Erizos en Los Pinos (y Palacio)

Erizos en Los Pinos (y Palacio)

El zorro sabe muchas cosas; el erizo sabe una sola, pero grande.
Artíloco de Paros.

John Lewis, profesor de la Universidad de Yale, comienza su texto Grandes Estrategias, con el relato de Jerjes, rey de los persas, cruzando el Helesponto, y de ahí se abre a una interesante descripción del carácter de las personas (sean éstas, intelectuales, líderes, etc.) a partir de la lógica de Isaiah Berlin, de su texto, El zorro y el erizo. Lewis pasa rápidamente al texto de Philip E. Tetlock, Expert Political Judgment, para llegar a una definición más o menos clara de ambas personalidades. Los erizos, según este recorrido que hace el catedrático de Yale, son firmes en sus convicciones, como lo dice el verso de Artíloco: solo saben una cosa, pero grande, tan grande es, cuando menos en su interior, que, en palabras de Berlín, lo relacionan todo con un único planteamiento capital, son a su vez, pasando al análisis de Tetlock, atractivos para las masas, pero siempre terminan entrampándose. Son también, poco dados a la autocrítica y la crítica: tan grande es lo único que saben, que se niegan a cuestionarlo siquiera. Los zorros, en cambio, siguiendo las anteriores cadenas de razonamiento, saben muchas cosas; para Berlin, persiguen muchos fines, a menudo no relacionados entre sí, a menudo contradictorios; para Tetlock, aceptan la crítica y matizan sus propias ideas, éstos son, sin embargo, aburridos, en exceso prudentes, a tal grado que el público termina aburriéndose de ellos.

Es inevitable pensar, qué tipo de líderes han sido nuestros presidentes anteriores y el actual: zorros o erizos. Me decanto por pensar que, hasta antes de convertirse en el papel que los inscribirá en la historia, suelen ser zorros, adaptándose, siendo flexibles y sensibles al contexto y sus cambios. Sin embargo, una vez en Palacio (sea viviendo o atendiendo), pasan rápidamente a ser erizos. Empecemos por el hoy presidente, quien por su consistencia y constancia, así como su capacidad para construir un mensaje que pusiera todo el descontento de la ciudadanía en una idea tan simple, pero a la vez tan esperanzadora como lo era acabar con la corrupción, trayendo con ello un progreso inevitable por imposible en la historia del país, no solo lo llevaron a la presidencia, antes le permitieron sobrevivir en un mundo en el que los liderazgos desaparecen casi tan pronto como se suben al escenario político. Sin embargo, esas mismas características, que sin duda lo mantendrán en la historia, lo están llevando demasiado rápido hacia sus páginas, sin convertirse en el líder que el momento requiere: uno cuya capacidad para la autocrítica y la transformación de sí mismo, le permita salvar el momento, su historia y la historia misma de su gobierno. López Obrador no solo ha sido necio y reacio a modificar su agenda, sus estrategias y visión para enfrentar la problemática que, antes, tan bien diagnosticó a oídos de millones de mexicanos. Esto hoy tiene al país en la víspera de la mayor crisis del siglo.

Quizá su única diferencia es que ya no habita en Los Pinos, sino en Palacio Nacional. Los erizos ya no habitan en Los Pinos, pero nos siguen gobernando. Podemos recorrer la historia reciente del país y percatarnos de la inmovilidad del erizo. Según una interpretación laxa y simplista que me permitiré hacer en este texto (con tal de no entretenerse demasiado en ella), una sola convicción rodeó a nuestros presidentes y de ella da cuenta hoy la historia, con sus innegables logros e inevitables costos: a Cárdenas la justicia social y construcción del régimen; a Camacho la estabilidad del régimen a partir de la reconciliación; a Alemán la modernización del país; a Ruiz Cortines la honestidad; a López Mateos darle un respiro al sistema a través de cierta idea de justicia social; a Díaz Ordaz la rigidez del derecho y la supremacía del Estado; a Echeverría la reconciliación (otra vez) y la popularidad; a López Portillo la recuperación y la reforma; a De la Madrid conservar y equilibrar; a Salinas modernizar (otra vez); a Zedillo salvar y reformar (otra vez); a Fox el cambio, cualquier cosa que eso significara; a Calderón la legitimidad a través de la seguridad (o in); y a Peña Nieto, reformar y modernizar (sí, otra vez).

Ninguno de ellos cambió su objetivo, sino los medios; trasformaron, o fracasaron intentándolo, las instituciones, las conductas de la clase política y la historia del país. Nuestros erizos solo saben una cosa, pero es tan grande, que es inevitable, incambiable. Quizá antes ser erizo, fortalecía un sistema que, por duro, vacilaba poco, un mundo en construcción tampoco exigía alternativas. Hoy en cambio, el mundo exige la sabiduría y convicción de los erizos con la flexibilidad y rapidez de los zorros.

@CarlosETorres_

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