“Que ya se acabe la pandemia para comenzar a tocar”: Los Rurales

“Que ya se acabe la pandemia para comenzar a tocar”: Los Rurales
Alfonso y Tadeo, integrantes de Los Rurales ■ FOTOS: ANDRÉS SÁNCHEZ


■ Las Quince Letras cerraron sus puertas por la Jornada Nacional de Sana Distancia

■ Después de 18 años de tocar en la cantina más famosa de la ciudad de Zacatecas jamás habían dejado de hacerlo salvo los domingos, cuando es su descanso

■ La pandemia del nuevo Coronavirus (Covid-19) no sólo ha menguado la salud de aquellos sectores más vulnerables, también ha afectado en lo económico

■ Ahora que están sin empleo, sus hijos los ayudan a cubrir los gastos en sus hogares

 

Era marzo cuando todo paró. La vida. El movimiento. La algarabía. Las ciudades se vaciaron, los comercios se cerraron y la música en las cantinas calló. Tuvo que llegar una pandemia ocasionada por un virus desconocido, pero con alto índice de contagio para que se echara de menos los diminutos instantes del vivir, las voces, los sabores y hasta la presencia de personas y personajes populares que, aunque no sepamos nada de ellos, ni sus nombres, sentíamos que estaban ahí y eso tranquilizaba. Pero fue en marzo cuando todo paró.

Dicen que el pulso de una ciudad se puede medir ya sea en los pasillos de un mercado o bien, en la barra de la cantina más antigua. Pero si nos asomamos a ella, Las Quince Letras, en la que de seguro se sentó Cormac McCarthy para imaginar una aventura de su John Grady de “Todos los hermosos caballos”; en la que Sabina bebió y Ely Guerra cantó, hoy luce sus cortinas cerradas y el silencio que dejaron las cuerdas del bajo sexto y el acordeón de Los Rurales es ensordecedor. El pulso pues, es lento. La ciudad dormita, pero la vida parece que desfallece. Le hace falta un palomazo con nuestros personajes.

¿Quién no le ha hecho segunda o un coro completo a Los Rurales? ¿Quién no les ha pedido que se echen otra, aunque sea la misma? ¿Quién no les ha tomado fotografías, les ha hecho un video o se ha disparado una selfie con ese dueto norteño que ameniza las noches que saben a mezcal? Seguramente pocos. Si hasta Discovery Chanel y su programa de fiestas lo hicieron. Si hasta Robert Alexander, del programa “Gringo en México” los escuchó. Quien venga a Zacatecas y no visite Las Quince Letras y cante con Los Rurales, es como si no hubiera venido, dicen. Pero hoy, quien venga, no los escuchará porque la pandemia los ha callado.

La voz conocida
tras el teléfono
Al tercer timbrazo contestó una voz de mujer. “¿Se encuentra don Alfonso Márquez?”, pregunté. Y a los pocos segundos, Ponchito, como de cariño le dicen, estaba tras la bocina y una de las voces más conocidas quizá de la vida nocturna en la capital se escuchó. Le dije que era un reportero de La Jornada Zacatecas y queríamos saber cómo estaban, pues hace casi dos meses que la cantina cerró debido a la contingencia y nos gustaría entrevistarlos. Me dio la hora y la dirección de su casa donde nos esperaba al día siguiente.

Tras un malentendido con el GPS y la guía de voz española, llegamos minutos después de la hora acordada a la casa de don Alfonso Márquez, el bajista del dueto Los Rurales, de Las Quince Letras, asentada en un barrio obrero de la capital donde parecía que la gente ignora la pandemia y su Fase 3, pues la formación a las afueras de una carnicería era tan larga como una noche cualquiera antes de la cuarentena.

Nos abrió la puerta el bajista. Tanto tiempo sin verlo, pensamos. Bajo la tejana color café se asomaron apenas los ojos del rostro tan conocido que, sin embargo, en esta ocasión, era cubierto casi en su totalidad por un cubrebocas azul. Pero estaba ahí, con camisa a cuadros grises con vivos rojos, su pantalón vaquero y botas. Ya dentro nos esperaba también don Tadeo, el acordeonista, que al igual que su hermano, vestía a la usanza norteña, con la infaltable tejana, pero también con la mitad de su rostro bajo la mascarilla médica que se ha vuelto común en los últimos días. Los Rurales estaban frente a nosotros, silencio norteño en tiempos de pandemia.

