La noche de mi violación

La noche de mi violación

P odríamos comenzar por las últimas palabras de Ana. Pétreas. Duras. Cactus gigantescos en un desierto donde los lobos hace años andan sueltos. Si es que cabe la comparación. Ella se toma su tiempo una vez que finaliza su historia. Ni siquiera es uno de esos consuelos que tal vez te hagan sentir mejor. A los dos nos queda claro que una de las ingratitudes del tiempo es que no puedes borrar lo que te ha ocurrido. Quizás olvidar. Pero hay sucesos que te marcan de por vida. Que te hacen una cicatriz en la memoria. Duele cada que intentas arrancarla. Aplica para los momentos felices. También para los momentos terriblemente desgraciados. Pero estamos en un país donde, a fuerza de consentirlo, nos hemos acostumbrado a historias de mujeres que son asesinadas. El país de nunca pasa nada. El país de cómplices silenciosos. De acuerdo a un texto publicado en el suplemento dominical de La Jornada: “las desapariciones y los asesinatos de mujeres en México se han convertido en cifras y datos que forman parte de informes y de discursos políticos, pero sin acceso a la justicia, quedando en la impunidad el esclarecimiento de los casos (Karla H. Guzmán: “Geografías feministas contra el feminicidio”. La Jornada Semanal, 10 de diciembre 2017. Pág. 7).

Da un trago a su cerveza y finaliza. Sé que lo que me pasó a mí seguramente le pasó a millones de mujeres. Agreguen ustedes este importante punto. Muchas de esas mujeres corrieron con suerte. Como ella. Otras no corrieron con la misma suerte: “en los primeros nueves meses de lo que va del año (2017) se han reportado 18 mil 505 homicidios dolosos. En nuestro país, todas las cifras son cuestionables: ¿es real el número? De ser veraz el dato, cada día son asesinadas 68 personas. Problema paralelo, por execrable y por falta de solución, es el de los feminicidios. Aunque en 2012 se incluyó en el Código Penal el delito de feminicidio, muy pocos feminicidas están en la cárcel: provechoso y ético sería que las autoridades responsables informasen  cuántos asesinos de mujeres cumplen condena. Mientras la mayoría de los feminicidas sigan libres, e incluso gocen de protección, la espiral asesina no cesará”. (Arnoldo Kraus:  “Feminicidio en México”. El Universal, 29 de octubre 2017).

Está aquí para contarnos acerca de la noche en que la violó un taxista. Otras mujeres no corrieron con la misma suerte. Y fueron encontradas sin vida más tarde. En el mejor de los casos (muy pocos) se dio con los culpables. Pero, vamos, estamos en México. Lo peor: sus muertes se esconden no sólo en la clandestinidad de un país que parece olvidar a cada paso. Sus muertes se esconden tras de la impunidad. En el caso de Ana jamás consiguieron dar con el culpable. Como los tamales, como las enchiladas… típico de México: “es un problema de Estado en el que está comprometida una parte de su población. No es un asunto sólo de mujeres. Nos incumbe a todos. Incluido el sector privado, como en el caso de las maquilas en Juárez, Chihuahua, el servicio de taxis de Cabify (…) En su abdicación, el Estado mexicano ha adquirido una faceta criminal porque los encargados de investigar se han convertido en el motor de la impunidad”. (Jorge Carrasco Araizaga: “Mara, un cuarto de siglo de feminicidios en México”, revista Proceso, 19 de septiembre de 2017).

Antes de comenzar me explica que su historia sólo la ha contado a mujeres. Soy el primer hombre que la escucha. El relato es certero. Ni siquiera sabemos si Ana tiene talento de narradora, pero cuando te ocurre una situación así está claro que te vuelves la mejor de ellas de inmediato. Cuántas veces ha contado su historia es algo que ignoramos. Lo hace. Se toma su tiempo. Ni siquiera me atrevo a entrar en detalles.

