Las clientelas y la muerte del sistema representativo

Las clientelas y la muerte del sistema representativo

Las personas están ancladas en redes de confianza de todo tipo. Todos estamos en micro-redes que validan nuestras creencias y nos hacen sentir protegidos. Estas redes se articulan con otras hasta formar cuerpos sociales grandes. Pues bien, en los procesos electorales toman una gran relevancia un tipo especial de redes: las clientelares. Las relaciones que se dan entre élites políticas y masas sociales, en las cuales ocurre un intercambio peculiar, a saber, de votos a cambio de favores o bienes o servicios. Esta estructura de intercambio ha tomado una gran relevancia como medio de articulación entre el Estado, el sistema político y la sociedad. La distribución de bienes a cambio de lealtades políticas (o simple apoyo o sólo el voto), supone una forma de dominación por un lado, pero también nulifica el propio sistema de representación donde se apoya el régimen democrático que pretendemos construir. Es una relación de dominio porque supone necesariamente un patrón político de relaciones jerárquicas, control o dependencia, respecto al cliente. Entre iguales no ocurre la relación clientelar. Y, además, nulifica las relaciones de representación, porque el político no se concibe como la voz del representado, sino se le concibe como un patronazgo.

Los procesos electorales que hoy vivimos son verdaderas fábricas de clientelas. Preguntémonos por el tipo de electores que tenemos y contrastémoslos con los que requiere la democracia. El elector-cliente es subordinado, su voluntad ha sido neutralizada en el acto del intercambio de favores o bienes, y no puede exigir más que el cumplimiento del trato inmediato por el cual dio su voto. El elector-ciudadano, en cambio, es una voluntad autónoma, es un elector-programático y exige al político en función no de favores, sino de derechos. Los clientes matan el acto político de la representación, porque la deliberación, la organización y la acción pública, concluye en el acto de canje semiprivado descrito. En plenas campañas ocurre la negación de la política. Porque además, la lealtad pedida al cliente no es a alguna institución o ideología, sino a la persona del patrón-político. Es un acto cuasi-privado en medio de una contienda pública. El cliente calcula su ganancia, que siempre es inmediata: desde alimentos, hasta un empleo. Por tanto, la clientela también lapida la mirada estratégica de la política, son compromisos inmediatos y cuasi-personales. Son las carencias crónicas las condiciones de posibilidad de la existencia de clientelas: poco empleo, o franca pobreza. Aunque también existen ingredientes culturales en la existencia de clientelas: la creencia de los subordinados en la legitimidad de su acto, que lo sienten justificado por una variedad de razones. Y estas justificaciones van envueltas en un blando contenido ideológico, donde el político ejerce un patronazgo o ejercita la llamada paternidad política. Es decir, existe una voluntad de dependencia y le subyacen valores que la impulsan. En contraste, vemos la voluntad de autonomía y resistencia de las dignificadas comunidades indígenas zapatistas, que en medio de su pobreza rechazan las ayudas condicionadas del Gobierno federal: ahí ocurrió una transformación cultural profunda. Son por tanto componentes económicos (carencias), políticos (relaciones jerárquicas) y culturales (valores del patronazgo), los que hacen posible la existencia del juego clientelar que destruye la acción colectiva y al propio régimen democrático-representativo.
El ascenso de la sociedad civil a través de los llamados nuevos movimientos sociales, despertaron la esperanza o expectativa de una amplia democratización en el orbe. Una sociedad civil organizada que la hiciera de contrapoder; rehaciendo al propio Estado: de uno autoritario, burocrático y corporativo, a uno relacional (que impulsa la acción autónoma y vigorizante de la sociedad civil metida en la gestión directa de los problemas sociales). Es decir, una sociedad civil fuerte construyendo un Estado justo. Pero lo que observamos, contra estas expectativas, es una sociedad civil convertida también en cliente: organizaciones de la sociedad civil haciendo tratos de intercambio de favores por votos. Y ocurre una paradoja, muchas de estas OSC’s se fortalecen en su tarea concreta a la que están dedicadas (niños con cáncer o equidad de género…), pero renuncian a su autonomía. Y al ocurrir esto último, detienen el propio ascenso de la sociedad civil. En este caso, ocurre un clientelismo fino. La expectativa de unir participación ciudadana con representación democrática queda en el camino, porque estas organizaciones se anclan a la mecánica de la reproducción ilegítima del poder de la clase política.

Por último, pensemos, una clase política tan ilegitimada, ¿cómo puede seguir reproduciendo su poder? Pues es claro que no tiene capitales sostenibles que lo hagan posible por mucho tiempo: ni capital simbólico, ni social. Además, su degradación es muy acelerada. Creo, por esto mismo, que el propio sistema político se verá en la necesidad de abrirse a cambios orientados a lograr de nuevo la conexión entre Estado y sociedad, por mecanismos distintos a los clientelares; lo cual va a pasar necesariamente por repensar el tipo de Estado que hoy tenemos. ■

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