Las catástrofes y los hongos del mal

Las catástrofes y los hongos del mal

Una catástrofe se define como la abrupta o enérgica interrupción de la cotidianeidad. Lo cual puede ocurrir por un movimiento telúrico, inundación, sequía o una epidemia. La interrupción de la cotidianeidad, si es algo prolongada, genera en cadena una serie de efectos secundarios que en algunos casos pueden ser igual o peor que el motivo primario de la catástrofe. Entre los efectos secundarios están tanto el manejo de la catástrofe por las autoridades responsables del momento como la reacción social a la misma. De tal manera que puede haber microcatástrofes dentro de los eventos aciagos primarios.

En todos los casos hay un elemento que determina los comportamientos que retroalimentan los procesos catastróficos: es como el sonido que regresa al micrófono y enturbia aún más la atmósfera auditiva. Ese elemento es el miedo que, en la retroalimentación viciosa, genera pánico. El miedo normal es bueno, tiene la función de hacernos reaccionar ante un peligro o riesgo: si ve venir un perro bravo se quita de ahí o si siente que el barco se hunde reacciona para ponerse a salvo. Eso es, digamos, un miedo bueno. Ese miedo provoca la segregación de adrenalina que, a su vez, sirve para activar el cuerpo y ponerse en acción a fin de salvarse del peligro. Sin embargo, existe el miedo malo o vicioso, el llamado ‘pánico’. Este último genera comportamientos que resultan perturbadores a la estabilidad de la atmósfera social. El pánico bloquea las capacidades racionales y, por ello, consigue los resultados inversos que pretende. Por ejemplo, las personas van y vacían los anaqueles generando desabasto y alteración de precios. Es decir, el individuo con pánico se obsesiona con su inmediatez destruyendo las condiciones generales, cuando justamente lo que hay que cuidar son estas últimas.

Una catástrofe ya es una forma del mal, que se llama ‘maleficio’ porque es una cosa no-moral (mecanismos naturales) que hace sufrir a las personas, pero da chance a la ‘malicia’, el mal en los actos de la voluntad. La malicia crea una serie de iniciativas para convencer a la población de que los virus no existen, sino que son formas de una estrafalaria conspiración, o que el virus es de menor preocupación que los daños a la economía, y por eso debemos mejor abandonar las recetas sanitarias para evitar el decrecimiento económico. La malicia lleva a la ‘malignidad’, esto es, arrastrar a formas de reproducción del mal a muchas otras personas. Las catástrofes, pues, reproducen los diversos tipos de males humanos como hongos. Así las cosas, observamos la necesidad de preparar a la sociedad para enfrentar con virtud las catástrofes, y esa preparación es por un lado emocional y por otro intelectivo. La preparación moral no es algo que tenga que ver con ‘el buen corazón’, sino con la capacidad de visión. Los ingenuos-buenos caen fácilmente en manos de la malicia de aquellos que difunden conspiraciones. El elemento clave para romper la reproducción de los males de la malicia, es la capacidad de discernimiento, y una sociedad con poco de esto, es vulnerable a ser infectado por los hongos del mal.

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