Fue de noche. Uno de esos fines de semana en que decides ir de fiesta con varios amigos. En un conocido lugar del centro de la Ciudad de México. Estaban enfiestados cuando el último de sus amigos se fue del lugar sin ni siquiera despedirse de ella. Agrega: en ocasiones, cuando bebe, se pone medio “loco”, y esa noche decidió irse con su mochila. Dentro iba mi bolsa. También las llaves de mi departamento en la colonia Roma.

Cuando pregunté por él en el lugar me dijeron que ya se había ido. Qué poca madre. Era de madrugada y estaba sola, sin llaves, por lo que pensó que la mejor opción era tomar un taxi que la condujera a casa de una amiga donde pasaría lo que restaba de la noche para, una vez de día, ver cómo solucionaba el problema para entrar a su departamento.

Salió a la calle y tomó un taxi. Una vez dentro le indicó al conductor hacia donde tenía que dirigirse. Fue cuando llegó la sorpresa. El conductor se desvió de la ruta, se estacionó en la calle de Bolívar, sacó una pistola y la amenazó de muerte. No vamos a ir a donde me dices. Fue lo que le dijo mientras veía a Ana por el espejo retrovisor. Se le fue parte de la vida a ella. Tan sólo alcanzó a agregar, con voz temblorosa, saturada de miedo: mira, no traigo mi bolsa, no tengo dinero, lo único que tengo es mi celular, quédatelo y déjame bajar. El hombre sonrió como seguramente sonríen ese tipo de hombres. No quiero tu celular. El primer pensamiento atropellado de Ana: ya valió madres: “si alguien le pregunta ‘¿cuántos feminicidios hay en México?’, la única respuesta honesta que usted puede dar es ‘no sé’. Nadie puede saberlo, ni usted, ni el gobernador de su estado, ni el secretario de Gobernación, ni el Procurador General, ni nosotras. Nadie. No existe información suficiente para distinguir con certeza entre el homicidio de una mujer y un feminicidio. La información de contexto que se publica junto con los datos de víctimas es insuficiente: sabemos poco o nada del perpetrador del crimen y del contexto en el que ocurre el asesinato”. (Carolina Torreblanca: “Una propuesta para contar feminicidios en México”. Revista Animal Político, 11 de noviembre de 2017).

Si gritas y pides auxilio te mato aquí mismo. Vas a hacer lo que te diga. El hombre arrancó el automóvil y se dirigió rumbo a calzada de la Viga. Sería absurdo preguntarle a Ana qué pensó en esos momentos. Si alcanzamos a imaginar cómo es que veía pasar las calles de la Ciudad de México nos percataremos del horror que sentía. Mientras tanto, el hombre no dejaba de amenazarla de muerte, de recalcar que si no hacía lo que él decía ahí mismo la iba a matar. Estaba alterado. Ana lo comprobó después: eran los efectos de la cocaína.

Llegaron a un motel ubicado en calzada de la Viga. Antes de entrar el hombre le hizo a Ana una advertencia: vamos a entrar y nos vas a decir nada; si lo haces, en ese mismo instante te mato aquí mismo de un balazo.

El hombre pagó la habitación y entraron. Apenas comenzaba para Ana la segunda parte de su pesadilla. Se detiene. Guarda unos cuantos segundos antes de proseguir. Me dice: ya te imaginarás lo que pasó. Me hizo de todo. La interrumpo: ni siquiera tienes que entrar en detalles, me queda más que claro. Hice todo lo que él me pidió. ¿Sabes?, yo había leído muchos textos acerca de los feminicidios y tenía claro que lo que menos podía hacer era poner resistencia. El hombre dejó la pistola a su lado. Aparte de lo sexual hubo algo que me impresionó del hombre. No dejaba de hablar y de inhalar cocaína. Su lenguaje. Era brutal la forma en que se refería a las mujeres. ¿Cómo es que un hombre puede cargar tanto odio hacia las mujeres? El periódico español El País ha reunido varios archivos de audio de testimonios de familiares de mujeres asesinadas. En el sitio: https://elpais.com/especiales/2017/feminicidios-en-mexico/# se pueden encontrar algunos de las “causas” por las que las mujeres perdieron la vida. Así mismo, agrega: “siete mexicanas son asesinadas cada día, solo un 25% de los casos son investigados como feminicidios, según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio”, e inmediatamente hace un listado de los principales testimonios tanto escritos como en audio: ■

“Es que, ¿por qué salió tan tarde, por qué andaba sola?”.

