Comiditas

Comiditas
Lilian Wescott Hale (1881-1963). La niña y la muñeca.

La Gualdra 396 / Río de palabras

 

A la edad de 6 años era una niña alegre, normal, como cualquiera de mi edad. Al lado de nuestra casa vivía una vecina, una mujer de sesenta y tantos a quien se le acababa de morir la mamá. Era delgada y de piel blanca. De ojos saltones y risa chillona, pero de un momento a otro había dejado de reír. Caminaba con una andadera por un problema de cadera. No salía de su casa por temor a caerse y que nadie la ayudara a levantarse.

Dejó de ir a misa, la oía en la radio los domingos al mediodía. Lo sabía porque mi mamá me mandaba a su casa para preguntarle si se le ofrecía algo del mercado que teníamos a tres cuadras. Pasa, hija, siéntate. Su mirada cansada era más de amargura que de fatiga. No había mesa ni sillas, de modo que me senté en la cama. Ella se metió a otra habitación a buscar su monedero. Las paredes tenían varios hoyos de clavos. Se notaba que habían descolgado las fotos de la madre recién fallecida. El ropero estaba lleno de ropa hecha bolas. De pronto vi que el espejo reflejaba una mirada detrás de mí. Era una muñeca con el fleco cubriéndole la frente y dos coletas. Llevaba vestido y zapatos rojos. Estaba sentada recargada en la pared. Sobre las manos llevaba un platito con galletas. La anunciaban en la tele como «Comiditas».

Me levanté para ver el altar que tenía arriba del ropero. De nuevo en el espejo la muñeca me miraba. Me fui al otro extremo de la habitación y me seguía con la mirada. Para donde fuera no dejaba de mirarme. Me veía con esa sonrisa como de burla. Me agaché y su mirada bajó al suelo. Los ojos de esa muñeca parecían tener vida propia. Me asusté. Ya no quise sentarme en la cama. Me fui hacia la puerta cuando se oyeron los pasos de doña Tere. Volteé y venía sin la andadera, pero con un vestido rojo y se había hecho unas coletas. Traía una charola con galletas. Me miró de la misma forma que la muñeca y con una sonrisa como burlona dijo: Anda, hija, no quieres probar mis galletas.

La muñeca en la cama no dejaba de mirarme con esa sonrisa burlona. Salí apresuradamente de ahí. Corrí hacia la casa. Al entrar, mi madre me preguntó qué pasaba. Olvidé el asunto tan pronto como empecé a realizar mi tarea. Cuando mi mamá me llamó para comer vi a la muñeca sentada a la mesa. No dejaba de mirarme. Vino la vecina y dijo que te había gustado y te la regala. La muñeca, con esa sonrisa triunfante, me miraba despiadada y fría. No comí. Subí a mi cuarto y me quedé dormida. Al despertar, la muñeca ya estaba sentada a un lado de mí. Grité, no sé cuánto y aventé la muñeca al piso. Con su cara recargada en el suelo, me miraba y me ofrecía sus galletas. Se burlaba de mí.

 

 

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