“Ya no hubo chance de tocar. Llegó la poli y pa’ afuera. Llegó la Guardia Nacional, la Estatal y los soldados. Pos ya pa qué. Vámonos luego, luego”, dice Alfonso Márquez recordando lo que sucedió el último día que pudieron estar dentro de la cantina, allá por el ahora lejano 20 de marzo, cuando mediante un reporte se le notificó a la autoridad que Las Quince Letras no estaban atendiendo las medidas sanitarias, pero argumentan, nadie les había notificado nada.

“Como quiera que sea, ahí ya fueron 18 años tocando”, suelta por su parte Tadeo y la piel se eriza, porque el comentario suena como si la vida no volviera en un futuro, a ser la misma. “Gracias a Dios y a todos ustedes –continúa-. Todo mundo nos tendió la mano ahí. Nos hicieron hacer otras exploraciones, porque nosotros nunca nos habíamos parado frente a unas cámaras de televisión. Ahora qué hacemos. Sobre todo, contábamos con el apoyo y el cariño de la gente. Y nosotros respetamos mucho a la gente”.

“Estamos muy agradecidos. Trabajamos muchos años y chillábamos bien, a gusto. Ya nomás de repente vino el parón”, hace la segunda, como acostumbra, Alfonso. Y es ahí cuando se entiende que en su concepción habrá un antes y un después en su labor, debido a la pandemia, pues en 18 años de estar tocando en la cantina más famosa de la ciudad jamás habían dejado de hacerlo salvo los domingos, el día que Las Quince Letras no abre sus puertas y, por ende, significa para ellos la jornada de descanso.

“Como quiera que sea, salía más o menos una cantidad, pero pos hay que ver que en un hogar son muchos los gastos. Realmente uno nunca tiene un guardadito en un banco y nada, entonces llegó eso y ¡zaz!, ahora qué hacemos”, se pregunta el acordeonista con un dejo de nostalgia y preocupación. Y es que, nos cuenta Alfonso, Los Rurales no tienen otro trabajo más que su voz para Las Quince Letras y quizá esta semana sea la última en la que aún haya algo en el “cochinito”, pero ya no más.

Como sea, comenta el dueto, han tratado de salir adelante. A Tadeo, sus hijos le “han dado la mano” para salir “al pasito”. Pero se vienen los gastos del agua, la luz, el teléfono y “sabe qué tantas cosas”. El gas, menciona también, pero dice que mejor ese ni se lo recordemos porque apenas se acaba de bañar “bien a gusto”. A su hermano también le ha ayudado su única hija, de profesión psicóloga según consta la fotografía de graduación que cuelga de uno de sus muros. “Mi yerno y ella, los dos ahorita están al pendiente de nosotros”, dice.

Y es que la pandemia del nuevo Coronavirus (Covid-19) no solamente ha menguado la salud de aquellos sectores más vulnerables, sino que también ha afectado en lo económico, pues conforme pasan los días y la Jornada Nacional de Sana Distancia se extiende, el cinturón de los gastos parece que ya no tiene más capacidad para seguir apretándose. Y en el caso de Los Rurales las pérdidas también son considerables, pues trabajan más de 20 horas a la semana tocando y cantando, con ganancias disímiles, pero seguras, pues la canción cuesta 30 pesos, y el mezcal sabe mejor con sal, limón y unas cuantas historias norteñas.

“Yo tengo ya 77 años. En septiembre me echo mis 78 – dice Tadeo riéndose, para agregar-. La carrocería no se ve, pero adentro quién sabe. Entonces hay que ir al seguro por medicamento, hay que ir a atenderse uno. Pero ahora el problema es este, de dónde saca uno algo de dinero para poder ir a consulta, pues tienes que contratar un taxi. Y ahora estamos al pendiente de esto por si hay que correr a urgencias. Esos también son gastos que sí los tenía previstos, pero ahorita ya no hay con qué y estamos batallándole. Pero nosotros esperamos que pronto pase esto y que sigamos adelante con nuestra profesión”.

Los músicos mencionan que no esperaban que fuera a llegar tan fuerte esta pandemia, pero al ver tanta gente que está muriendo diario todavía, no les queda otra más que cuidarse. “¿Se imagina estar uno al pendiente de su profesión y de repente que te corten el hilito? Se siente uno triste”, dice Tadeo. Pues la rutina les ha cambiado drásticamente y a pesar de que hay días en que no se gana mucho debido a la poca clientela, siempre “bendito sea Dios”, trabajan “muy a gusto”.

