Tortas japonesas

Tortas japonesas

Aunque no puedo precisar la fecha, el caso fue que a instancias de don Roberto Almanza, un poco más de un centenar de residentes entre el cielo cruel y la tierra colorada, al pardear la tarde nos reunimos en el Auditorio Miguel de Cervantes Saavedra, para escuchar a Rosario Castellanos, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco y Juan Rulfo. Nada menos.

Aun cuando había entre nosotros vagas nociones acerca de aquellos autores, y podíamos incluso recordar alguno de sus títulos, contados eran los que estaban al tanto de su verdadera magnitud.

Versaría aquella charla, si mal no recuerdo, sobre el fenómeno literario, en general, la literatura contemporánea en particular y su inserción en ella de la literatura iberoamericana, incluido desde luego el capítulo mexicano; y fue así que supimos de la existencia de algo llamado “El Boom”, y que luego de Azuela, Reyes y Guzmán fueron Paz, Fuentes y el ahí presente Rulfo quienes pusieron a México en el mapamundi de las letras; y no Spota, Armando Jiménez y Roberto Blanco Moheno, como habíamos algunos erróneamente creído.

“Resulta sintomático – mutatis mutandis aduciría un optimista José Emilio Pacheco- que en foros y publicaciones de prácticamente todo el planeta se mencione a Paz a secas, ya sin la fastidiosa precisión de ‘el mexicano’, como si se tratara de una curiosidad”.

Una suerte de euforia colectiva propiciaría el despliegue de las contrastantes personalidades, y tuvimos así la irrepetible oportunidad de ver y oír uno junto a otro a doña Rosario, señora de una enorme distinción, dueña de una agudísima y encantadora inteligencia; a un chispeante y divertido Elizondo, riendo como el pájaro loco ante la simpleza de sus inquisidores; a un Rulfo que hacía gala de su hosco temperamento, fumando incesante mefíticos delicados, al que hubo que arrancarle las palabras con tirabuzón; y a un José Emilio Pacheco pleno de una sabiduría sin aspavientos, amén de una lucidez diluyente de cualquier oscuridad.

No menos afortunado resultó el colofón de aquella comparecencia, pues al regresar a su hotel recibieron Rulfo la noticia de su Premio Nacional de Literatura, y Castellanos la de su embajada en Israel.

Con la desaparición del último de aquellos luminosos viajeros se cierra un círculo de la vida de México; y más huérfanos aún avanzamos en otro, al parecer infernal. ■

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