Niña “bonita”

Niña “bonita”

Cuando el maquillaje y combinaciones llamativas de ropa comenzaron a interesarme –siendo casi adulta-, me felicité a mí misma innumerables veces. También me reproché, como venía haciéndolo desde que entré en la adolescencia: ¿por qué no antes?

Probablemente la cosa que marcó en mayor medida mi adolescencia fue, precisamente, la exigencia constante de emular a una mujer adulta. Tenía yo 11 años cuando los reclamos comenzaron. Reproches constantes por la falta de maquillaje, esmalte de uñas, moños de pelo y “ropa femenina” en mis prioridades. Todo era reprobable: mi tono de voz debería ser más agudo para agradar a los muchachos y mis medidas corporales menores, según los hombres adultos de mi familia.

La eterna amenaza siempre fue que los muchachos no me querrían; la ansiada aprobación masculina. La falta de interés por los brillos labiales era equiparable ya a la falta de interés por el autocuidado.

Las mujeres con las que he hablado al respecto coincidimos en que todo eso nos hizo sufrir. Sufríamos por la aseveración de nuestra poca valía si no cumplíamos con lo que se nos exigía y porque se nos exigía algo que no nos interesaba: porque éramos niñas.

Ahora vuelvo la vista hacia las niñas y adolescentes de mi familia, a las que circulan en las calles y a las que aparecen en los medios masivos de comunicación. No lucen como lo que son: niñas creciendo. Lucen como –algunas- jóvenes veinteañeras, mujeres adultas. Tampoco el comportamiento es el propio de alguien de la edad.

Las exigencias familiares, sociales y mediáticas les exigen, las animan y las premian por comenzar a comportarse y a lucir como adultas a edades cada vez más tempranas. La hipersexualización está a la orden del día. Cualquier comportamiento contrario a la norma es castigado inmediatamente con burlas, chantajes y comparaciones malintencionadas. Si bien eso estará presente todas sus vidas –y cómo mujeres lo sabemos-, es todavía peor que cada vez comience a edades más cortas.

Y en ese afán de acelerar los procesos del crecimiento y el desarrollo a ritmos vertiginosos y dañinos, se obliga a las niñas y adolescentes a cumplir con estándares de belleza y pautas de comportamiento dolorosos, idealizados, sexistas y blanqueados.

A las niñas las obligamos a hacer una transición a la vida adulta para la que no están preparadas psicológicamente, es entonces que se forjan autoestimas con base en estándares superficiales e inalcanzables, asociando la valía humana con la belleza física. Se les obliga a cumplir con estereotipos, a interpretar papeles y roles que no entienden y que no deberían ser obligatorios.

La sexualidad que sí es inherente a las distintas etapas del desarrollo se demoniza y se niega el acceso al derecho a una educación sexual integral y laica para un ejercicio pleno y consciente de la misma. Las consecuencias son palpables: trastornos alimenticios, embarazo adolescente, niveles de frustración altísimos e ideas erróneas sobre la belleza, el amor y el sexo.

Todo esto se nutre desde juegos virtuales “para niñas” hasta series como Princesitas del canal televisivo estadounidense TLC y por supuesto, pasando por plataformas como PornHub que lucran con violaciones infantiles. El capital y sus medios utilizan los cuerpos de las mujeres desde su primera infancia para lucrar con ellos.

La familia también hace su chamba. ¿Por qué preguntamos a los niños desde los cuatro años si ya tienen pareja sentimental? ¿Por qué el primer juguete de las niñas son “las pinturitas”?

Convertir a las niñas y adolescentes en prototipos de la belleza y feminidad que promueve la norma blanqueada y capitalista es obligarlas a asumir su condición de objeto sexual, es condenarlas a ser adultas con baja autoestima y es, ante todo, un abuso y cosificación terrible desde la primera infancia. ■

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