El ascenso de Donald Trump y la reivindicación de una política de dominación hemisférica, expresada en la llamada Doctrina Donroe, colocan a América Latina ante un desafío que trasciende las diferencias entre gobiernos: defender la soberanía, los derechos sociales y la democracia frente al autoritarismo y las nuevas formas de subordinación imperial.
En este escenario, la unidad de la izquierda mexicana no puede reducirse a acuerdos electorales ni a la distribución de posiciones entre grupos políticos. Debe sustentarse en principios, organización popular y un proyecto común de transformación capaz de disputar la conciencia colectiva.
Ariadna Montiel Reyes, presidenta nacional de Morena, ha señalado la importancia de la estructura territorial, el contacto directo con la ciudadanía y los resultados gubernamentales. La reducción de la pobreza y los avances reportados en materia de seguridad constituyen elementos relevantes de la gestión pública. Sin embargo, esos resultados no garantizan, por sí mismos, una correlación favorable en la batalla por las ideas.
Las plataformas digitales y sectores de la prensa se han convertido en espacios donde la desinformación, la manipulación emocional y la polarización pueden desplazar la discusión de los hechos. Frente a ello, la izquierda necesita construir un contrapeso comunicativo permanente, con información verificable, formación política y participación social; no basta con la mañanera y dar respuestas coyunturales.
Desde nuestra visión, el fascismo no se combate únicamente en el terreno electoral. También exige examinar las relaciones de poder, la concentración económica y las condiciones materiales que permiten convertir el descontento popular en rechazo a los derechos, las organizaciones obreras y las libertades democráticas. La hegemonía cultural se disputa construyendo conciencia, organización y sentido común.
Por eso preocupa que, dentro de Morena, las disputas por candidaturas y posiciones puedan anteponerse a la congruencia ideológica, la honestidad y el compromiso con las causas populares. La unidad pierde contenido cuando se convierte en disciplina de grupo o encubrimiento de prácticas que contradicen el proyecto transformador.
En Zacatecas, donde las tensiones internas de la izquierda también forman parte de la discusión pública, la respuesta no puede limitarse a cerrar filas alrededor de los liderazgos. Requiere debate democrático, vínculos reales con campesinos, trabajadores, jóvenes y sectores populares para construir el proyecto que se le presentará al electorado y estará en disputa en 2027.
Frente al neofascismo, la unidad debe ser programática, ética y social. No basta con conservar el poder: es indispensable transformar las condiciones que hacen posible el autoritarismo. La izquierda que renuncia a sus principios para preservar posiciones termina debilitando aquello que pretende defender.



