Tortas japonesas

Tortas  japonesas

Dos hitos del calendario cívico nacional, y los festejos correspondientes, se cumplen durante la segunda quincena de marzo, por la que aún transitamos: la Expropiación Petrolera, y el natalicio Juárez.

Ambas celebraciones, demandantes alguna vez de reverente pompa y circunstancia, se desdibujaron al paso de los años, hasta volverse irreconocibles. Probablemente más a consecuencia de un cúmulo de acciones y omisiones cabalmente intencionadas, que del mero paso del tiempo.

Las causas del deterioro de la más anterior, en el calendario, de dichas celebraciones, son las que culminaron con la ruina de Pemex, empresa alguna vez emblemática del orgullo nacional: las ingentes presiones del capital trasnacional, magnificadas por la descomposición de la clase política mexicana, y su correlato empresarial.

Fue así como el legado del General Cárdenas, y los insobornables Bassols ySilva Herzog, quienes se contemplaron dirigentes de una revolución triunfante, así como las generaciones que decididamente los apoyaron, redundó en beneficio de los amigos y familiares de quienes los sucedieron en el poder; de una sucesión de líderes, pintorescos como gangsteriles; de una burocracia a menudo abusiva; de una patronal subsidiada; y marginalmente el pueblo raso.

Los excesos y dispendios correspondientes a los primeros apartados de la relación anterior no son para contados, así como la criminal indolencia, generadora de magnos desastres, prodigada a “la gallina de los huevos de oro”, hasta su reducción a meros yacimientos de chatarra, adolecente de ductos inmisericordemente “ordeñados”, y lista para ser privatizada.

El empequeñecimiento de la subsiguiente conmemoración, correspondiente al natalicio del Presidente Juárez, resulta de un proceso más antiguo e intrincado, relacionado con la herencia viva del virreinato, y los intentos de dar vuelta a esa página.

La contundente derrota política y militar del partido conservador, a manos del bando liberal, durante la segunda mitad del siglo XIX, no obstante, la aclimatación de la modernidad en un país modelado por la contrarreforma ha sido precaria, persistentemente minada por la contumacia del integrismo católico, el oportunismo conservador, el esnobismo progresista, etcétera; y la pérdida consecuente de toda identidad.

Es por todo esto quizá que los festejos del 18 y el 21 de marzo se confunden a veces con el carnaval; a veces con las fiestas de primavera.

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Dos fúnebres acontecimientos tomaron a muchos completamente por sorpresa: las desapariciones de personajes tan distantes como el por decenas de razones entrañable (Roll over Beethoven y Sweet Little sixteen entre otras)  Chuck Berry; y Miroslava Breach, la temeraria cronista del desastre de la Sierra de Chihuahua; ambas infortunadamente harto explicables: la primera por la edad provecta del enorme rocanrolero; la segunda por la muy alta letalidad del ejercicio del periodismo crítico en México; mas por alguna razón los creíamos inmortales. ■

 

 

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