El cristal y la mirada

El cristal y la mirada

Todo depende de la mirada, pero sobre todo y tal vez únicamente en Acapulco. Las observaciones que acompañan al festival bancario del puerto no se compadecen con el optimismo de los banqueros, aunque muchos quisieran compartirlo. Lo malo es que el festejo, como en otras ocasiones, es particular.

El diagnóstico de los señores del dinero está filtrado por sus ganancias y proyecciones elementales sobre la expansión del crédito. Y nadie debería osar cuestionarlo; pero tampoco festejarlo como si fuese la fotografía del estado de la nación. Nada más lejano. Los banqueros se plantearon un dilema fácil de resolver para ellos: liberalismo o populismo, pero no tomaron en cuenta otras opciones, también probables, que reclaman enfoques diferentes sobre el quehacer del Estado y, en particular, sobre las obligaciones que deberían asumir las diferentes clases sociales como necesario peaje para ser parte de esta comunidad.

Los administradores del gran dinero no reconocen otros aspectos de la sociedad que, para desgracia y vergüenza de todos, afectan a la mayoría y afean el panorama no sólo de La Costera, sino del país en su conjunto. Y no sólo me refiero a la pobreza ignominiosa que nos rodea y caracteriza. Sólo por mencionar un par de ejemplos: la economía crece muy lentamente y así lo ha hecho por más de 30 años. Sin duda genera suculentas ganancias debidas al tamaño de la economía y la generosidad fiscal del Estado, pero también por una gran necesidad de empleo que, por su cantidad, abarata el pago. Así, predomina el mal empleo, precario e informal. Un país de trabajadores mal pagados y peor protegidos es la gran suma del panorama laboral mexicano.

Esto parece no tener mucho que ver con los beneficios de la banca y las grandes empresas, tampoco con los exorbitantes emolumentos de una minoría burocrática sin méritos ni filtros, pero que toma parte en las decisiones fiscales y financieras que afectan a millones. Las vertientes y jerarquías del poder del Estado y del capital han logrado lo que nadie hubiese soñado: una separación tajante entre la economía, reducida a las ganancias y los privilegios, y la política, convertida en arena de pugilistas que pelean por entrar a la esfera superior.

No fue de este estado de la nación de lo que platicaron los banqueros en Acapulco. Lo que hayan descubierto o estudiado no les permite resumir la realidad política de México y el mundo en un dilema inventado, reduccionista. Las sociedades no tienen por qué decidir entre un liberalismo mal explicado y peor diseñado e idealizado y un populismo caricaturizado al extremo. Esto es, a final de cuentas, otra mitificación de la realidad que en nada ayuda a las comunidades y personas abrumadas y temerosas que buscan alguna señal, alguna convocatoria para empezar a caminar y salir del laberinto. Esa dialéctica es mala política y peor política democrática.

Toca al Estado, a los medios y a la academia tratar de dibujar el mapa de opciones que debemos descifrar para romper el funesto desequilibrio derivado de la pueril arrogancia del pensamiento único y la falta de alternativas. No será fácil, pero es la tarea por delante. El secretario José Antonio Meade oyó voces que le llaman a repetir la historia e intentar modelos pasados e improductivos. Seguro que no son las de Prebisch, Ortiz Mena, hasta Ramón Beteta. Serán, más bien, las de quienes importaron a Von Mises y Hayek para exorcizar el cardenismo.

Los que oyen voces, en el Olimpo o las calles de Moneda, necesitan abandonar su encierro.

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