“El ministerio público no hizo nada”.

“No le gustó lo que preparó de desayunar. Dijo que el bistec lo quería a tres cuartos y no le gustó como estaba”.

“Fue en Tlalpan donde encontraron a mi hija”.

“Se muere uno en vida”.

“Me habló para decirme que iba a matar a Mariana y que la iba a meter a la cisterna”.

“Quiero que caiga todo el peso de la ley”.

 

En algún momento lo pensé. Aunque lo sabía me negaba a aceptarlo: seguramente iba a morir dentro de esa habitación. El hombre se desharía de mi cuerpo y saldría solo a toda velocidad.

En un descuido el hombre fue al baño, aproveché, me puse de pie y me vestí rapidísimo. Sabía que en los segundos iba mi vida. Llegué hasta la puerta. Para suerte mía no tenía seguro, por lo que la abrí. No me preguntes cómo fue que abrí la puerta de lámina que resguarda a los automóviles, pero lo hice. Él se dio cuenta de ello. Como traía colgando un dije con mi nombre, me gritó: ¡adónde vas, Ana, regresa!

Salí al patio, corrí rumbo a la recepción, llegué y le dije a la responsable que me acababan de violar. La mujer se sorprendió y me preguntó que si pensaba regresar. Ni siquiera la alcance a escuchar bien, eché a correr con todo lo que me quedaba de alma, llegué a la calzada, tomé otro taxi y fui a casa de un amiga. Ahí fue donde explotó todo. Me solté a llorar como no tienes idea. Estaba asustada, nerviosa, sentía que el tipo me había seguido y que en cualquier momento entraría al departamento de mi amiga. Mira, lo que le pasó a mi cuerpo es algo que quizás ya he conseguido borrar. Lo que me sigue causando repulsión son las palabras que el hombre me decía. Lo mismo: ¿cómo es que un hombre puede cargar tanto odio hacia las mujeres?

A partir de la violación Ana decidió escapar de la Ciudad de México. Lo que menos quería era permanecer aquí. Claro que levanté la denuncia, sin embargo al hombre nunca lo atraparon. Agrego un punto: no es extraño en un país donde el noventa por ciento de las denuncias quedan impunes. Y en cuanto las digo me avergüenzo del país en el que estamos. Pero también me avergüenzo de lo que como sociedad permitimos que siga ocurriendo.

Ana comenta: es increíble el nivel de agresión que padecemos las mujeres. Hace tan sólo tres días me percaté que un hombre me estaba tomando fotografías con su celular y lo encaré, le dije que por qué lo hacía, que eso estaba prohibido; el hombre se echó a correr.

Ana sonríe. Son de esas sonrisas donde se mezcla el dolor y la absurda y estúpida resignación. Y esta es mi historia. ¿Cómo ves? Finaliza. Sé que corrí con mucha suerte porque seguramente el hombre me habría matado ahí, en la habitación; días más tarde habrían encontrado mi cuerpo.

Después de eso recibí ayuda profesional. Durante más de treinta días recibes un tratamiento de retrovirales para prevenir en caso de que el violador haya sido portador del VIH.

Me pregunta mi opinión acerca de lo que acabo de escuchar. Me encojo de hombros. No sé qué decir. ¿Por qué te quedas callado? Me dejaste sin palabras. Y pienso que es el mismo silencio que ensombrece y ensombrecerá aún más a México.

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