Seamos aprendices de brujos: Juan Gedovius

Seamos aprendices de brujos: Juan Gedovius
Juan Gedovius

La Gualdra 392 / Entrevistas / Artes visuales

 

Ante la oportunidad de platicar con el rockstar de la ilustración en México, Juan Gedovius, lo primero que se me ocurrió preguntarle fue si ése era su nombre real, pues siempre había creído que se trataba de un seudónimo nacido de una interpretación fonética de get the obvious derivado de la frase get the obvious out of the way (quitar lo obvio del camino). Para mi sorpresa, el aludido respondió lo siguiente:

 

Juan Gedovius: Ése es mi nombre, sí. Si fuera seudónimo sería especialmente retorcido. Pero sí, me llamo Juan Luis González Gedovius. Soy Juan Gedovius y me dedico a hacer libros para niños.

Maliyel Beverido: Ya sea como ilustrador, escritor o músico, siempre se dice de ti que eres autodidacta.

JG: Autodidacta, sí, porque en realidad nadie te enseña a hacer libros para niños. Y si bien yo estudié música en la Escuela Superior de Música, también eso lo aprendí como creo que se deben aprender todas las manifestaciones artísticas: haciéndolas, y no necesariamente en la escuela.

En el caso de los libros, pues, para empezar, me tocó ser como de quizás una tercera generación de ilustradores en México, me tocó estar entre estas personas que nos inventamos esta profesión. No había un referente anterior, los libros [para niños] se hacían en otros lados, y había que inventase cómo hacerlos desde aquí. Un equipo muy cercano aprendimos a ser editores adicionales, un gran descubrimiento que comenzó con este primer intento por hacer libros infantiles en el Fondo de Cultura Económica, a través de la colección A la orilla del viento.

 

MB: Pero ¿cómo fue que te iniciaste en la ilustración?

JG: ¿Cómo? Por accidente en realidad, pues no estaba dentro de las posibilidades, en ese momento no existía como profesión… si hoy día no existe como carrera… Todavía me sigo preguntando qué hay que estudiar para hacer libros.

A mí siempre me gustó dibujar. Hacía muchísimas cosas, estaba postulando para estudiar biología, que siempre me ha encantado, hacía museografía, estudiaba música, hacía laudería… un chorro de cosas, y de repente me dijeron “oye están necesitando ilustradores” y aunque no sabía bien de qué se trataba presenté una prueba, y quedé muy bien, les gustó. Entonces [el FCE] fue el único que apostó por hacer realmente libros infantiles, los que se encontraban siempre venían de España, de Estados Unidos, hasta de Colombia.

Estamos hablando de hace más o menos 25 años.

Y así… Como ilustradores nos acostumbran a que hay que ilustrar lo que escriben otros. Y estuvo bien durante dos o tres libros, y de repente, yo soy como inquieto natural, entonces empecé a preguntarme en qué momento voy a hacer…

 

MB: ¿Tu propia historia?

JG: No sólo mi propia historia: mis propios personajes. Yo tenía ganas de dibujar dinosaurios y monstruos y duendes y me estaba tocando hacer puros niños y niñas, y pues estaba bien pero no era lo que yo quería, en ese momento, sobre todo. Entonces vi que no tenía que pedir permiso a nadie para hacer algo, porque tampoco había como un camino muy trazado, muy cierto. Era hacerlo o no hacerlo.

Lo hice y tardó mucho en ser editado, uno porque yo estaba muy chavo, y por otro lado porque era una cosa diferente lo que yo estaba proponiendo. Ése fue Trucas, mi primer libro como autor.

Yo fui un pésimo lector, tuve dislexia toda mi infancia, me daba mucha pena leer. Entonces mi forma de hacer historias siempre fue a través de dibujos, por eso mi modo de abordar la lectura era diferente. Y ese diferente funcionó muy bien.

Ahí está el carácter autodidacta. No estudié pintura, o artes plásticas, mi formación era sobre todo musical. Pero siempre estuve literalmente batiéndome con los materiales, jugando con ellos. También eso pasó, que como nunca estuve dentro de las técnicas me permití abordar los materiales de otra manera, y eso me dio un modo único de hacer las cosas. A la larga fue muy bueno, me sacó del cubito en donde muchas veces te meten. Sin proponérmelo. Eso fue un poco como comencé a hacer esto.

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MB: Ahora, tú enseñas, das talleres y cursos y seminarios ¿por qué? ¿Tú tomarías uno de tus cursos?

JG: A mí me hubiera gustado tener a alguien que me dijera “por aquí”. Que sí lo tuve, pero me refiero más como esta suerte cada vez más rara del aprendiz de brujo, encontrar alguna especie de padrino, o padre místico o gurú, al que eventualmente le gustes como aprendiz.

