Editorial Gualdreño / La Gualdra

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Lydia Cacho en Zacatecas. Foto de Andrés Sánchez

Lydia Cacho, de padre mexicano y madre francesa, nació en México en 1963, el año en que Julio Cortázar publicó su novela Rayuela; Jorge Ibargüengoitia, El atentado; Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros; y Vicente Leñero, Los Albañiles. Bob Dylan lanzó su disco The Freewheelin’ Bob Dylan. El mismo año que fallecieron el pintor francés Georges Braque, el escritor inglés Aldous Leonard Huxley, y el presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy. Doy estos datos sólo para contextualizar un poco la época en la que esta periodista, activista y escritora llegó al mundo; quizá ninguno de estos hechos determinó que el día de hoy sea la mujer aguerrida e inteligente que es, pero de lo que no tengo duda es que Lydia puede entablar una conversación sobre cualquiera de ellos.

Lydia Cacho estuvo en Zacatecas para participar en el Cuarto Encuentro de Narrativa de la Región Centro Occidente, llevado a cabo la semana pasada, y de la conversación que tuve con ella una de las cosas que más llamaron mi atención fue su reflexión sobre las prácticas culturales -que puede usted leer en la entrevista completa que aparece en esta edición 231 de La Gualdra-.

En varias ocasiones hemos abordado aquí la importancia de acercar a las personas al arte o de acercar al arte a las personas. A veces, le soy franca, las malas noticias que circulan en el mundo han llegado a mermar un poco mis esperanzas de que este lugar puede ser un mundo más amable, más justo, más equitativo, menos desigual; pero luego he encontrado en el camino razones suficientes para afirmar que el arte, si bien no es la panacea, sí puede propiciar la apertura a nuevas formas de vida. Ahí está el caso de los chavos en condición de calle que al tener contacto con la música y la pintura han podido transformar su manera de enfrentarse a la vida. Ejemplos hay muchos, pero todavía no los suficientes, por eso hay que trabajar más en la implementación de nuevas estrategias de iniciación y sensibilización artística.

En estos días, entre todas las imágenes que he visto, hay dos que me conmocionaron más: la primera, la de un niño de siete meses de edad asesinado en Pinotepa Nacional, que nos hizo recordar al niño Sirio que murió ahogado al tratar de llegar con su familia a una isla griega. El niño mexicano está boca abajo, entre el brazo izquierdo de su padre también asesinado; el sirio yace sobre la playa. Ambas imágenes han sido ya utilizadas en internet para establecer una comparación dolorosa entre ambas víctimas y seguro usted ya las conoce. La segunda imagen que me conmocionó tiene que ver con el mismo tema, pero se trata de una fotografía que fue concebida premeditadamente por el controvertido artista chino Ai Weiwei, y realizada como parte de un proyecto con el que pretende solidarizarse con los refugiados. La imagen fue tomada en Lesbos por el fotógrafo Rohit Chawla y en ella Ai Weiwei posa emulando la postura del niño sirio Alan Kurdi.

Tres imágenes, dos fotografías reales de niños muertos, una del artista chino que pretende acrecentar la indignación internacional sobre este tema que nos afecta a todos: el de la muerte de niños inocentes. Ésta es una manera de apropiarse de una realidad que duele y de transformarla en una obra de arte; sé que muchos entrarán en discusiones sobre si se trata o no de una mera acción oportunista, yo misma no estoy convencida, pero la foto ahí está. Decida usted si eso le hace sensibilizarse o solidarizarse más con este tipo de conflictos, lo cierto es que por principio de cuentas, el objetivo de propiciar la reflexión está siendo cumplido.

Sin embargo, el domingo, desde mi ventana, vi una manifestación de personas muy tristes y enojadas exigiendo la aparición de un hombre del que no se sabe nada desde el jueves pasado. Y otra vez vuelve la desesperanza. Y otra vez pienso en los niños que en esta región del país conviven frecuentemente con historias como ésta. Se me ocurre, que el mismo Ai Weiwei, de conocerlas, se sentiría rebasado por ellas; y pienso que algo debemos hacer para mostrarles a estos niños que la vida puede ser diferente. Hoy, por lo pronto, le invito a que haga algo por uno de ellos, regálele un libro, llévelo a un museo… porque las pequeñas acciones pueden hacer la diferencia. Eso espero.

Que disfrute su lectura.

 

Jánea Estrada Lazarín

[email protected]

 

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