La enfermedad de las mujeres

La enfermedad de las mujeres

El diccionario de la Real Academia Española define Mujer, del lat. Mulier, eris:
1. f. Persona del sexo femenino.
2. f. mujer que tiene las cualidades consideradas femeninas por excelencia. ¡Esa sí que
es una mujer!
3. Esposa o pareja femenina habitual, con relación al otro miembro de la pareja.
Y femenino, na. Del lat. feminīnus.
1. adj. Perteneciente o relativo a la mujer. La categoría femenina del torneo.
2. adj. Propio de la mujer o que posee características atribuidas a ella. Gesto, vestuario femenino.
3. adj. Dicho de un ser: Dotado de órganos para ser fecundado.

Que se defina a la mujer como un ser dotado de órganos para ser fecundado demuestra que se le define a partir del agente que fecunda y que además se le define como un objeto pasivo. El lenguaje tiene siempre un referente, y la forma en la que se nombra como x o y a cualquier objeto del mundo tiene además una intención; la intención de nombrarnos pasivamente ha sido invisibilizarnos a lo largo de la historia.

La historia ha sido contada por el lado masculino que habita el mundo cuyo lenguaje fue hecho también por ellos; por eso, cuando las mujeres empezaron a reclamar su visibilidad en él, los hombres contestaron: las nombramos cuando nos nombramos a nosotros, están incluidas en el sustantivo masculino. Pero cada vez somos más las mujeres que reclamamos una visibilidad en el lenguaje; el lenguaje refiere lo que habita en el mundo, y nosotras lo habitamos, somos la mitad de él.

¿Qué significa entonces ser mujer? Al definirnos como seres dotados de órganos para ser fecundados, los académicos se refieren a nuestra potencialidad biológica, es decir, ser madres; pero esta potencialidad tiene más matices de los que dicha definición plantea. Habitamos el mundo con un cuerpo, y con este cuerpo aprehendemos todo a nuestro alrededor, en palabras de Beauvoir “la presencia en el mundo implica rigurosamente la posición de un cuerpo que sea, a la vez, una cosa del mundo y un punto de vista sobre ese mundo”. Pues bien ¿qué significa habitar el mundo en un cuerpo de hembra humana? Significa que fisiológicamente nos conforma un útero y ovarios que adaptan nuestro cuerpo a las condiciones de gestación y parto. El ciclo menstrual de la mujer está regulado por los cambios en el nivel de ciertas hormonas presentes en la sangre. Dos de estas hormonas (el estrógeno y la progesterona) desempeñan una función muy importante en el ciclo menstrual. Estas hormonas se producen en los ovarios (donde residen los óvulos). Las hormonas ayudan a preparar el útero para el embarazo. Al principio del ciclo, los ovarios producen estrógeno. En consecuencia, uno de los ovarios libera un óvulo, lo cual a su vez provoca la producción de progesterona. El óvulo se desplaza a través de la trompa uterina hasta llegar al útero, donde, si es fecundado, la mujer queda embarazada. Si no hay fecundación, el óvulo se expulsa junto con la mucosa uterina. El sangrado que se produce se conoce como menstruación. Es muy común que la menstruación sea acompañada de un proceso doloroso: fatiga, cólicos, mareo, cansancio -en menor o mayor medida- debido a que en este período se experimenta del modo más penoso -en palabras de Beauvoir- que nuestro cuerpo es una cosa opaca que nos es enajenada; se siente presa de una vida obstinada y externa, que cada mes hace y deshace en ella una cuna; cada mes, un niño se prepara para nacer, y aborta en el naufragio de los encajes rojos.

A los hechos biológicos se le añaden juicios sociales, culturales, políticos y económicos; la menstruación históricamente ha sido un acontecimiento oculto, miles de comerciales han disfrazado sangre por fluidos azules, mujeres en vestidos blancos en medio de campos de manzanilla, mostrando la pureza de sus cuerpos al no tener manchas de sangre en la entrepierna, mujeres a las que el útero no les duele, preguntas a escondidas sobre si una mancha rojiza se dibuja en las pompas, no sea que delate el secreto que llevamos. Ha sido además un acontecimiento emocionalmente minimizado y emocionalmente caricaturizado: las mujeres somos histéricas en nuestro período menstrual, y es este mismo período el que nos impide dar juicios certeros y objetivos, nos lleva al borde de la exageración y la intolerancia.

Este proceso produce una subjetividad que nos hace sentir y habitar el mundo de diferente manera; subjetividad que además se da como un shock emocional: un día de pronto descubres una mancha marrón en tus pantaletas y te dicen que has dejado de ser una niña, y con el paso de los años descubres que no puedes negar tu potencialidad creadora, que esa misma potencialidad te hace sentir ajena a ti misma. Con ello, no reducimos el ser mujer a un ser menstruante, pues ser mujer adquiere también muchos matices históricos, culturales, políticos, sociales y económicos, y tenemos claro que -debido también a causas fisiológicas- no todas las mujeres menstrúan, o por lo menos, no de manera regular, no queremos establecer un parámetro de medición sobre ser mujer, no creemos tampoco que esta condición fisiológica nos determine como mujeres, pero sí afirmamos que sabernos seres potencialmente gestantes y el proceso de menstruación producen una subjetividad individual y colectiva, que reconocer a la otra con la misma potencialidad nos permite sabernos iguales.

Además, es esta potencialidad el origen de la opresión estructural de la mujer, puesto que la labor de gestación, crianza y cuidado no ha producido nunca riqueza tras de sí, el sistema patriarcal nos ha hecho creer en la figura de la mujer-madre abnegada, donde la única recompensa que esperamos de toda esta labor, es el amor incondicional de nuestra progenie, y que, además, históricamente nos ha confinado al hogar. Por ello, el feminismo nace de la necesidad de emanciparnos de este fetiche femenino, que ha sido por mucho tiempo el yugo de nuestra opresión, manteniéndonos en las sombras del sistema.

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