A 100 años de muerte y destrucción en Zacatecas

A 100 años de muerte y destrucción en Zacatecas

Nos encontramos muy cerca a la fecha cumbre para conmemorar algo que se ha venido preparando desde hace meses: cien años de la batalla de la ciudad de Zacatecas protagonizada por las huestes revolucionarias y el Ejército federal. El 23 de junio es una fecha muy presente en la memoria de los zacatecanos, agenda conmemorativa de un suceso que tuvo repercusiones a nivel nacional y en el cual participaron personajes históricos reconocidos. Se ha reflexionado mucho sobre el significado de dicha gesta para el rumbo que tomaría la Revolución como punto de quiebre entre las figuras de Francisco Villa y Venustiano Carranza, en específico, sobre el encuentro militar, el apertrechamiento  de los ejércitos y su preparación, así como de la planeación de sus estrategias defensivas y de ataque de uno y otro bando.

Estos elementos y otros más han sido explotados, pero quedan muchos otros que no han sido mencionados, por ejemplo, el esfuerzo que los habitantes de la ciudad tuvieron que hacer frente a una verdadera emergencia sanitaria.

Es decir, la guerra implica muerte, y con ella se genera un problema sanitario mayúsculo, sobre todo si el enfrentamiento se daba, como sucedió en Zacatecas, en los alrededores o al interior de la ciudad.

Días antes de la contienda, la población se preparaba para recibir el golpe devastador de la División del Norte; algunos huyeron, otros decidieron esconderse y ocultar sus pertenencias, otros, los menos, propusieron crear un hospital de sangre como los que se habían establecido en algunos lugares donde la Revolución llegó. Dieron vida a esta iniciativa humanitaria el doctor Guillermo López de Lara y la profesora Beatriz González Ortega, entre algunos otros habitantes del lugar. Su objetivo fue la atención de los heridos sin importar el grupo al que pertenecieran.

Se ha escrito que se trató de la batalla más sangrienta de la revolución. Las crónicas que narran los hechos de esos días y de aquéllos que participaron dan cuenta de esto. Si fue cruenta la batalla, que duró un solo día, el escenario de los días posteriores enfrentó a la población a otros horrores: la muerte esparcida por todos los rincones de la ciudad y la latente aparición de enfermedades debido a ello.

Las calles se encontraban aliñadas de cadáveres de hombres y caballos,  algunos de ellos ya en franco estado de descomposición e insepultos. Muchos de los cuerpos habían sido objeto de rapiña y se encontraban ya sin zapatos, sin ropa o con los bolsillos afuera. Los restos de los animales recibieron el mismo trato, se les había despojado de las monturas.

A las orillas de la ciudad los muertos presentaban heridas en todo el cuerpo o miembros amputados por el impacto de la artillería, ultrajes propios de un campo de batalla. Al interior de la misma, el número de cadáveres era considerablemente mayor, algunos con el tiro de gracia, habían sido ejecutados tras la inminente victoria del ejército revolucionario. Ni los lugares donde se habían atendido a los heridos se salvaron de las ejecuciones, pues al entrar a la ciudad los revolucionarios ingresaron en ellos y comenzaron a matar a los dolientes enemigos. En el Hospital Civil los médicos pedían piedad por los convalecientes con ayuda de una manta colocada a la entrada; en el Hospital que se estableció en la entonces Escuela Normal, los encargados pedían clemencia alegando que no se trataba de “pelones”, que eran sólo heridos. Las súplicas no surtieron efecto en la mayoría de los casos, los revolucionarios los aniquilaron.

Aquéllos que se acercaban a la ciudad veían ese espectáculo desde su llegada a la estación, pues era tal cantidad de despojos que era imposible no prestarles atención. Al ir acercándose al entramado urbano podían observar que no sólo se trataba de muerte, sino también de destrucción, ante ellos se abría un paisaje de calles llenas de escombros e inmundicias, de comercios cerrados y saqueo por todos lados.

El camino a Guadalupe mostraba un escenario similar, lo que el día de la lucha había parecido un escenario de victoria, donde la mayoría de los federales que osaron huir al ver su bastión perdido fueron alcanzados por las balas, en los días posteriores adquiría un significado diferente: la muerte en su forma más cruda hizo ahí presencia. El número de difuntos hacían casi imposible el paso de las carretas o carruajes y  su olor era el presagio de problemas sanitarios.

Ante la gravedad sanitaria que significaba tal situación, había que actuar con prontitud. Los cadáveres fueron a dar a los tiros de minas, se enterraron en grandes cantidades en fosas o se intentó deshacerse de ellos haciendo grandes hogueras que impregnaron el ambiente de un peculiar olor mezcla de carne podrida o asada, de ropa quemada.  En esa limpieza se hizo participar a los pocos prisioneros que quedaron con vida y a algunos habitantes de la ciudad.

Muchos de los revolucionarios, tras la euforia propia de la victoria ganada a pulso, vieron en los días siguientes con otros ojos su obra, pues entre los despojos encontraban caras familiares, gente como ellos, personas que formaban parte del Ejército federal debido a la “leva”, y a los cuales, por desgracia, tras rendirse no se les trató con clemencia, sino que fueron perseguidos hasta ser arrasados.

La limpia de la ciudad tardó varios días en comenzar. Debido a la cantidad de cadáveres que macabramente adornaban el lugar, el general Pánfilo Natera publicó un decreto en el que obligaba a los habitantes de la ciudad a dar sepultura a cualquier muerto que se encontrara a tres metros de su casa.

Varios son los significados de los que se le ha dotado a la batalla de Zacatecas, para sus habitantes, quizá el más importante haya sido la convivencia directa que se estableció entre los habitantes y las características propias de un escenario de guerra: muerte y devastación. ■

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