Creo que eso se ha perdido mucho. Ahora, por estar hurgando en lugares que no tienen nada qué decir, producto de esta modernidad ociosa donde todo debiera tener como pasos muy delimitados, una más de las tantas burocracias que nos envuelven, dejamos el todo por lo menos. Siempre he pensado que si uno tiene algo por lo que brillar, sobre todo en estas disciplinas artísticas, pues brillas.

Sí, las técnicas te van a enseñar, pero muchas veces lo que verdaderamente necesitamos es un empujón, y me ha tocado ver cómo desafortunadamente en muchas instituciones, el tipo de programas, o hasta los maestros, lo que han hecho es desilusionar a sus alumnos en vez de empujarlos. Incluso por envidia; es muy común encontrar maestros que están enseñando porque no la armaron… lo cual es terrible, porque entonces se convierten en enemigos del objetivo.

No fue raro para mí toparme con personas que no brillaron en un ambiente profesional y entonces no les quedó, y lo digo entre comillas, más que dar clases, ¡que es una cosa fantástica!, pero aquí se vio como una cosa negativa. Y me tocó ver cómo afecta un consejo mal intencionado. El tipo de comentarios que hacen que tomemos malas decisiones dejando nuestra vida en manos de personas que no tenían por qué decidir por nosotros.

 

MB: ¿Cómo debería ser, según tú, la educación artística?

JG: ¿Cómo debería? Es una pregunta muy abierta… No hace tanto no existían como tal las carreras artísticas, era más entre pasión y entretenimiento. En el momento que las artes como tales se volvieron una opción real académica, una Facultad, pareció preferible a estudiar medicina o arquitectura porque se veía más fácil, porque deja más a la interpretación, y creo hasta cierto punto que se volvió refugio de flojos. Y se cobijó a estas personas que buscaban un refugio para enseñar las más mediocres de las manifestaciones. ¿Qué pasa cuando entras a un lugar, a una galería de muchísimo caché y hay cuatro sillas, un bulto de aserrín, un camino de tachuelas y una gran cédula que abarca media pared que sustenta todo el proyecto? Desde mi punto de vista se vuelve uno de estos refugios justamente, y entonces las reflexiones son como: “bueno, el arte es para el que lo estudia”, o “es que lo que importa es el proceso”.

Básicamente es eso me parece, que en el momento que se privilegió eso, se creó el refugio. Si el proceso es rico, el resultado es rico. No veo por qué no. Es hacer un pastel, ¿no? “Es que fue muy divertido hacerlo”: sí, pero si no sabe rico no hiciste un pastel. Creo que se perdió verdaderamente el sentido de “hacer”.

Entonces ¿cómo debiera de ser’… no estoy seguro de cómo debiera ser, pero creo que como lo estamos viviendo no está siendo. Y no está siendo de muchas maneras. Tradicionalmente el artista no es sólo un artista: es crítico, tiene una postura política, es alguien con conocimiento de muchas cosas… y ahora ya no. Ahora es alguien que se viste extravagante, que hace cualquier cosa y la expone porque puede, es accesible sin que tenga mayor relevancia.

Tampoco es que sea tan fácil ser artista. No eres sólo porque lo eliges, no sólo porque puedes pagar las clases o el instrumento que necesitas. No sabemos merecerlo. Hoy en día nos está haciendo falta un para qué, ¿para qué se están haciendo las cosas? Se tiene el mejor pincel, el mejor caballete, y de repente se nos olvida para qué, a quién le estoy dedicando mis esfuerzos, a dónde voy con esto.

 

MB: En este sentido ¿tú para quién ilustras?

JG: ¡Primeramente para mí! No me sentiría bien ofreciendo algo que no me guste. Volviendo a la idea del pastel. Si yo hago un pastel y lo hago muy rico pues lo ofrezco y lo comparto. Pero por supuesto es para cualquier persona que quiera echarse un clavado a las páginas de mis libros, no necesariamente público infantil, como se le llama, porque muchas veces sucede que hay otros que no admiten que leen los libros para niños, pero se los llevan.

No es extraño que esté firmando libros y que sean duplicados: éste es para mis hijos y éste es para mí. O éste es para mi sobrino y éste es el mío. Creo que va por ahí.

 

MB: Algo que quieras agregar acerca de los saberes…

JG: Es una suerte de legar, de legado. También nos hemos vuelto bien envidiosos. “Esto es mío y se muere conmigo” ¡No! Por eso nos sabemos muchas letras de canciones, de nanas que cantaban nuestras abuelas, que le cantaron a nuestros papás y ellos a nosotros, y eso es lo que nos va conformando como seres humanos. Somos producto de nuestras experiencias, de nuestros aprendizajes y vamos a ser recordados por lo que legamos. Entonces nos toca seguir legando. Darle lo que ya digerimos a las generaciones que vienen para que ojalá les ayude a hacer lo que nosotros no hemos podido.

 

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_392

 

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