La Gualdra – Editorial

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Siempre he tenido la fortuna de vivir rodeada de mujeres inteligentes; crecí con el ejemplo de una, mi madre, en quien nunca he visto ni por asomo la sombra de la ignorancia, ni el desdén por el conocimiento, ni el miedo por el trabajo; en ese ambiente viví mi infancia al lado de mis dos hermanas menores. Conocí a mi bisabuela materna, María, una señora recia, trabajadora, empoderada, que cobijó en su regazo a su familia y la hizo fuerte, sobre todo a las mujeres de su casa; con un amor ardoroso y fervoroso las hizo ser libres y entender que la libertad exige ser congruente; mi amorosa bisabuela murió y sigue mandando a la distancia. Conocí a mi abuela paterna, Brígida, la matrona de la familia, una señora profundamente religiosa que tuvo dos oficios: era partera y también ayudaba a la gente a bien morir; trabajó toda su vida, en ella vi al final de sus días que los santos de su devoción la iluminaron haciéndola comprender que la vida es una y que hay que vivirla bien, con alegría… “esta vida es un camote y el que no lo trague se´hoga”, siempre decía. Tengo una abuela viva todavía, Inés, la más sorprendente de todas, por su historia, por su valentía; a sus casi noventa años camina erguida, derechita, sonríe; su vida no ha sido fácil, pero sonríe… y canta, se cae y se levanta… y sigue caminando derechita, porque aprendió que así se vive y que como se vive se es.

“Puras viejas”, llegué a escuchar de vez en cuando, como si eso fuera algo menor; yo me reía de esas frases desde entonces, con esa risa que sale de vez en cuando para no iniciar una batalla de palabras carente de sentido; me negaba a discutir desde entonces con quien no entendía que el hecho de que yo fuera mujer no me hacía menos. Aprendí desde muy temprano que los hechos hablan por las personas, no las palabras, independientemente del sexo con el que se nazca; porque también he encontrado en mi vida a hombres excepcionales y eso también debo decirlo, pero esta semana se conmemora el Día Internacional de la Mujer y por eso ahora estoy hablando de nosotras.

Nací en el último tercio del siglo pasado y también eso ha sido una ventaja para mí. Recientemente, hurgando en los archivos históricos, he confirmado que fue un golpe de suerte haber llegado en la década de los setentas y no a principios del siglo, cuando las mujeres eran consideradas “menores de edad” aunque tuvieran sesenta años. Ahí me encontré con documentos como las solicitudes de permiso que hacían las mujeres para casarse; ante la ausencia de una figura masculina o bien, ante la negativa del padre o del hermano para que su hija o hermana se casara, ésta pedía al Ayuntamiento su venia para poder contraer matrimonio, sin esta autorización el enlace no podía llevarse cabo. Eso era a principios del siglo pasado. Hoy, las cosas han cambiado, si anteriormente una mujer que no se casaba o que no tenía hijos era mal vista en la sociedad, actualmente las mujeres tenemos el derecho a decidir cómo queremos vivir sin tener que tomar en cuenta el punto de vista masculino; podemos votar, estudiar, ser independientes, ser libres. Por supuesto que estoy generalizando, pues todavía falta mucho por hacer en términos de equidad de género, de justicia y de igualdad.

El Día Internacional de las Mujeres debe servir en todo caso para recordarnos a los seres humanos de ambos sexos que tan capaces somos unos como los otros, que el hecho de que hayamos nacido con un sexo no determina ni nuestras preferencias sexuales, ni nuestras capacidades intelectuales, ni nuestras aptitudes profesionales. El 8 de marzo deberíamos de regalar flores a los hombres y a las mujeres que finalmente han comprendido que ambos podemos convivir en armonía y ser igualmente competentes en todos los ámbitos de la vida. El martes, es el día en que conmemoramos a las mujeres que con su vida abrieron camino a otras para que en la actualidad sus derechos laborales y ciudadanos sean iguales a los de los hombres; pero no está de más recordar todos los días que la equidad de género no es un asunto concluido todavía, que debemos seguir trabajando para conseguirla hasta que ya ni siquiera tengamos que hablar del tema, hasta que la condición de ser hombre o ser mujer sea sólo otro golpe de suerte.

Que disfrute su lectura.

 

Jánea Estrada Lazarín

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