. Luego apareció el Estado de México y sus tantas mujeres asesinadas. Los lobos no habían llegado desde el norte del país sino que se habían multiplicado gracias a muchos factores, entre ellos los de una sociedad que resta importancia a la denuncia de mujeres agredidas, porque ellas se lo merecían, porque era medio putona, porque vestida así, ¿cómo es posible?, porque si provoca al macho, se lo ganó. Pongan aquí las frases que ustedes crean convenientes. Alguien se encarga de matar a las mujeres, de mantenerlas aterradas. Hasta ahora nos queda claro el terror.

Hay una parte al final de la novela 2666 de Roberto Bolaño donde el autor chileno se encarga de recrear la atmósfera que se percibe en una ruinosa agencia de ministerio público. Está clara la intención del narrador. No sólo acentúa los feminicidios que vienen ocurriendo con mayor frecuencia en el norte del país, y del cual la novela da cuenta, sino que da a entender desde dónde se construye el discurso del odio hacia las mujeres, el discurso misógino. Y aparecen algunos policías que cuentan chistes acerca de mujeres. Es a lo que están acostumbrados. Ejemplo: “¿en qué se parece la Estatua de la Libertad a una mujer? ¡En que las dos tienen vacía la cabeza! Error: la Estatua de la Libertad la tiene vacía… ¡las viejas la tienen llena de pura mierda!”. ¿No les parece una analogía bella? Quizás la Estatua de la Libertad también corrió con suerte. De cualquier manera está de pie. Y eso no ocurre con todas las mujeres. Hay miles que caen, que se vencen, que se fastidian frente a los que generan todo el odio posible en su contra.

Cuesta trabajo entender mentes tan retorcidas. Es lo que pienso mientras escribo. No lo hago como hombre sino como quien tiene una hermana, quien tiene muchas amigas, varias de ellas en constante peligro por la zona donde viven, que utilizan el Metro, que buscan protegerse a través de mensajes en redes sociales, que han padecido acosos; lo hago como quien hace algunos años se propuso escribir una trilogía teatral de obras que trataran de los feminicidios y escuchó comentarios del tipo: “es un tema que ya pasó de moda”; “eso ya está muy choteado”; “es un tema que no es comercial, por lo que se te va a dificultar que encuentres una productora”; “hablar de viejas muertes es de mal gusto”. Desde acá escribo. Pronto estuvo lista la primera de las obras de teatro. Para realizarla me documenté y una de mis primeras fuentes fue el libro Huesos en el desierto (Anagrama 2002) de Sergio González Rodríguez. Las primeras cincuenta páginas fueron las más duras de leer. Sergio documenta lo que en ese momento ocurre en Ciudad Juárez y da cuenta puntual de brutales feminicidios a manera de expedientes policiacos.

Tuve pesadillas. Mujeres con la mirada hueca aparecían en mis sueños. Despertaba sudoroso, sobresaltado, sin poder dormir nuevamente, y me decía que quizás era mejor abandonar el proyecto de la obra de teatro, no valía el desgaste emocional que padecía: permanecía fumando frente a la ventana hasta que amanecía.

Por esos días me enteré que una amiga había sido violada. Los hechos habían ocurrido hacía muchos años y una tarde, entre cervezas, me confió lo que le había pasado porque sabía que estaba escribiendo una obra de teatro acerca de los feminicidios; también me contó cómo decidió permanecer en silencio por temor a ser juzgada, cómo el violador seguía libre (un familiar cercano), cómo hasta la fecha no podía dormir tranquila (le conté de mis madrugadas frente a la ventana); de hecho llevaba ya varios años en terapia y tomaba pastillas para dormir.
No supe qué decir. Si intentaba consolarla me iba a sentir el hombre más estúpido del mundo. ¿Qué le iba a decir? Quizás ahora le diría que corrió con suerte. Ella y yo entenderíamos lo que significa correr con suerte en este país si eres mujer.

Tenía que crear personajes sólidos y con sus propias características, por macabras que fuesen. Estaba claro que quería que en la obra de teatro aparecieran tres hombres que matan mujeres por diversión. Uno de los problemas no estaba en que mataran mujeres para entretenerse en un hostil desierto sino que de alguna manera todas las muertes debían estar justificadas, al menos dentro de la estructura dramática de la obra de teatro. Fue cuando pensé en los hombres que matan a las mujeres. En sus pasados inmediatos. En sus pasados remotos. En la manera en que se relacionaron con las primeras figuras femeninas y cómo en algún momento hubo un detonante (en la infancia, en la adolescencia) que los convirtió a fin de cuentas en monstruos inconscientes, porque eso son: en su demencia, en su misoginia ni siquiera alcanzan a tener plena consciencia de sí mismos, de lo que significan en un mundo y una sociedad que ya se ha encargado de restarles significado, que ya se ha encargado de hacerlos a un lado, y entonces, desde sus más primitivos orígenes, ahí donde todo resquicio de Dios queda censurado, deben adquirir un significado por otros medios, así sea a través de la violencia, así sea a través del odio a esa mujer, a esas mujeres, hasta que alcanzan sus puntos climáticos cuando violan, cuando asesinan, cuando desaparecen.

Me parece que México es de los pocos países donde realmente se cumple aquello de que la realidad supera a la ficción. Cuando escribí la obra de teatro no podía dar un número de las mujeres asesinadas porque sabía que dicho número iba a ser otro al día siguiente, y otro al día siguiente, y otro al día siguiente. Hasta la fecha son miles las mujeres que han sido asesinadas. De muchas de ellas se sabe, sin embargo, la gran mayoría permanece en el anonimato frente al clamor de justicia de los familiares. Caminamos sobre una enorme fosa común y las autoridades lo saben. Hace algunos años creíamos que los secuestros de mujeres no llegarían a la Ciudad de México y hoy son ya varias mujeres las que los han padecido. Quizás los secuestros tendrían que ocurrir en todo el país para que al fin se haga algo. Más allá de los minutos de silencio por cada una de las víctimas que, insisto, permanecen en el anonimato. Qué duro que estés en un país donde matan a las mujeres. Qué duro leer los testimonios de amigas que han padecido acosos. Qué duro ser mujer en un país donde la mejor de las suertes es que no te maten. Si te violan, pasa. Si te roban, pasa. Si te acosan, pasa. Pero que no te maten. Parecería un discurso del absurdo. Y lo es. ¿Cuántas más tendrán que morir para que se tomen cartas en el asunto? ■

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