El Covid-19 es un virus clasista

El Covid-19 es un virus clasista

El vehículo favorito del coronavirus (Covid-19) es el avión. Desde Wuhan viajó sin pedir permiso al resto del mundo: 243 mil casos en 170 países y casi 10 mil muertes en unos cuantos meses.

Arribó primero al resto de Asia, a Europa, Oceanía y a América por vía aérea, y poco a poco va invadiendo la geografía planetaria, comunidad por comunidad, por su recorrido terrestre.

Portaron primero el virus quienes por negocio o por placer movieron al bicho. Aquí la razón del clasismo: Fuera de China, el Covid-19 aterrizó en el penthouse de cada sociedad y luego rodó implacable por las escaleras que conducen hacia el primer piso.

Las primeras víctimas son aquellas personas que la cigüeña privilegió por su condición socioeconómica.

El patrón de contagio en México imita esta lógica de la pandemia. En primera instancia fueron contagiados en Italia, en Vail, o en Nueva York quienes luego trajeron al país el virus.

Tienen como ventaja los privilegiados, si así puede llamárseles, aquellas víctimas que acudieron al sistema de salud más caro.

La prueba del Covid-19, aunque costosa, ha estado disponible para ellas en las clínicas y hospitales a las que normalmente acude la élite. Los mejores tratamientos y cuidados se pueden obtener en México cuando no se depende de la seguridad social.

Según los reportes oficiales se encuentran en situación grave, o ya han perdido la vida, aquellos individuos infectados cuyo patrimonio personal los protegió, de alguna manera, frente a la crisis.

Al 17 de marzo 53 casos de coronavirus fueron reportados en la Ciudad de México, 25 en Monterrey y 27 en Jalisco. Las regiones más globalizadas son las más afectadas. Ciertamente la fase de importación del bicho tiene que ver con las poblaciones conectadas, vía aérea, con el resto del mundo.

En los días que vienen, del penthouse social comenzará a descender la pandemia hacia los pisos inferiores. La segunda y la tercera etapas del coronavirus –diseminación y epidemia– ocurrirán en los niveles socioeconómicamente menos protegidos.

La cúspide de la pirámide social mexicana cuenta con ingresos promedio, por familia, encima de los 60 mil pesos mensuales.

Enfrentar la crisis con esa defensa inmunológica, provista por el patrimonio individual, es circunstancia distinta que hacerlo con 2 mil 500 pesos mensuales, por familia, que es la realidad de quienes viven en el sótano del edificio nacional.

Mientras en el penthouse de nuestra sociedad cada mexicano cuenta con alrededor de 16 mil pesos mensuales, a ras del suelo mexicano cada individuo –adulto, joven o niño– apenas rosa el ingreso de los 675 pesos por mes.

En esta coordenada radica la particularidad mexicana de la pandemia.

Hay, en efecto, aspectos muy preocupantes de la fuerza de gravedad con que aterrizará el covid-19 en nuestra sociedad.

De cada 10 personas responsables de llevar ingresos a casa, seis no cuentan con un empleo protegido por la seguridad social. No tienen acceso al IMSS, al ISSTE o a cualquier otro de los sistemas ligados a las prestaciones sociales que protegen de una mala eventualidad sanitaria.

El antiguo Seguro Popular, ahora Insabi, está lejos de blindar con eficiencia frente al látigo de la tragedia.

De ahí que una preocupación mayor sea atender a los más vulnerables, por su condición previa de salud, pero también por la fragilidad de su circunstancia económica.

Un número considerable de mexicanos susceptibles de verse agredidos por el virus en los primeros pisos de la pirámide cuentan sólo con los lazos de la familia para salir adelante.

Sin embargo, se trata de individuos cuyos proveedores materiales no tienen un salario estable ni dependen de patrones que vayan a reaccionar con solidaridad frente a su realidad.

Están contratados por unidades económicas que pueden prescindir de sus recursos humanos de la noche a la mañana. Les pagan por salarios asimilados, por honorarios o de plano por fuera del sistema formal.

Es ya noticia que cafeterías, restaurantes y tiendas de autoservicio han licenciado a su personal sin aportar el menor escudo económico para enfrentar la crisis.

El sector de la construcción no ha sido más fraterno. Está cancelando las rayas semanales hasta mejor aviso.

Igual actitud han tomado muchos patrones con sus trabajadoras del hogar. Con el pretexto de evitar contagio entre sus familias y las de sus empleadores, les están enviando a sus respectivas casas en lo que pasa el evento, con una mano adelante y otra atrás.

Los jornaleros agrícolas correrán presumiblemente la misma suerte. Apenas comience a disminuir la exportación de los productos agropecuarios más exitosos –tomate, aguacate, uvas o berries– estos trabajadores sufrirán el costo de las vacaciones forzadas y sin pago. Estos tres estamentos suman, más menos, 12 millones de personas trabajadoras que no contarán con recursos suficientes para atender a sus familias durante la peor fase de la pandemia.

Tanto o más grave es que el Estado no tenga dinero suficiente para compensar la injusticia.

Se suman entre las víctimas de la vulnerabilidad quienes trabajan para sectores como el del turismo o los restaurantes, y también aquellos individuos que laboran para la industria manufacturera de exportación, que sufrirán mucho cuando sus empleos sean considerados prescindibles.

El Covid-19 es clasista porque elige primero a los privilegiados y luego a los desposeídos. Y también porque los primeros cuentan con mejor circunstancia para defenderse en comparación con los segundos. ■

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