‘Rara’, un ‘road movie’ sentimental en el Festival Cinelatino

‘Rara’, un ‘road movie’ sentimental en el Festival Cinelatino

La Gualdra 289 / Desayuno en Tiffany’s, mon ku / Cine

La imagen del afiche da, quizás, vuelo a varias ideas. En él se ven dormidas tranquilamente, sobre una cama, cuatro mujeres, dos adultos al centro y en los costados dos niñas; las cuatro forman una hilera de abrazos con las cabezas de tres de ellas serenamente posadas sobre almohadas; la última de las mujeres, una adolescente por sus rasgos, mira al objetivo con los ojos abiertos y su cabeza apoyada sobre el cuello de su vecina.

La imagen podría, efectivamente, dar aire diversas interpretaciones pero su ternura reenvía a la intimidad de una familia recompuesta: sí, se trata de una madre acompañada de sus dos hijas y de su novia. A partir de ahí, se desarrolla la trama del primer largometraje de la directora chilena Pepa San Martín, Rara.

La película está inspirada libremente en el caso de la jueza Karen Atala a quien, en el 2003, por ser lesbiana, su marido le quitó la tuición de sus tres hijas. San Martín, nos permitió entrevistarla el día de su partida de Toulouse a donde fue invitada por el festival Cinelatino; comentó que su objetivo no fue retratar el caso de forma biográfica sino que se inspiró en él para crear una reflexión del proceso actual.

La atracción por el caso y la idea le vino hace seis años, en ese momento el guion se centraba en el punto de vista de la madre. Sin embargo, junto con la coescritora, Alicia Scherson, se dieron cuenta que les llamaba la atención la mirada de las hijas. Querían ver qué pasa con estas niñas adolescentes con padres en posiciones tan opuestas pero que no por eso son malos o buenos. Por tanto, cambiaron el guion y rodaron en mayo del 2015. Finalmente tuvo su estreno en la 66 Berlinale (2016) y obtuvo el Premio del Jurado de Generación Kplus.

La historia es el conflicto por la normalidad de la homoparentalidad a través de los ojos de la adolescente Sara (Julia Lübbert). San Martín ya no regresa, al menos no es el centro de su interés, al debate de la tolerancia y supera la sordera de los argumentos psicológicos contra la capacidad de las parejas del mismo sexo a criar sus hijos, ambos elementos quedan retrasados porque la cinta arranca ya con el hogar en armonía; la preocupación de la directora chilena se va a la lucha por la potestad de los niños, a la normalidad de la situación y a la sensibilización de las leyes:

“Es una gran reflexión sobre los niños de parejas homoparentales que son parte de un proceso de cambio. Son los niños iniciadores de este proceso de cambio, entonces lograr que a nuestros hijos no los miren extraño, no les pregunten algo o que sean diferentes dentro de la sala de clase. Ellos tienen ese rol, ser los hijos del cambio, quizá hace algunos años eran los hijos de divorciados…

Más que una reivindicación lo que pretendemos hacer es hacer reflexionar, y que se reflexione en familia. Es una película familiar, para mayores de siete años en Chile… queremos generar que los niños conversen con sus padres y éstos con sus hijos. Nosotros somos un movimiento nuevo, por eso no hay que bajar las banderas porque las cosas están recién comenzando”.

Para conseguir contar el conflicto únicamente desde la visión de Sara, y en momentos desde su hermana Catalina (Emilia Ossandon), San Martín se sirvió de la profundidad de planos, pasando de los primeros y segundos raccordados por la mirada de las niñas: así, por ejemplo en la cocina, el focus de atención puede encontrarse en lo que está preparando Sara en primer plano y luego difuminarse al segundo para escuchar lo que platican los adultos. Escenas que hacen lujo de los beneficios de la economía del cine. Esta estrategia, perfectamente planeada, quiere mantener un lenguaje naturalista y acentuar el punto de vista desde el cual el espectador está presenciando la historia: desde los sentimientos de la protagonista.

San Martín considera que es necesario mantener las etiquetas de cine -cine queer– para hacer visible el cambio y que se considere en las agendas políticas. En todo esto el cine puede contribuir a la sensibilización de las leyes dictadas en las cámaras fríamente pero que en la calle aún no se viven.

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