“Dios me dio licencia de
hacerle su corridito”
Los hermanos Márquez dicen estar muy agradecidos con la familia Llamas, pues los dueños, “que en paz descansen” los invitaron a trabajar y lo han hecho muy en paz. “Así como nos han respetado a nosotros, nosotros los respetamos a ellos y los estimamos. Aníbal es muy buena persona, nos ha tendido la mano”.

El cariño y respeto que sienten Los Rurales por Las Quince Letras se demostró cuando compusieron el corrido de la cantina, una canción larga de más de seis minutos que era, a decir de los músicos, la ilusión de Don Aníbal Llamas. Por lo que Alfonso, aprovechando también la oportunidad que les brindaron los empresarios radiofónicos Juan y Alejandro Enríquez de grabar un disco, compuso el corrido.

“Dios me dio licencia de hacerle su corridito y se lo cantamos, y a Don Aníbal y Doña Otilia les gustó mucho. Y hay varios corridos que he hecho y en los que miento Las Quince Letras y los clientes me los piden”, dice Alfonso, a lo que Tadeo agrega que cuando los invitaron a hacer el disco, grabar el corrido “era la tirada” y “gracias a Dios, dimos otro pasito dentro de la sociedad”, pues eso les conllevó a que gente “muy respetable” los invitara a tocar a sus casas, que son de las cosas más bonitas que les ha dejado su profesión. “Por eso ahora que llegó esta cosa y lo sentimos, nomás damos vueltas pensando a ver qué hacemos. Llegan las 8 de la noche y pos ya no vamos a ningún lado”.

En el encierro, Alfonso afirma que sí se ha aburrido, pero se ha puesto a leer y ver la tele. “Me gusta leer historia. Leí un libro que se llama ‘Tres hombres escribieron el mundo’, me gustó mucho. Está muy bueno” ¿Por qué le gusta la historia?, pregunto. “En primer lugar me siento parte de eso, me incluyo y me emociono mucho al saber algo que uno no conoce. Me pongo a leer un poquito aquí y un poquito allá, de todo un poco”, contesta.

Por su parte, Tadeo aprovecha el encierro para desempolvar sus discos, su memoria musical y por qué no, repasar las canciones, historias y corridos que las noches de los últimos 18 años han salido de su boca. “A mí me gusta leer, pero luego me canso. Yo ahí tengo un tiradero de discos, me gusta oír la música de nuestro género, de conjuntos como Los Alegres de Terán, Los Tigres del Norte, Lalo Mora; de todos esos me gusta oír. Y me acuerdo de cuando yo empezaba y me trae muchos recuerdos”.

Tadeo fue el hermano mayor deseado para Alfonso, el que le enseñó los primeros tonos en el bajo sexto. Pero antes, lo invitó a cantar y tocar la tarola en antiguos conjuntos, hasta que llegó el momento de tomar el bajo que tenía, y se dio.

“Nuestra trayectoria dentro de la música ha sido al pasito, y nunca de los nunca hemos dicho que vamos a imitar a alguien. Ese disco que anda y por ahí suena todavía, es de Los Rurales y somos nosotros. No imitamos absolutamente a nadie. Que está mal hecho y que no les gusta, pues ni modo, somos nosotros, qué nos ganaríamos con imitar”, dice, el acordeonista.

“Sí hay por ahí dos o tres cositas que nos distinguen, porque como dice mi hermano, no copiamos a nadie. Esa es una, y la segunda es que yo compongo corridos propios y la gente nos procura. Compuse también el Corrido del Gallito, de una cantina muy famosa que estaba en el Laberinto. De ahí, del Gallito salieron muchos clientes, les decían los galleros; como Poncho López Monreal o Antonio Pintor, a quien la canté 15 días antes de que se muriera, la de Indita Mía y el corrido de Valentín de la Sierra que le gustaba mucho. Estamos muy contentos de conocer muchas personalidades, que ya aunque se fueron unos, nos dejaron recuerdos”.

“Yo pienso que esto, ya
sólo muerto lo deja uno”
El conocer a personalidades, a artistas de diversas disciplinas, es de las cosas agradables que destacan Los Rurales. Anécdotas desagradables no hay, aseguran. Tristes, posiblemente, como la que viven ahora por la razón de que no pueden salir a ofrecer su trabajo, el cual, se observa, les apasiona sobre manera, pues hasta el dolor que sienten los clientes al cantar algunas canciones ellos lo asumen como propio: “son puros trancazos bien bonitos y se siente bien suave”, menciona Tadeo.

