Apuntes sobre ‘Bitácora de un desasosiego’ de David Castañeda

Apuntes sobre ‘Bitácora de un desasosiego’ de David Castañeda

La Gualdra 395 / Poesía / Libros

 

Una propiedad del texto poético es que puede leerse en distintas direcciones, en diferentes sentidos, sin que se elimine la apropiación de determinada experiencia, en cualquiera de los casos. El despiste puede sorprender al lector cuando éste intenta anticiparse al consumo metafórico de la palabra. Hay metáforas desgastadas como el “cuello” de una botella o las “patas” de una silla, el lenguaje es en sí mismo metafórico, la realidad poética también. En Bitácora de un desasosiego las expresiones poéticas se restituyen para configurar una atmósfera marítima, es decir, para reclamar su significado autóctono; por tanto, una “bitácora” no es solamente el registro (o los apuntes) del transcurrir de los días del poeta, sino también una herramienta náutica, una brújula contra el (inevitable) naufragio.

            Michel Foucault propone la construcción de un sujeto de conocimiento a través de la práctica de la ética de sí mismo. La meditación sobre la muerte -de la misma manera en que Séneca instruía a Lucilio- se convierte en la cúspide de esa hermenéutica o interpretación de la existencia. Bitácora de un desasosiego de David Castañeda se inaugura con la reflexión primordial de la existencia, el sabernos mortales, finitos, certidumbre que el poeta comparte con el filósofo. La premisa de la muerte es entonces el punto inicial de la filosofía y de la poética de Bitácora de un desasosiego. Ante el inexorable paso del tiempo y la conciencia de la muerte el poeta se aferra a la luz de la vida y va atrapando instantes que registra en la bitácora de su navegación. El poemario de David Castañeda transita entre claroscuros. La luz que ilumina la vista es señal de vida, la oscuridad testigo de la muerte: por ejemplo “quiero una última luz/ una linterna imprevista/ que pueda ver sin mis ojos/ cuando deambule ciego en el abismo”, en otro momento el poeta imagina qué dirán cuando sus hijos lo vean en el lecho de muerte: “qué sentirá ahora/ ¿le duele la mordedura del cielo/ la abominable negritud del cosmos?”. Aparte de los claroscuros que tiñen las páginas del poemario, las pinceladas de color que avivan las imágenes poéticas evocan también la playa, tenemos un tanque de oxígeno color “aguamarina”.

En la mitología griega Mnemosine era una titánide hija de Gea y Urano. Mnemosine fue madre de las nueve musas tras haberse unido durante nueve noches consecutivas con Zeus. Para Hesíodo eran los poetas quienes podían rememorar el pasado pues eran benefactores de Mnemosine, la memoria personificada, además de que tenían una relación directa con las musas. Nuestro poeta encuentra el desasosiego en el escurrir del tiempo y en el velo del olvido, sin embargo, ignora que ya es auspiciado por Mneomisne y las nueve musas, el tiempo ya está concentrado en sus versos. Preocupado por la fragilidad de la memoria, escribe: “la muerte tendrá mi cuerpo/ pero yo quiero todas sus imágenes/ en fin, aquellos lugares que ya no volveré a ver/ antes de ser devorado/ por la boca ominosa de la tierra”. El músico argentino Fito Páez canta en uno de sus temas “Hay recuerdos que no voy a borrar/ personas que no voy a olvidar/ silencios que prefiero callar”. La memoria de nuestro autor ya está grabada en la bitácora de su poesía, tendrá la certeza de que no olvidará la imagen de su padre que mira hacia la ventana y bebe mezcal, los recuerdos de las tardes en la playa junto a su mujer y su hija, la canción que los pescadores cantan para atraer a las tilapias, ni la fuerza vital de la labor de los infatigables albañiles.

La conciencia de la muerte no es sinónimo de existencialismo, a la manera simplista. Trae consigo un “amor fati” una aceptación de la vida con todos sus matices. En la religión de la antigua Grecia se denominaba como “Hybris” a la actitud humana hacia la exacerbación del ego y la prepotencia, condición en la que -por ejemplo- Prometeo cayó y fue castigado por ello; Job experimentó un sentimiento similar descrito en el Antiguo Testamento. La voluntad que encontramos -entre líneas en ocasiones y en otros poemas de manera explícita- en el libro de David Castañeda es la de abrazar la vida y todo lo que ella trae consigo. El compositor aguascalentense Armando Palomas declara en una de sus canciones “Nací maldito y sé que no es orgullo”.

Los poemas de Bitácora de un desasosiego están aderezados por arena, viento, sol y mar. No es difícil entonces encontrarnos con castillos de arena. Vemos desfilar una regadera vieja, un ángel bronceándose en la playa, gaviotas revoloteando buques, el boleto de un autobús a Oaxaca, columpios recién pintados, la venta de pollitos de colores, y mucha arena y mucho sol. A diferencia de la poesía mística, en estos poemas de David Castañeda prevalece un discurso a favor del cuerpo, cuerpo que a su vez es carne y es arena. Un castillo de arena nace en la mente y la emoción de un niño, después son edificados, el viento (y el tiempo) los corroen hasta derrumbarlos, es ahí cuando fenecen. La existencia humana pues, es un castillo de arena.

 

 

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