La Gualdra – Editorial

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En días pasados se presentó el programa del Festival Cultural Zacatecas. Escuché atentamente la programación de la Plaza de Armas, sobre todo porque hemos considerado desde el inicio que éste es el escenario principal; y debo confesar que una sensación de tristeza me invadió por un momento al pensar que hace 30 años el Arq. Álvaro Ortiz Pesquera había concebido este festival como una oportunidad para que los zacatecanos pudiéramos presenciar manifestaciones artísticas de calidad y que hoy, de alguna manera le han dado al traste a esas intenciones iniciales.

Pasó por mi mente también no hablar de esto en este espacio, dejar que la indiferencia hablara por sí misma; pero luego me entró la curiosidad por investigar quiénes eran algunos de los que participarían y de los que no tenía la menor idea ni dato alguno. El internet para esto de satisfacer la curiosidad es muy útil, le di click al buscador una vez que había puesto el nombre de quien planean cierre este festival y mi asombro no tuvo límites cuando escuché y vi los primeros 30 segundos de su video.

Algo debe estar sucediendo y no me lo alcanzo a explicar, porque no es sólo cuestión de presupuesto. Me explico y con esto le doy algunos datos: en 2010, se asignaron al festival 62 millones de pesos (mdp); en 2011, 36 mdp; en 2012, 25 mdp; en 2013, 26 mdp; en 2014, 38 mdp; en 2015, 32 mdp; y para este año se disponen 40 millones de pesos. Sí, 22 mdp menos que los de inicio de este gobierno, pero sigue siendo un presupuesto con el que se podrían programar cosas de más calidad, con imaginación y con voluntad.

Si no es sólo cuestión de presupuesto, me pregunto entonces a qué se le puede atribuir la pobreza de este programa que debería de ser muy especial porque además de ser la edición número 30, es también el cierre de este gobierno. He escuchado a los funcionarios diciendo que “algunos artistas repiten su participación porque la gente así lo ha pedido”, y yo me pregunto entonces por qué cuando la gente ha pedido otras cosas no se le ha atendido en sus demandas; he escuchado a los ciudadanos pedir la no intervención de los espacios como la Plaza de Armas y la Alameda, pedir más seguridad, más claridad en la utilización de los recursos públicos, he escuchado a los braceros pedir que les paguen lo prometido, a los maestros universitarios más apoyo de gobierno, a los profesores de educación básica pedir que no se vulneren sus derechos laborales, a la gente pidiendo que aparezcan sus familiares desaparecidos … y no, a ellos no se les ha escuchado. Hay entonces una preferencia marcada, hay gente a la que se escucha más que a la otra, hay inequidad, desigualdad.

He escuchado también que otros funcionarios han justificado la presencia de ciertos artistas porque éstos aseguran una plaza llena. Supongo que es más importante entonces llenar la plaza que poner atención a un público que con el paso de los años se ha ido formando y haciendo cada vez más exigente, que ha aprendido a distinguir cuando hay calidad, cuando hay arte y cuando no. No, supongo que este público no interesa en estos momentos, porque es un público crítico que no cede tan fácilmente a las promesas, a propósito de las campañas que están por iniciar. Hay entonces un público que es privilegiado y otro que no, cuando debería de verse por los dos, cuando la programación del festival debería de estar orientada al disfrute, sí, pero también al crecimiento de un público más educado –no al contrario-, más sensible y preparado.

Y esto también es una cuestión de gustos. Ni hablar. Hay quien tiene buenos ratos y malos pero muy malos gustos. Y aquí la cosa se pone más complicada, porque el gusto estético va de la mano de la educación; la manera en la que distinguimos el sabor de las cosas, la facultad de apreciar lo bello y distinguirlo de lo feo, de distinguir el aura, el enigma o lo real –de lo que nos habla Espinosa Proa-, depende entre otras cosas del empeño que le hayamos puesto en aprender. Y hay quienes, por más que quieran, no aprenderán nunca a apreciar lo maravilloso que pueden ser las especias en una sopa caliente porque lo único que quieren es alimentarse. En otras palabras: no se le pueden pedir peras al olmo…

 

Jánea Estrada Lazarín

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