“No hay novedad”, “Flor de capomo”, “Amores fingidos”, “Tragos amargos” y “Eslabón por eslabón”, son sólo algunas de sus canciones favoritas, además de que son las clásicas, “las que rifan” y las que piden las personas que los contratan. “A la gente le gusta y qué hace uno. Lo más bonito es que son muchos aplausos y fotos después. Muy bonito que nos la llevamos. Yo pienso que esto, ya sólo muerto lo deja uno”, reflexiona Tadeo con la mirada dirigida hacia un punto incierto, mientras se acomoda el cubrebocas.

A la reflexión de su hermano, Alfonso agrega que de todos modos “ahorita en la actualidad”, ya dónde le dan “chambita” con la edad que tiene, pues ya son 68 años, por lo que al ya no haber cupo se tiene que defender con lo que aprendió de joven. “Hasta donde tope en la vida”.

¿Extrañan tocar? Pregunto luego de sus aseveraciones que más bien son poesía de vida, como la de los enormes personajes que creó el escritor Luis Humberto Crosthwaite para su novela “Idos de la mente”, inspirados en Cornelio Reyna y Ramón Ayala, a los que de vez en vez recuerdo durante la entrevista al ver frente a nosotros a ese dueto de músicos apasionados y agradecidos con lo que la vida les ha regalado entre los trastes de un bajo sexto y el brillo de un acordeón.

“Sí, cómo no –responde Tadeo alargando el sonido de la última vocal-. Es más, yo anoche me estaba soñando que había unas personas, que en mi vida he visto, con las que íbamos a tocar allá por el Callejón de los perros. Íbamos a tocarles una serenata él y yo –dice apuntando a su hermano- pero ahí nos perdíamos”. Tadeo agrega que también extraña su acordeón, al que nada más limpia a cada rato, pero sin practicar.

“Sí, cómo no –responde también Alfonso -. Extraño a la gente de la cantina. Como nos impusimos ahí en Las Quince Letras, ya es una rutina. Yo todavía no me puedo dormir temprano. No. A las 12 o a la una me duermo, según mi rutina”. A diferencia de su hermano, Alfonso sí ha tocado su bajo sexto que cuelga de una pared en la sala, pues adelanta que está preparándole unos “versitos” a un amigo.

¿Qué es lo que más ansían Los Rurales por el momento? Vuelvo a preguntar, y es Alfonso el primero que contesta luego de un breve silencio. “Yo en lo particular, que ya se acabara la pandemia para poder comenzar a tocar. Para ya irnos a Las Quince Letras. Esperar la llamada de mi amigo Aníbal, que es muy buena persona y que sabrá Dios cómo le esté haciendo, pues tiene como ocho o diez trabajadores y el tiempo ya cala, ya empieza a resentirse”.

“Yo también ya quiero que se termine esta cosa para poder ejercer nuestra profesión e ir a nuestro lugar. Porque realmente no se pueden muchas cosas, como le digo, yo no estoy impuesto a estar en la casa, yo necesito que me maltraten si por mí fuera. También quiero ver a todas las personas que nos han apoyado, los extrañamos y esperamos que ya terminándose esto pronto nos veamos”, responde por su parte Tadeo.

Antes de despedirnos y luego de los retratos de Los Rurales en tiempos de pandemia, de los deseos compartidos por el fin inmediato de la cuarentena y la activación de la vida normal, lo que eso signifique, de camino a la puerta Don Alfonso nos pide que por favor le digamos a la gente que ya los extrañan, y que a pesar de que la economía pesa ya, saben que hay que cuidarse y esperar a que esto pasa para volver a tocar.

Los Rurales, nombre que escogieron en honor a la memoria de su padre, un campesino de Villanueva, se han convertido en personajes imprescindibles de la cultura popular de la capital zacatecana; en figuras infaltables de la vida nocturna, cantinera. En “Las Quince”, como la economía de la palabra ha bautizado a la cantina, duele el silencio cuando no se escuchan sus acordes, los cuales seguramente volverán a inundar el salón cuando termine la cuarentena, porque Tadeo y Alfonso Márquez así lo desean, porque si de volver a nacer se trata, ellos quieren hacer lo mismo, ¡cómo no!

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