Tortas japonesas

Tortas japonesas

Medio milenio de historia nos ha predispuesto, y por ello quizá nos resulta enteramente natural que los bancos establecidos en nuestro país, extranjeros su casi en totalidad, españoles varios de los mismos, dupliquen cuando no cuadruplican entre nosotros los réditos obtenidos en sus países de origen, transfiriendo así a las economías de procedencia un flujo asaz importante de recursos, que colocados a tasas varias veces menores generan allá un desarrollo que obstinadamente se nos niega acá.

Esta situación, que genera un tropel de preguntas, obtiene de ordinario muy exiguas respuestas, ninguna de las cuales medianamente satisfactoria: aducen los voceros de la banca la “precariedad” en que deja a ésta la legislación vigente, poco ágil para su gusto en la recuperación de créditos impagos, si bien guardan un prudente silencio al respecto de la sustracción, legal o no, a la justicia ordinaria de los reclamos de sus usuarios; la bancarización forzosa de los contribuyentes y, sobre todo, la tolerancia absoluta por las autoridades de sus abusos cotidianos.

Menos inexactos resultan quizá los que atribuyen lo anterior a la corrupción, parte de nuestra cultura, según la opinión de un importante especialista del ramo, práctica en la cual reguladores y regulados, vigilantes y vigilados, suelen desplegar un virtuosismo consumado.

Ahí nos encontrábamos al producirse el episodio catalán del reality show intitulado Humberto Moreira, y su no tan impredecible desenlace, merced al cual según la fórmula paciana los signos se volvieron transparentes, y las respuestas se precipitaron cual tormenta de un cielo de verano, al aparecer los implacables jueces y fiscales que tras haber hecho añicos el pedestal de personajes colocados en la línea sucesoria de la corona española recularon ante una constancia de buena conducta expedida por la benemérita PGR, y una certificación de licitud de empresas un tanto cuanto fantasmales, cuyo único cliente es el gobierno del Estado de Coahuila, coto de caza hasta muy recientemente del indiciado, encabezado hoy día por su ínclito hermano.

La buena noticia es que aun cuando se trata de un ingrediente sumamente importante no es la corrupción la que nos tiene postrados; la mala es que la impunidad alcanza ya una calidad de exportación.

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