Existimos y votamos por nuestros verdugos

Existimos y votamos por nuestros verdugos

Después de las narrativas que postulaban el orden democrático-liberal como fin de la historia, precedido por aquellas que anunciaron el fin de las clases sociales, se ha visto que, sin embargo, el proletariado existe y vota por la derecha, como lo atestiguan la salida de Inglaterra de la Unión Europea y la elección de Donald Trump en Estados Unidos. También en la UAZ hubo agoreros del fin de los conflictos y la instauración del orden democrático en el que predominaría la libre discusión de las ideas en el Consejo Universitario. Ahí están de prueba las historias de la UAZ escritas por Francisco García González y Eduardo Remedi Allione. Si se leen con detenimiento son narraciones de los hechos políticos, no de los flujos demográficos o el crecimiento de la capacidad de generar conocimiento. En ellas la historia comenzó en 1977 cuando los universitarios derrotaron a la derecha, mientras que el fin apareció cuando el partido comunista y el Frente Popular llegaron al santo acuerdo de repartirse la universidad. Con ese reparto los grupos estabilizaban su existencia y la democracia se instauraba. Como se ve, es una narración de hechos políticos estilizados de acuerdo al punto de vista de los que ganaron la UAZ, pero no se toman en cuenta los flujos de mediano plazo que radicalmente transformaron la configuración de la universidad. En los 70 la UAZ estaba concentrada en la ciudad de Zacatecas, y tenía apenas 400 docentes, en 2017 la desconcentración abarca la mitad del Estado y tiene 3000 o más docentes así como una deuda que llega casi a los 2000 millones, aparte de ser una institución sumida en las redes de la corrupción. De la misma manera, en los 70 la producción de conocimiento, medida desde el punto de vista de la publicación de resultados originales en revistas de circulación internacional, era exigua, pero en 2017 ya no lo es tanto, aunque en mucho ese crecimiento se debió a las políticas de inclusión de doctores en las universidades públicas más que a decisiones internas y autónomas de la universidad. Los problemas son, a fortiori, mucho más complejos que en los 70. Si cambiamos el ángulo de nuestra visión, y enfocamos la evolución de las condiciones laborales de los docentes, podemos apreciar su deterioro. Y esto es una afirmación demostrable por simple comparación del conjunto de prestaciones de que gozaban los agremiados al SPAUAZ en los años 70 con las que gozan hoy día. La implantación de la democracia, de la que tanto hablan García González y Remedi Allione, no trajo consigo la mejora en las condiciones laborales de los universitarios, al contrario, ese deterioro anula toda la visión “histórica” que nos narran esos dos autores, porque, aunque no lo incluyan entre sus postulados teóricos, las condiciones de la participación democrática no se actualizan en un ambiente de depauperación y condicionamiento constantes. Para ejercer racionalmente el voto se requiere que no haya condicionamientos que influyan sobre la decisión de los electores, y en la universidad los hay. El origen de esos condicionamientos es concomitante a la debilidad del SPAUAZ, que ha sido inducida desde la rectoría para poder reestructurar de manera unilateral la universidad de acuerdo a las exigencias del gobierno federal, y, además, para permitir la generación de las condiciones de impunidad que abren la posibilidad de la corrupción; y por corrupción entendemos la transformación de dineros públicos en dineros privados por medios gangsteriles, como los que aparecen en el caso de Edmundo Guerrero Sifuentes. Hay tres maneras en las que la debilidad del sindicato se induce, y ambas son variaciones sobre métodos implementados en las empresas para debilitar a sus sindicatos. El primer método es la introducción de grupos de interés que fragmenten la capacidad de unión de los sindicalizados. Tales grupos de interés no tienen ideología, tienen “negociación en lo particular” con la rectoría de privilegios que, aunque contenidos en el contrato, la rectoría no quiere permitir que los docentes ejerzan de acuerdo a lo contratado. De tal manera se logra que la maximización de los intereses de los sindicalizados se obtenga a expensas de la disminución de las ganancias de los grupos de interés, cosa que no ocurrirá, por lo que los sindicalizados permanecerán dispersos. El segundo método consiste en la permanente “deseducación” de los sindicalizados respecto de sus derechos laborales por mediación del actuar contrario a contrato de los directores, quienes de esa manera refuerzan la convicción de los docentes de que es mejor estar con el patrón. El tercer método es el más simple, y el más plagado de hipocresías y mentiras. La rectoría construye y financia candidatos a la secretaria general del SPAUAZ, que entre más abyectos y estrafalariamente adversos a los intereses de los sindicalizados mejor, para mantener la situación estrictamente bajo su férula, pudiendo con ello implementar acciones contra los sindicalizados legitimadas por el mismo sindicato. La más clara acción en este sentido fue la inclusión de las cláusulas transitorias que amparaban la “venta de prestaciones”, acción opuesta tanto al contrato como a los estatutos. Por esto los universitarios como clase opuesta a los intereses de la rectoría existen, y votan por sus verdugos. ■

 

 

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