Visitante incómodo

Visitante incómodo
El Papa Francisco ■ FOTO: LA JORNADA ZACATECAS

■ Zona de Naufragios

A un en el pantano de nuestras pluralidades, cualquiera podría asumir que la visita del Papa Francisco sería un tema de esos que unifican a la opinión pública más que dividirla, a final de cuentas, 8 de cada 10 mexicanos declara su fe como católica. Cualquiera estaría equivocado. El tema no sólo no congració a un pueblo que, por otro lado, requiere urgentemente de congraciarse consigo mismo, sino que además fomentó esas populares expresiones de la atribulada psique nacional como el conspiracionismo, la sospecha y hasta el valemadrismo: que si los motivos de la visita, que si pastoral, que si de Estado, que si turismo religioso, que si compromiso político/mediático, que si ni fu ni fa: como nada –ni nadie, aparentemente– nos complace, 70% de la gente piensa que la visita del Papa no tendrá impacto alguno.

Y en buena medida es cierto. Era ilógico imaginar que la presencia de Bergoglio revolucionaría el panorama moral, religioso o hasta político del país. Si bien el Papa ha sido una voz fresca y coherente que ha venido a oxigenar la vida de una institución que se conduce (o conducía) como si se hubiera congelado en el tiempo hace mil años, no obra milagros. Su compromiso con los más desprotegidos y con el ejercicio de una vida austera congruente con sus principios, su apertura hacia temas tabú para la iglesia (el aborto, la homosexualidad) y el reconocimiento y llamado para abrazar causas humanas amplias como la sustentabilidad como sustrato básico de la vida, contrastan con el desentendimiento tradicional y otro tipo de conductas sumamente censurables de la Iglesia.

La comentocracia, faltaba más, se dividió entre los que esperaban flamígeras admoniciones contra la insensibilidad de las élites, los pecados propios de la iglesia (pederastia, un clero venal y con apetitos mundanos insaciables), la corrupción, la impunidad y la violencia de este país bronco. A algunos les cumplió, a otros no. Lo cierto es que la mención de esos temas incomodos, como no podía ser de otra forma, sólo se hizo de forma genérica (pero con una retórica pulida). Porque en política, a diferencia de la religión, la forma es fondo.

El gran tema de la visita son aquellas relacionadas precisamente con el fondo, las implicaciones y ramificaciones que tiene en la religión y en la política. Arriesgando un poco, quizá sea la fe de los individuos el único tema más o menos inatacable en tanto a sus motivaciones y pulsiones, con lo cual no se quiere decir que no tenga motivaciones oscuras o que la fe pueda ser torcida para tal o cual motivo, siniestro incluso, sino que en su ejercicio íntimo y personalísmo es lo más cercano que hay a la asepsia sentimental. Habrá quien crea en lo que crea y tenga fe en eso porque es el único aliciente que tiene para sobreponerse a una vida cargada de penurias, o por simple costumbre o hasta conveniencia, o por ese misterio propio de la vida humana que nos hace, inexorablemente, seres espirituales. Y porque la fe no admite –y quizá ni necesite– explicaciones. No es casualidad que la única actividad cotidiana que los seres humanos disfrutan hacer solos sea precisamente aquella relacionada con la religión: la oración (Kahneman et al., 2004, A survey method for characterizing daily life experience: The day reconstruction method).

De ahí los contrastes horríficos entre la forma y el fondo, la prédica y la práctica, la conspicua hipocresía y doble moral de la curia (ampliamente documentada) y de la grey por igual: pocos como los mexicanos para conducirse tan esquizofrénicamente, graves en su filantropía de aparador y altruismo de banqueta pero ligeros y hasta dolosos hacia el prójimo en su vida cotidiana, donde lo que priva es un carácter egoísta e insolidario. Es la coexistencia perversa y simultaneidad del golpe de pecho y el puñal en la espalda.

Por no hablar de la agraviada laicidad de nuestra vida pública, fondo mutilado por formas poco elegantes, la aberrante difuminación de la línea de las creencias personales y el ejercicio de la función pública de nuestra clase gobernante, quienes aparentemente no distinguen entre el domingo y el lunes y se pasean tan orondos, con las infamantes selfies (la universalización gráfica de la estulticia) como trofeo de su vanidad. De ese tamaño son.

En fin, ojala que la visita a este pueblo maltratado de un hombre bueno y congruente con la palabra que predica resulte más fondo que forma, trascendiendo la anécdota y el estéril parloteo nuestro de cada día. ■

 

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