¿Por qué no y por qué sí reseñar a los amigos?

¿Por qué no y por qué sí reseñar a los amigos?
Julio Ruelas. La Crítica. 1906.

La Gualdra 245 / Notas al margen

¿Por qué no?

Un poeta regiomontano, de cuyo nombre no quiero acordarme, y del que sin embargo me acuerdo: Luis Aguilar, me dijo una vez: “Sólo dos tipos de personas ganan premios literarios: los pendejos y los amigos. Si no los conocemos entran en el primer grupo (¿y quién ganó?, pues un pendejo), si los ubicamos corresponden al segundo (¿y quién ganó?, pues un amigo mío, muy bueno él)”. El mismo Luis fue quien hace unos días me escribió para preguntarme por qué no reseñaba yo en mis columnas a los amigos. Quiero suponer que es porque me considera su amigo. Menos mal, no vaya a ser que me gane un premio en estos días.

Le agradezco a Luis la reflexión y esta nota es en parte una respuesta a su pregunta. Yo lo considero mi amigo y uno de los poetas más interesantes (personal y literariamente) con los que me he topado. La poesía es, sin embargo, el género literario que se presta más a la farándula y a la fanfarronería. ¿Cuántos poetas no han hecho trayectoria solamente por su críptica pedantería? La narrativa tiene, a pesar de todo, que contarte una historia. La poesía no. Basta en muchas ocasiones con adjetivarla, revestirla, darle vueltas: aparentar. Y ya tienes la capa invisible del emperador y un puñado de clientes elitistas a quienes enjaretarles tu artilugio. Pero esta nota no va por ahí.

Tengo pocos poetas de cabecera, ninguno tan contemporáneo que pudiera encontrármelo por la calle. Nicanor Parra sigue vivo pero ya cruzó la raya de los cien años, Luis Rogelio Nogueras murió y es poco conocido entre las multitudes, a Wislawa apenas vamos apreciándola en su justa medida, y yo sigo defendiendo a Bukowski de sus detractores y de los alcohólicos que lo glorifican. No sé si haya poca poesía y muchos poetas, tampoco podría asegurar que mis coetáneos no están a la altura de un Whitman o un Huidobro. Lo que nos hace falta es distancia: no podemos apreciar un objeto cuando estamos a dos dedos de él. Nuestra imagen se vuelve borrosa por la cercanía y nos tropezamos con muchas otras cosas por querer ver la literatura que tenemos rozándonos la nariz. Criticar a los pendejos y a los amigos es de cierta manera contraliterario, y se vuelve un poco, siempre, un acto de antipatía con los primeros y uno de solidaridad con los segundos.

Prefiero no reseñar a los amigos, en lo posible, primero porque es raro que uno de ellos me parezca tan interesante como Nogueras o tan odiosamente atractivo como Roque Dalton, somos resultado de nuestras circunstancias y la poesía que hoy y aquí hacemos, al menos vista desde este hoy y aquí, casi nunca tiene la grandiosidad de un poema que se ve a la distancia y se deja aprehender en su totalidad. Pienso en los nenúfares de Monet, por ejemplo, ¿podríamos apreciar su belleza holística si no nos ubicáramos en el medio de la sala desde donde son ellos los que nos rodean y no nosotros, espectadores atrapados, a ellos?

Por otro lado, reseñar a los amigos es de cierta manera un acto onanista. Si yo les halago estoy enalteciéndome a mí mismo: “Carajo, qué grandes amigos me cargo, ¿será que me los merezco?”. Dedicarse a la literatura, considero, te deja más que satisfacciones económicas, muchas relaciones amistosas, lamentablemente frágiles en su mayoría. Los escritores esperamos que aquel pendejo que dejó de serlo porque se volvió un amigo, ahora se vuelva a nosotros y nos llene de flores. Pero no, el ser humano no es un jardín al cual vengamos ávidos de sombra y paz, más bien somos un desierto que la mayoría prefiere cruzar pronto y antes de morir de sed. Escribir es un acto solitario, es bien sabido. Cuando lo volvemos una excusa para discutir con los vecinos acerca de quién es el mejor de la colonia, se convierte en una competencia en la que gana (de momento) el que mejor resista los madrazos.

 

¿Por qué sí?

Sin embargo hay amigos que nos leen bien a pesar de la cercanía. Cuando uno escribe del amigo sinceramente está escribiendo de sí mismo, y ese acto de onanismo se vuelve placentero y vital. Reseñar al otro porque es parte de lo nuestro no es un cobro de favores, sino una necesidad de nuestro propio ejercicio creativo. Leer al otro, de verdad leerlo, requiere de adecuar nuestro reloj anímico al suyo, y esto es más fácil cuando ese otro es un amigo con el que hemos compartido lecturas, intereses, cervezas, días.

Escribir es dialogar. La forma más productiva del lenguaje es el diálogo, y la literatura que dialoga es la más integral. Leer bien a un autor significa leerlo como si charláramos con él. Tal vez por eso podamos, a fin de cuentas reseñar a nuestros amigos. Siempre y cuando no sólo escribamos sobre ellos, sino que lo hagamos con ellos, manteniendo una conversación que devenga en literatura y no en artificiales palmadas en la espalda. El ejercicio creativo es duro y está lleno de embaucabobos y halagadores profesionales. A nosotros lo único que nos queda es mantener lo que queremos: nuestros libros y nuestros amigos. Ya lo dijo el mismo Luis Aguilar en un poema, “los que perdemos una vez/ perdemos todo y para siempre”.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-245

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