Horrores mundanos

Horrores mundanos

La Gualdra 288 / Opinión

I can’t believe the news today
I can’t close my eyes and make it go away.
How long, how long must we sing this song?

U2

 

Hoy vi en los medios de comunicación el video de un evento terrible: el ataque con armas químicas a una comunidad en Siria, que hasta el momento había arrojado 100 muertos y 400 heridos. En las imágenes se ve a un montón de niños y algunos pocos adultos que están siendo rociados con un líquido para aliviarles de la impregnación de la sustancia tóxica, que les crea convulsiones y les dilata los ojos. Una “pequeña” atrocidad que se suma a una innumerable lista de actos miserables y mezquinos.

La vida humana es una sucesión de hechos atroces. En todas las épocas de la historia humana la violencia, el homicidio y la guerra han sido eventos que han dejado profundas heridas y cicatrices que nunca podrán sanar. Y aunque según Steven Pinker, autor de Los mejores ángeles de nuestra naturaleza: ¿por qué ha disminuido la violencia en la historia?, sostiene, en esa misma publicación, que el hombre moderno está menos expuesto que el hombre antiguo, no podemos negar que la humanidad puede ser estigmatizada bajo el signo de la violencia.

En el mundo antiguo la conquista de los pueblos y el sometimiento de los hombres para ser esclavizados era algo común. Como pueblo, se tenía que luchar o ser sometido. Un pueblo poco hábil para la guerra podría ser incluso exterminado de la faz de la tierra, como fue lo que sucedió con la invasión mongola en Asia, lo que intentó hacer el pueblo nazi con los judíos y lo que hicieron los colonos norteamericanos con los indígenas.

En este tiempo, aunque se han creado organismos que defienden los derechos humanos y que intervienen en conflictos internacionales, supuestamente para impedir atrocidades como la de la segunda guerra mundial, encontramos que todo ello es sólo una falacia, y que la humanidad sigue cometiendo crímenes contra la humanidad.

En nuestro país existen, desde la época prehispánica, eventos terribles como las guerras floridas, donde los soldados del imperio azteca imponían una guerra a los pueblos dominados para obtener las víctimas para el sacrificio en el altar de sus terribles dioses, quienes, de no ser así, podrían aquejarlos con grandes males. La matanza por parte del gobierno a los manifestantes reunidos en la Plaza de Tlatelolco en 1968 es un eco bárbaro de ese poder ejercido mediante el terror y la violencia.

Cada pueblo extermina lo que le estorba. Quien dirige el poder en ese momento no puede idear otra forma de ir contra quienes no están dentro de sus intereses, por ello, el empleo de la violencia es lo más fácil y lo más efectivo. No existe pueblo inocente. No existe gobierno puro. No hay ser humano en el poder que sea capaz de luchar por el bien de su gente.

Una forma de violencia, sin duda, es la ignorancia y la alineación del pueblo mediante las formas masivas de expresión. La condición de subordinación se difumina entre los falsos placeres del mundo capitalista, por lo que el tener una casa, un auto, celular, dinero para ciertas diversiones, distrae al ciudadano de la terrible tormenta que se avecina sobre el hombre del siglo XXI, ajeno a la caótica y frágil economía de la especulación que está a punto de reventar. Los signos, casi bíblicos, los vemos a diario en los medios: armas químicas, retos atroces que los jóvenes juegan, un Estado dominado por y para la criminalidad, fosas clandestinas, líderes nacionales ignorantes y fanáticos; pero, sobre todo, la caída de los valores más importantes: la familia, el respeto y la tolerancia.

 

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