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lunes, 15 julio, 2024
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María Emilia Chávez Lara. Ante las imágenes infinitas de nosotros mismos

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Por: Mauricio Flores • admin-zenda • Admin •

La Gualdra 254 / Libros

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De niño, mirando pasmado las vitrinas de una tienda de magia, modesto establecimiento al que llegaba con mi hermano tras desafiar los peligros de una gran avenida, me soñaba mago. Con sombrero, capa y varita en mano. Como un hombre adulto que, sin tener que renunciar a la condición del pequeño que era entonces, pudiera adquirir, manipular y presumir con orgullo los juegos ofertados del otro lado del cristal. Del más sencillo al más sofisticado. Un vaso de cristal que convertía las monedas en agua; el juego de naipes que trucaba pares en tercias, copas en oros; ese armatoste que partía a una mujer en tres. Todos dispuestos, etiquetado su precio, en un panel rojo y oro con fondo de espejo donde, recuerdo ahora, alcanzaba a mirar las caras recortadas de aquellos dos menguados compradores. Artilugios, rarezas, magias, juegos, espejos… —dispositivos que han permanecido en el tiempo y que nunca dejan de servirnos como devotos facilitadores para cebar nuestros apetitos: hambres de asombro, gozo, vida, conciencia— y que requetebién explica, condensa e ilumina el libro de María Emilia Chávez Lara, Estética del prodigio, y que me acompaña fiel durante estos días de tantos años después.

Un libro (insisto) que se desborda de espejos, como la vida, al menos la asumida con libertad o en la búsqueda de ella. Espejos (asombros) en sus primeras páginas; espejos (más asombros) en sus páginas intermedias; más espejos (asombros) en su final. Y de magia también, a su vez llena de espejos. Elementos fundamentales para sí. Para todos quienes se dispongan a leerlo con los sentidos alertas y asumidos los presupuestos desplegados por la autora. Mecanismos anunciados para engañarnos y complacernos. Un libro lleno de revelaciones.[i]

Cuestiones en apariencia difíciles de exponer pero que (buena historiadora que es) Chávez Lara logra como sin proponérselo. A la manera de la suerte de naipes y ese susurro que pone en su sitio cualquiera estridencia. Magia al fin. Visto y no visto (visible un momento, invisible una eternidad, dixit Bergamín). Escritura que al rozar tópicos olvidados o guardados en el cajón de la charlatanería trasciende sus fronteras —ensayo, biografía, artículo periodístico— y se coloca en el sitio exacto de la literatura. La que contiene, también como la vida y la magia, muchos espejos. (Otra vez).

Libro también donde las imperfecciones, insignificancias, horrores y descubrimientos tienen un lugar para su recreación. Por lo que podría asegurarse que Estética del prodigio tiene su origen en la premisa del asombro. La de los múltiples asombros, una vez incorporados los espejos, y que sólo será nombrado por la autora en su colofón. Una vez completado el recorrido por aventuras y prodigios, ejercicio este sí acumulativo, pero también por las cuestiones más insignificantes.

 

Prodigio

Cansados de escuchar (sin entender cabalmente) eso de que la vida está hecha de detalles y que la piel es el órgano más grande del cuerpo humano, los lectores tienen puerta abierta en este libro para hacer suyos los componentes de las verdades de humildad. Sin dejar fuera al azar, negación de la regla, terreno donde surge la misma magia. El prodigio. Sin importar hacia dónde dirijamos nuestra mirada.

Muchas experiencias descubrirá el lector. Visuales (el zacatecano Julio Ruelas ilustrando el poema de Amado Nervo “Tritoniada” con una bella sirena), místicas (médiums que resucitan personas), teratológicas (organismos animales y vegetales anómalos y monstruosos) o tecnológicas (hábitos diarios a los que ya nos estamos acostumbrado).

Pásele usted, lector de La Gualdra, a descubrir asombros y maravillas. Que efímeros somos. O como uno, desde la evocación de otros tiempos y la experiencia de la simultaneidad —nacimientos y muertes, conductas e ímpetus, socorros y traiciones— que se repiten y repiten.

Llegó la hora de “…las máscaras podridas/ que dividen al hombre de los hombres,/ al hombre de sí mismo,/ se derrumban por un instante inmenso/ y vislumbramos/ nuestra unidad perdida, el desamparo/ que es ser hombres, la gloria que es/ ser hombres/ y compartir el pan, el sol, la muerte,/ el olvidado asombro de estar vivos…” (Octavio Paz, Piedra de sol).

Frente a nuestras magias, juegos, espejos.

 

“Cuerpos fugitivos

Cada vez que me cepillo el pelo —cosa que Medusa jamás podría hacer—, recuerdo a Baudelaire y lo que llamaba “el heroísmo de la vida cotidiana”, aquél que nos hace sentir “lo grandes y poéticos que somos con nuestros zapatos de charol y nuestros trabajos burocráticos”. Porque, finalmente, ¿quién es el verdadero héroe: quien vive rodeado de aventuras y prodigios o quien es capaz de procrear grandeza a partir de las cosas más insignificantes? Y otra vez se apodera de mi mente Medusa: ¿no tiene ella, acaso, más mérito al intentar peinarse día tras día, que Perseo queriendo cortarle la cabeza a su enamorada? Además, ¿para qué quiere descabezarla? ¿Para que su imagen se venda en bolsos a precios exorbitantes o en copias baratas? Y si con el pelo es difícil, con los cuerpos anómalos —pienso, intuyo— lo debe ser mucho más.

No tener huesos y convertirse en la mujer serpiente; medir menos de un metro y unirse a la troupe de seres diminutos; tener el cuerpo entero por un vello grueso y oscuro, no poder afeitarse y transformarse en el niño lobo, niño perro o niño león, porque la nariz es achatada; vivir pegado a otro cuerpo, a otro ser, y desear morir primero para no morir por el terror que provoque la muerte del hermano siamés; tener el cuerpo adornado por tatuajes; medir más de dos metros de altura o ser tan gordo que se necesiten varias decenas de metros de tela para poder vestir; ser mujer, ser autóctono, ser distinto, ser el otro y ser expuesto”.

María Emilia Chávez Lara, Estética del prodigio (fragmento).

María Emilia Chávez Lara, Estética del prodigio, Cal y Arena, México, 2016, 140 pp.

*[email protected]

[i] Escuche el lector (p. 71): Los espejos son parte fundamental de la magia —también de muchos mecanismos que engañan y complacen a nuestros sentidos— y es común decir que nos confrontan con nosotros mismos, pero cuando son utilizados por los ilusionistas no lo hacen en un sentido tradicional. Un mago que se precie de serlo, ayudado por cabinas con juegos de espejos—distorsionados o no—, sitúa a su público dentro de múltiples espacios en una sola temporalidad. Ante las imágenes infinitas de nosotros mismos, nos desdoblamos y sólo el tiempo —que permanece estable— nos mantiene unidos; así, quien es reflejado en el lugar que ocupa en el mundo; deja de pensar sólo en ser, para pensar también en dónde y cuándo. Es un asunto de sentidos: el espacio lo vemos, lo atravesamos al movernos, pero ¿con cuál de nuestros sentidos percibimos el tiempo? Enfrentados con nuestra condición efímera, somos presa fácil para cualquier ilusionista.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/254

 

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